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    Tallar la memoria

    Xilografías de Petrona Viera en el Museo Nacional de Artes Visuales

    Vivió durante más de 30 años en un mundo protegido, enmarcado por el jardín de la casa-quinta familiar del que apenas se apartaba. A los dos años una meningitis la dejó sorda, y de esa circunstancia dolorosa surgió una niña que miraba su entorno con la curiosidad de quien quiere dejarlo registrado en todos sus detalles. Petrona Viera (Montevideo, 1895-1960) mostró desde pequeña su talento para el dibujo, una de sus primeras formas de comunicación.

    A falta de escuela para niños sordomudos, tuvo en su casa una instructora francesa con quien aprendió a leer los labios y las palabras escritas. Años más tarde, desarrolló con grandes maestros sus dotes para el dibujo y la pintura, y así se convirtió en una de las artistas plásticas más prestigiosas del país.

    El Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) guarda en su acervo exactamente 1.001 obras de Petrona, y sus óleos más famosos forman parte de la muestra permanente del museo. Pero la artista tuvo otra faceta poco difundida que cultivó durante los últimos 20 años de su vida: las xilografías en madera. Una muestra con 75 de estas obras se está exhibiendo hasta el domingo 20 de mayo en el MNAV.

    Petrona nació en Montevideo y fue la hija mayor de 11 hermanos. Su padre, el político colorado Feliciano Viera, fue presidente de la República entre 1915 y 1919. En el jardín de la casaquinta de los Viera, ubicada en 8 de Octubre 3050, jugaba Petrona y veía jugar a sus hermanos y a los hijos de quienes trabajaban en la casa. Ese jardín y esos juegos fueron una de las fuentes de inspiración de sus futuros óleos, llenos de luz, de retratos familiares y de escenas coloridas que tienen a los niños como protagonistas.

    En esa casa recibió clases de dibujo del maestro catalán Vicente Puig hasta 1922. Después apareció en la vida y en el arte de Petrona otro maestro: Guillermo Laborde. El artista era representante del planismo y fue para Petrona no solo un maestro sino su consejero y sostén emocional. Trabajaron juntos durante 20 años, hasta la muerte de Laborde en 1940.

    “Fue su gran maestro, con él Petrona se convirtió en artista. Cuando murió Laborde, Petrona podría haber surgido al mundo como artista autónoma, pero no pudo. Entonces comenzó a trabajar con Guillermo Rodríguez, grabador, dibujante y pintor. Él le enseñó el grabado que nunca había hecho”, explicó Emma Sanguinetti a Búsqueda. Abogada, periodista cultural, crítica y docente de historia del arte, Sanguinetti escribió en 2009 el libro Petrona Viera, que integra la primera colección de arte nacional para niños de la editorial Penguin Random House.

    Si la muerte de Laborde marcó un cambio en la vida de Petrona, mucho antes la había marcado la muerte de su padre, en 1927. La familia tuvo que vender la ca­saquinta y mudarse a otra, también en la avenida 8 de Octubre, donde hoy funciona la Escuela Especial Nº 210, que lleva el nombre de la artista.

    Traspasar la reja del jardín familiar significó para Petrona conocer otra realidad. Comenzó a hacer viajes hacia Carrasco, Malvín, Punta Gorda o Rocha. “En sus xilografías se ve la fuerza de lo natural. Su único contacto había sido la naturaleza dominada del jardín, pero cuando empieza a sentir el viento, los olores, el sabor del salitre y la arena en la piel, traslada a su obra algo así como la celebración de la naturaleza”, comentó Sanguinetti.

    Las xilografías que se exhiben en el MNAV son pequeñas y en blanco y negro, aunque algunas tienen color. Petrona estampó en ellas, con un increíble cuidado en los detalles, paisajes con ranchos y con barcos, juegos de niños en el bosque o en la playa, árboles, pájaros y mujeres en traje de baño o desnudas bajo el sol.

    La xilografía es una técnica muy parecida a la que se usa en los sellos. Se talla la madera previamente dibujada, se impregna el surco con tinta y luego se estampa el dibujo. Las xilografías de Petrona mantienen su estilo planista, pero el grabado produce un efecto de profundidad y volumen.

    Para Sanguinetti, en la obra de Petrona siempre se siente la sensación de lo placentero. “Tiene una mirada inocente que busca un universo de pureza. Cuando empezó a pintar con Laborde, toda su obra planista era muy subjetiva, por eso da la sensación de que se estuviera pintando a ella y a sus hermanos. Pero con la muerte del padre ya no pintó su vida desde el punto de vista subjetivo, sino que tuvo una observación casi arcádica del pasado, como una reflexión sobre la inocencia. Así construyó un mundo de elogio a la felicidad. Su obra es una gran elegía”.

    Cuando publicó su libro, Sanguinetti hizo varios talleres con escolares. “Petrona les encanta a los niños por los juegos y por el color. Dentro de su pureza tenía algo muy sofisticado en el uso del color, como si hubiera tenido una tormenta dentro. Su obra es netamente anecdótica. Hay historia detrás de cada imagen, por eso tiene un valor testimonial increíble”.

    Petrona fue la primera mujer profesional del arte uruguayo, o por lo menos la primera artista autónoma. En paralelo con ella, habían surgido otras artistas en el Taller Torres García, pero Petrona no asistió a ningún instituto ni formó parte de ningún grupo o escuela.

    En vida tuvo su reconocimiento y logró exponer en Montevideo en 1923, en Buenos Aires en 1931 y en París en 1938. Pero luego vino una etapa de olvido, tal vez por la preponderancia de la escuela de Torres García o, seguramente, porque era mujer y además sordomuda. Como sucede con los grandes artistas, su obra habla por ella. Hay que ir al MNAV para escucharla.

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