Hace unos días, alguien publicó en las redes la foto de un grupo de gente en el parque de Villa Biarritz en 1985. Era, se dijo, una foto de la previa de un concierto de Los Estómagos. Afinando la memoria, concluimos entre varios que era un concierto en donde estuvieron, cierto, Los Estómagos, pero también Fernando Cabrera, el Cuarteto de Nos y otros artistas. Lo cierto que es para los que éramos adolescentes en aquel entonces, dentro de aquel menú, Los Estómagos destacaban por lo interpelante de su oscuridad y el filo rabioso de su música. Era la música que sonaba en ese mundo exterior que la dictadura había negado a los uruguayos durante más de una década. Una música que entraba como trompada con la guitarra chirriante de Gustavo Parodi, el bajo anguloso de el Hueso y la presencia absoluta de Gabriel Peluffo como cantante. Aprovechando que presenta este sábado 4 en La Trastienda a las 21 su primer disco de tangos, De barro y asfalto, Búsqueda charló con Peluffo sobre su trayectoria, su vínculo con la música y la medicina, el rol de ser la cara visible de una banda y otras yerbas.
—Es una fantasía mía la de ser cantante solista. En mi infancia y en mi adolescencia siempre pensé que iba a ser solista. En cualquier estilo, nunca pensé que fuera a terminar en el rock. Eso fue gracias a Parodi, que me metió en Los Estómagos. Y a que me enseñaron y me tuvieron paciencia; de lo contrario no habría entrado nunca en el rock. En aquel momento no había cantantes. Pero esa fantasía después se fue dando en otras cuestiones. Yo quería cantar tangos, quería hacer algo relacionado con el tango. Y aparte, en una carrera dentro de una banda durante 30 años, todo el mundo tiene un perfil. Cada uno de los integrantes, no solo los que hacemos las canciones. Y entonces, probablemente apelando al ego, uno piense: “Ta, yo solo también puedo hacerlo”. Me intriga un poco la carrera solista, es algo distinto a la carrera dentro de un grupo. Es un rol diferente, el manejo es diferente. Son todos esos aspectos. ¿Por qué lo hice? Porque me surgió la posibilidad de cantar tango antes de que tuviera la idea de ser solista. Y me hicieron el planteo, me insistieron mucho en que sacara un disco de tango. Pero no fue una iniciativa mía. Para mí era algo que estaba en la fantasía, en el limbo. Y de pronto las cosas se empezaron a corporizar y fui y probé. Lo que escuché me gustó y me decidí a hacerlo. A mí me parece que la carrera mía es con Buitres, y a no ser que Buitres se termine…, bueno, ahí sí intentaría desarrollar una carrera solista. Y si no, serán solo estos estertores de cosas que me gusta grabar. Me gustaría grabar otras cosas. Me gustaría interpretar algunas otras cosas, sobre todo de artistas nacionales.
—Bueno, a diferencia de lo que pasó en Argentina y en Brasil, en Uruguay los procesos culturales se cortaron. Por un lado, hubo una migración compleja, que fue política y también social, mucha gente joven que se fue. El cordón cultural se cortó, eso no pasó en la dictadura de Brasil ni en Argentina, en donde se mantuvo gracias a una situación muy desgraciada como fue una guerra. Acá se cortó radicalmente. Las generaciones que vivimos en la infancia y adolescencia en la dictadura, en realidad no teníamos muchas referencias. A no ser alguna FM, en donde capaz que te pasaban alguna canción de Darnauchans o de Jaime Roos, no tenías ni siquiera algo para escuchar. Tenías casetes en donde de pronto escuchabas a Zitarrosa, pero clandestino. Mi viejo había quemado los discos, como todo el mundo lo hizo, en el fondo de la casa. Parodi tenía, a través de un intercambio estudiantil, contacto con un norteamericano que trajo todo el punk rock en el 79. Y así, con 13 o 14 años yo escuchaba, como decías vos, lo que sonaba en el mundo. Sumado a eso, gente que viajaba y traía discos, entonces le encargabas o te hacías traer revistas, porque no había nada acá. Luego un par de viajes fundamentales. Por un lado, Gustavo viajó a hacer un curso al exterior, vio muchísimas bandas y se trajo un montón de discos. Y yo, ya cuando estábamos en el estudio con Estómagos, viajé a España en plan mochilero y estuve un mes en España y en Europa, vi un montón de bandas. Ya tenía 18 años ahí. Y claro, era traer acá lo que estaba pasando culturalmente afuera. Eso hacía que sonaras desfasado, sin anclaje en la generación anterior. Tampoco entendía de dónde habían sacado Los Traidores lo que tocaban ellos, que era bastante diferente. Pero era completamente salido de lo que había acá. Escucharon a The Clash y a los Pistols, pero era muy distinto de lo que hacíamos con Estómagos.
—Cuando arrancan con Buitres, hay un giro hacia el rock clásico y esas cosas medio en el filo que tenían Los Estómagos quedan más bien atrás ¿Fue una decisión consciente?
—Siempre estuvimos a la defensiva en Estómagos, y ese espíritu de pensar que todos nos querían matar se mantuvo los primeros siete años de Buitres. Creo que hay un viraje que no es radical, porque el primer disco de Buitres tiene mucho de Estómagos. Y creo que viramos hacia un lugar en donde podíamos decir “pare de sufrir” un poco: colocarnos en el lugar de disfrutar los shows, hacer todo de manera más tranquila. Lo que pasa es que ahí nos enfrentamos al fenómeno del fanatismo. Los fans de Estómagos eran muy fanáticos, pero Buitres trajo otro tipo de fanatismo, que es el que viene con la popularidad y es por completo distinto. Y ahí sí, ya recorremos influencias de rock que son más conocidas por el público general. Igual te digo: en el 93 sacamos Maraviya y los videos de Ojos rojos, donde sale Pedro Dalton, y el de Condenado el corazón, son videos que asustan. Para la época, asustan. Me acuerdo cuando mi hermano me mostró el de Condenado el corazón. Le dije: “Bo, Guille, esto es demasiado fuerte”. Sin embargo, la música en el contexto mundial no era de vanguardia, era algo que se estaba escuchando.
—Eso de “todos nos quieren pegar”, me recordó una cosa que contaba Juan Casanova, que decía que hasta que se hizo amigo de Seba Teysera, él veía todo con cierta paranoia. Y que le costó entender que cuando el Seba le decía de hacer algo no era para sacar nada a cambio, sino para hacer algo lindo juntos. ¿Esto fue cambiando?
—Tuvimos esa percepción de hostilidad demasiado tiempo. Sobre todo si se pone eso en paralelo con las muestras de afecto, cariño y reconocimiento que recibíamos. Y gente de boliches que nos trataba muy bien y hasta nos hacía ganar dinero, nosotros la mirábamos con la sensación de hostilidad. Era algo que habíamos vivido como generación. Pero igual, tardamos en ser conscientes de que nos iba bien, de que la gente nos quería.
—Tu rol en Estómagos y en Buitres, ¿fue el mismo en las dos bandas o asumiste distintas responsabilidades?
—Son etapas distintas, aunque no las puedo separar. En Estómagos era un frontman que, sin ninguna referencia visual previa, logró crear algo interesante, algo que me sorprendió también a mí. Y que iba en la linea de la banda: la banda era única y el cantante también era único. Nunca había visto a un tipo solo con un micrófono. Ese rol lo he mantenido a lo largo de estos 30 años. Tengo una impronta propia y muy original que, evidentemente, ha cambiado por varios motivos, entre ellos la edad. Ese era mi rol fundamental. Después, en Buitres me empecé a preocupar por cantar mejor. Para la música que queríamos hacer tenía que cantar mejor. A partir de determinado momento, en Buitres empecé a asumir el rol de escritor de las letras. En la última etapa, creo que he sido muy exigente con esa tarea. Hasta el punto de que estoy muy conforme con los textos de la banda en estos últimos 15 años.
—¿Exigente en qué sentido?
—El texto que canto tiene que ser defendible en cualquier contexto y también en el tiempo. Te puedo hablar de textos de Estómagos y de Buitres que no me siento con ganas de defenderlos, no fui muy responsable al hacerlos. No quiero juzgar esos textos, pero ahora esa parte la tengo apuntalada. Y en la parte del tango es la interpretación. Creo que en este disco llegué a una interpretación que me parece muy buena. Y después de estos dos años, después de haberlo tocado y ensayado con un montón de músicos distintos, cuando me subo a cantar con Buitres siento que canto mucho mejor que hace unos años. Fue como una especie de posgrado de cantante.
'Siempre estuvimos a la defensiva en Estómagos, y ese espíritu de pensar que todos nos querían matar se mantuvo los primeros siete años de Buitres'.
—¿Dirías que la experiencia retroalimentó tu trabajo en Buitres?
—Sí, lo noto en el escenario, en la respiración, en un montón de cosas. Me siento más cómodo.
—¿Fuiste a clases o fue por tu cuenta?
—Hice lo que hice toda la vida: cantar arriba de los temas, cantar solo, cantar a capella, cantar en la ducha. Vos sabés que hay un punto de quiebre en tu vida de cantante que es cuando vas al estudio y el técnico pone tu voz pelada a todo volumen. El día que te gusta eso, reconocés que sos cantante.
—No me pasó todavía, siempre que me escucho en estudio pienso: “La pucha, que feo esto” (risas)
—Ya va a llegar, a mí me llegó.
—¿Cómo ha sido lo de hacer compatible tus carreras como músico y como médico? ¿Cómo manejas ese doble proceso de concebirte entre dos vocaciones que son muy potentes?
—Es una pregunta que aún me hago. Pero hay una gran verdad y es que hasta 2005, salvo algún período esporádico, la música no me dio dinero como para mantener a mi familia. Hubo algún momento a comienzos del 2000, pero fueron básicamente 20 años de poner plata porque era algo que me gustaba. Eso cambió y, en la medida en que cambió, me permitió dejar aquellos trabajos de la medicina que no me hacían feliz y que los hacía por una cuestión puramente económica.
—Que no es una cuestión menor…
—No, para nada. Sobre todo mantener a la familia. Tengo dos hijos y siempre me pareció importante criarlos bien.
'Vos sabés que hay un punto de quiebre en tu vida de cantante que es cuando vas al estudio y el técnico pone tu voz pelada a todo volumen. El día que te gusta eso, reconocés que sos cantante'.
—Cosas en las que no pensás cuando arrancás una carrera como músico a los 18 años…
—En absoluto. Eso sí: la música después me permitió orientarme en la medicina hacia la formación, hacia la carrera docente. A aceptar el proyecto de formar un equipo de gestión. En esta etapa entiendo que soy un privilegiado, que puedo elegir, pero que también trabajo mucho. Así que intento afinar más esa curva y quedarme en la medicina con las cosas que más me gustan: formar gente. Y concentrarme más en la música.
—La pulsión artística, ¿le pasa por arriba a todo lo demás? ¿Qué es lo que hace atractivo meter ese esfuerzo en la música?
—Todavía sigo descubriendo cosas nuevas en la interpretación. Hay una frase de Dylan, que no sé si es textual, que dice que esta noche puede ser la noche en que interpretaste mejor ese tema. Me parece que ese es uno de los motores, el escenario me motiva. Igual, el escenario no es tan mecánico, es decir, no es solo que se hizo en el ensayo. Es eso que ocurre ahí arriba, lo que no estaba en el ensayo y que aparece en el show. Lo otro es la búsqueda en la interpretación de cosas nuevas, algo que necesito de manera vital.
—Cuando arranca el show, ¿estás tranquilo, tenés una idea clara de por dónde van a ir las cosas?
—Creo que cambia en cada show. El repentismo de una banda de rock es insuperable: vos salís ahí y puede pasar cualquier cosa. Hay una incertidumbre. En el espectáculo de tango las cosas van ocurriendo de manera más predecible. Pero igual creo que siempre hay que estar concentrado. Está bien tener un cierto grado de desconcentracion en el arranque, pero al tercer o cuarto tema ya estás adentro del show. A veces me sorprendo de ir haciendo las cosas de manera automática en la cantada y al mismo tiempo ir reflexionando sobre lo que ocurre o sobre lo que va a ocurrir. Es tremendo, no sé cómo pasan esas cosas. El rock tiene una descarga de adrenalina que te come la ejecución regular. Y cuando aparece el error, vos acomodás el carro y seguís. Ahí te podés transformar en una aplanadora y al terminar el show súper energizado, junto con el público. Es algo que hay que vivir, no se siente mirando el DVD.
—¿Y vos decís que el tango te obliga a colocarte en otro lugar, menos físico quizá?
—Sí, pero es más bien algo en la interpretación. Es algo que me gusta y me llama la atención. Es también causar una impresión como intérprete. Con guitarras es más fácil, pero espero causarla también con orquesta.
—¿Cómo será el show de La Trastienda?
—Hay algo dinámico en las decisiones sobre el show. No me gusta hacer un orden previo y ensayarlo tres semanas. Así que el orden se va a ir haciendo en los ensayos. Van a estar Julio Cobelli y Poli Rodríguez en guitarra y el maestro Néstor Vaz en bandoneón. Mi idea es transcurrir el show cantando los temas y que aparezcan pausas instrumentales. Para esos momentos tengo algunas ideas.
—Que no vamos a adelantar…
—Y no, no puedo (risas). Lo que vamos a hacer lo abordo con muchísimo respeto pero de una manera que no es anacrónica. Leo mucho y me interesan esas cosas de principios del siglo XX. Leo a Bioy Casares y por transitiva a Borges, a Silvina Ocampo. Por otro lado, soy fanático de David Lynch, pero tengo con él un acercamiento muy intuitivo y no muy reflexivo. Me da miedo Lynch y quiero que me siga asustando. Quiero ver si puedo descifrarlo sin que nadie me lo explique. Y así como hay vínculos entre lo de antes y lo de hoy, me interesa ejecutar esas conexiones. Es muy distinta una letra de Homero Manzi y un poema en lunfardo que no se sabe quién lo escribió. También es diferente cómo el tango ha impactado en las distintas generaciones. Me interesa ver cómo todo eso conecta conmigo.
Vida Cultural
2018-08-02T00:00:00
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