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Perros de la calle comienza con una conversación que fluye como pocas cosas lo hacen. Ocho hombres, seis de ellos de traje, desayunan alrededor de una mesa redonda en algún rincón de la soleada y asfaltada ciudad de Los Ángeles. Son criminales, pero no de poca monta. Estos son cool, carismáticos y discuten sobre el significado de la letra de Like a Virgin, el hit de Madonna. No se trata de amor, aclara uno de ellos, sino sobre un deseo sexual imparable. La tesis queda sin resolverse cuando otro debate cae sobre los ladrones. La propina, ¿hay que dejarla siempre? Todos opinan, todos debaten y todos terminan dejándola. El crimen, a veces, paga.
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Con esa escena, el cineasta Quentin Tarantino se adelantaría varios casilleros. En ella está una intersección entre el humor, la cultura pop, la disección de lo cotidiano y lo vulgar que dispararía, entre otros fenómenos culturales, la identidad más reconocible de programas radiales rioplatense del siglo XXI. La propia televisión argentina se llenó, por su parte, de hombres de traje negro, camisa blanca, corbata fina y hasta lentes de sol usados en espacios cerrados y durante la noche. Vale preguntarse, incluso, si ese desayuno entre maleantes no brindaría la personalidad que todo podcast con un grupo de amigos con micrófonos desea hoy tener.
Treinta años atrás, el futuro de la radio y la televisión no le importaba a nadie que viera por primera vez a esos ocho hombres caminando bajo una crispante cámara lenta y con Little Green Bag, de George Baker Selection, como telón musical. Perros de la calle fue un fenómeno del cine y su creador se convirtió en lo mismo. En 1992 Tarantino, con 28 años, se transformó casi que de la noche a la mañana. Un cinéfilo empedernido y extrabajador de un videoclub que buscaba triunfar en la “ciudad de los sueños” con sus guiones y su trabajo remunerado como actor se convertiría en el cineasta más influyente de la década de 1990.
Perros de la calle cuenta lo que sucede antes y después, aunque no durante, de un robo fallido en una joyería. El atraco es organizado por un tal Joe Cabot, el mandamás encargado de reclutar a un grupo de asaltantes que no se conocen entre sí y a quienes se les brinda un pseudónimo cromático para mantener el anonimato entre ellos. Está el Sr. Blanco (Harvey Keitel), el Sr. Naranja (Tim Roth), el Sr. Rosado (Steve Buscemi), el Sr. Rubio (Michael Madsen), el Sr. Marrón (Tarantino) y el Sr. Azul (Edward Bunker). El atraco sale mal y el grupo se ve acorralado dentro de un galpón bajo el acecho de dos amenazas: la llegada de la policía y un par de preguntas, tal vez más amenazantes que el arribo de los uniformados: ¿quién del grupo los traicionó? y ¿sigue la rata aún con vida?
Salto atrás
Quentin Tarantino, el director, existe gracias a un encuentro casual. En una fiesta en el Bronx, en Nueva York, conoció a un actor fallido devenido en productor llamado Lawrence Bender. El encanto de uno atrajo al otro. Los sueños frustrados también. Se dieron cuenta de que se habían cruzado antes en la fila de una película en Los Ángeles. Bender también recordó que hacía no mucho había leído un guion interesantísimo llamado True Romance, escrito por un tal Tarantino. Pensó que debía tratarse de otro con el mismo apellido. Quentin rio orgulloso y fuerte. Si ese guion le había gustado a Bender, el que venía en camino le fascinaría aún más.
Tarantino siempre imaginó a Perros de la calle como una película de bajo presupuesto. La clave detrás de su escala y de gran parte de su encanto estaba en algunos elementos cruciales: el elenco, la locación principal y una narrativa fraccionada que omitiría por completo el robo, lo que todo el mundo esperaría ver como la cereza en la torta de una película con esta naturaleza. El relato sucedería en su mayoría dentro de un garaje o un galpón al que los criminales regresan luego de su misión frustrada, y aunque algo salió claramente mal, lo importante no será saber qué, sino presenciar el efecto dominó que ello creará en la vida y la muerte de los protagonistas.
Bender se interesó y mucho. Pidió tiempo, un año, para reunir el dinero necesario. Tarantino no quiso esperar. Para ese entonces ya cargaba con demasiados sueños frustrados y promesas vacías en una industria que se resistía a abrirle, del todo, la puerta. Le dio a Bender un plazo máximo de dos meses para asegurar su lugar como productor del proyecto. Si no lo lograba, Tarantino seguiría adelante por su cuenta. Interpretaría a uno de los ladrones, completaría el elenco con exempleados del videoclub en el que trabajó y filmaría la película en blanco y negro. Para su suerte, en esos meses Bender hizo que el guion de Perros de la calle llegase, a través de una cadena de conocidos de conocidos, a las manos del actor Harvey Keitel. Así Tarantino encontró no solo a uno de sus personajes principales, sino también al coproductor y responsable de lograr que la idea tuviera el atractivo suficiente para ser financiada.
En audiciones que hicieron en Los Ángeles encontraron a Madsen, el psicópata Sr. Rubio. También al actor inglés Tim Roth, quien pediría el papel más difícil, el del policía encubierto, dado su interés en jugar con la ficción dentro de la ficción que el personaje le ofrecía. Keitel sugirió que Tarantino y Bender fueran a Nueva York en busca de rostros más ásperos y la costa este les dio a Steve Buscemi. El resto de la pandilla se completó con el escritor y excriminal Eddie Bunker, Chris Penn, hermano menor de Sean Penn, el actor Lawrence Tierney y el propio Tarantino, quien no se resistió a la oportunidad de aparecer en su propia película.
Antes de comenzar a filmar, el director quedó seleccionado por el Festival de Cine de Sundance, dedicado a realzar nuevas voces dentro del cine independiente. Allí, la suya fue alentada por directores como Terry Gilliam, quien en un panel de supervisión de guion le aconsejó que “creyera en sí mismo”.
Perros de la calle se filmó durante un verano caluroso de 1991. El rodaje duró cinco semanas, y mientras el director experimentaba con la forma de alejar a su película de todo aspecto que pudiera catalogarla como una pieza teatral, sintió también miedo de que su sueño se terminara en un despido. La destitución no llegó y en su lugar entró la confianza de un artista más que orgulloso de su obra.
Salto adelante
El viaje que Tarantino y Perros de la calle emprendieron en festivales en Estados Unidos, Canadá y Europa puede encapsularse en algunos hechos recurrentes. Bajo la distribución del estudio Miramax, de Harvey Weinstein, la película sorprendió a la audiencia, recibió tanto críticas elogiosas como desalentadoras y también provocó que varios espectadores dejaran la sala en la escena en la que el personaje de Madsen tortura a un policía en un acto que tiene baile, navajazos en un rostro y la mutilación de una oreja. La amputación no se ve, la cámara apunta a una pared en ese momento, pero su antelación, ejecución y clímax fue lo suficientemente shockeante para comenzar la primera de las infinitas discusiones alrededor del retrato que Tarantino hace de la violencia. En resumidas cuentas, el director siempre ha dicho lo mismo. Aborrece la violencia en la vida real y adora manufacturarla frente a una cámara.
Con una recaudación exitosa, aunque no estupenda, pero una ola de reverencias de la crítica europea, el verdadero triunfo detrás de Perros de la calle fue la presentación de Tarantino al mundo. Un nerd californiano se convirtió en un ídolo de verborragia y cinefilia andante dispuesto a demostrar cómo su consumo cultural de películas, libros e historietas habían resultado en la fórmula perfecta para crear a un director dispuesto a desechar la última década del cine estadounidense (a la que considera la peor de la historia) y dejar en su lugar el espacio para una carrera que, hasta ahora, aportó nueve películas excepcionales, inherentemente únicas y a su vez cargadas de un cine retroalimentado por referencias de referencias. “Le robo a todas las películas jamás hechas”, dijo alguna vez el cineasta.
En 1994, antes de estrenar su obra maestra, Pulp Fiction, Tarantino fue entrevistado por la revista Playboy. Contó que Madonna, luego de ver Perros de la calle, lo invitó a que se conocieran. La reunión sucedió en Maverick, una productora que la estrella pop tenía por aquel entonces. Se conocieron y Madonna le explicó que Like a Virgin no se trataba de lo que el Sr. Marrón, el personaje de Tarantino, imaginaba. Y se lo dejó bien claro. Al firmarle una copia del álbum Erotica, Madonna puso: “Para Quentin. Se trata de amor, no de pijas”. En algo la cantautora tuvo razón. Desde Perros de la calle en adelante, el cine se enamoró por completo de Tarantino. Y nosotros de él.