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    Telas, cuerdas y músculos

    Se estrenó Kooza, el debut del Cirque du Soleil en Uruguay

    Parque Roosevelt. Martes 8, 20.05 horas. Se apagan las luces de la gran carpa azul y amarilla. “Damas y caballeros, madames et monsieurs, ¡bienvenidos al Cirque du Soleil en Uruguay!”, exclama la locutora, y una agudísima ovación enciende el aire. Unas 2.000 personas aplauden y lanzan gritos de ansiedad. En segundos serán de asombro. Comienza la primera función de Kooza. Técnicamente, se trata del segundo ensayo general, se nos aclara. Puede haber alguna interrupción circunstancial. Pero no la habrá. La platea está repleta de invitados. Quedan solo algunos claros en los extremos del anfiteatro para 2.600 personas. La mayoría son alumnos de escuelas públicas de Canelones. Cientos de blancas palomitas de túnica y moña con sus maestras, pueblan las gradas. También hay grupos de asociaciones de discapacitados, grupos de arte circense, gente de los Centros MEC. Pero los niños son la mayoría, y se hacen sentir.

    El lunes 7, el primer ensayo general fue presenciado por unos 2.000 trabajadores de esta enorme producción. De los 150 artistas, diseñadores y técnicos de todo el mundo que forman el elenco de la obra, una tercera parte pisan el escenario. La producción local —Main Event— y la Intendencia de Canelones aportan otros tres mil trabajadores para tareas de logística, venta de entradas y circulación del público, gastronomía, merchandising y seguridad.

    La gran carpa y el teatro que habita en ella están diseñados con mano maestra, para que se vea y se escuche en óptimas condiciones desde todas las ubicaciones. Por supuesto que los asientos de frente al escenario circular tienen la mejor vista. Pero desde los sectores laterales no se ve nada mal. Otra verdad relativa es que quienes ocupan las primeras filas son los que ven mejor. Ven de más cerca, sí, y hay pasajes en los que el detalle es importante, como en el asombroso número de las contorsionistas que ingresan girando como un ovillo humano para desplegar sus increíbles anatomías. Pero hay otros cuadros, especialmente los acrobáticos, en los que el plano general que se obtiene desde las filas traseras permite apreciar la globalidad de la escena, con una buena perspectiva: el escenario central, la plataforma elevada donde toca la banda y todo lo que ocurre en las alturas. Esa ubicación permite apreciar cómo respira el techo del escenario hecho de telas que se expanden y contraen según el clima requerido para cada escena.

    Hablando de la banda, es una verdadera orquesta multigénero. Salvo algún efecto sonoro grabado, toca sin parar, y a gran nivel. Desde rock a samba, pasando por salsa y flamenco, valses y baladas, jazz y music hall. Sesionistas y cantantes de primera. El sonido envolvente proviene de las cuatro torres de la carpa y resulta el complemento perfecto para el bombardeo de imágenes que recibe el espectador.

    Pero volvamos al martes 8. Un pequeño personaje aparece solo en el escenario. Se llama Innocent, un nombre perfecto para lo que expresa en escena. Con un dejo de melancolía en su rostro, irá descubriendo el circo con ayuda de Trickster, una especie de mago todopoderoso que ilumina y anima todo lo que encuentra a su paso. Un juego de contrarios bien compuesto, aunque algo opaco. El pequeño aprendiz con una cometa en su espalda y su maestro son el modesto hilo conductor de Kooza, un título estrenado en 2007 por la compañía de Montreal que se propuso volver a las raíces del arte circense. A diferencia de Corteo, Varekai, Alegría, Ovo, Saltimbanco y tantas otras producciones que llevan la firma de Guy Laliberté —el fundador de la compañía— aquí casi no hay alegorías teatrales ni coqueteos con la danza contemporánea, ni una poética visual demasiado cargada de símbolos de compleja interpretación.

    No es ni de cerca el mejor espectáculo del Cirque du Soleil, ni el más arriesgado, ni el más vanguardista. Pero quizá sea uno de los más apropiados para ingresar al universo creado por este excéntrico quebequense que fundó el Cirque Du Soleil hace 32 años y construyó un imperio a partir de cuatro malabares y dos zancos. Kooza es circo puro y duro: contorsionistas, uniciclos, aros girando en delgadas cinturas, delgadas anatomías colgando de aros en el aire, apenas sostenidas en manos, rodillas, tobillos o simplemente del cuello, equilibristas que dejan sin aliento caminando, corriendo, en bicicleta y hasta sentados en una silla sobre la cuerda. Cada proeza más asombrosa que la anterior. La clásica dinámica ascendente del desafío a la gravedad, la incredulidad y lo inverosímil. Y siempre, como fiel compañía, la vieja, querida y efectiva clownería, a cargo de tres señores payasos y un perro con incontinencia urinaria que se roba todos los aplausos. “¡Paaaaaaaaaaaaa! ¡Faaaaaaaaa! ¡Paráaaaaaa! ¡Nooooooooo!”. Los gritos de los niños se multiplican cuando una mujer se lanza al vacío desde lo alto de la carpa y cae sobre una lona tensada por un grupo de acróbatas.

    La tensión es un concepto clave bajo la carpa. Todo requiere del punto justo. Telas, cuerdas y músculos. Ni de más porque te pasás, ni de menos porque te quedás corto. Este principio es aplicable a todo lo que se mueve. Es alucinante apreciar la dinámica de equipo de una decena de hombres y mujeres que mueven la cama de seguridad que salvará la vida —o al menos los huesos— a un tipo que cae desde muy alto. Un desvío de unos pocos centímetros puede ser mortal, y allí está ese cardumen humano que opera con inteligencia colectiva para moverse apenas lo justo para que el compañero caiga en el medio del colchón. Todo funciona en modo orgánico, como un reloj suizo de carne y hueso. Es no menos fascinante descubrir en la penumbra a un operario vestido de negro que iza una soga a toda velocidad para asegurar el mecanismo que pende sobre el escenario. Por más sideral que sea el despliegue tecnológico, la tracción a sangre sigue siendo insustituible.

    Pero si hay un número que deja a todos con la mandíbula contra el piso, es Rueda de la muerte, una especie de báscula metálica gigante accionada por dos acróbatas colombianos que merecen ser nombrados: Jimmy Ibarra y Ronald Solís. Lo que hacen estos dos individuos es sencillamente sobrehumano. Es en vano intentar describir en palabras las sensaciones que provocan. Hay tiempo para descubrirlo hasta el domingo 3 de abril.

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