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Un veterano director teatral (Ricardo Beiro) prepara lo que será su despedida de los escenarios. Trabaja con una actriz joven (Leticia Scottini) a quien exige hasta lo imposible. “Cada día, después de ensayar, me gusta quedarme a solas en el escenario y sumergirme en el silencio del teatro vacío”, dice Matías, el protagonista, alter ego del autor, el sueco Ingmar Bergman. En el año del centenario de su nacimiento, es un pequeño acontecimiento la irrupción de un texto de Bergman a cargo del director neoyorquino Scott Illingworth, un joven profesor de actores de la Universidad de Nueva York que desde 2015 viene periódicamente a dar seminarios en la Escuela del Actor, que dirigen Beiro y Scottini. Es la primera vez que el director dirige un texto de Bergman, lo que lo tiene especialmente entusiasmado.
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Pero pasemos detrás de bambalinas, al mundo de Bergman. Decorados contra las paredes, pinturas viejas que van a enmarcar el próximo estreno, utilería desperdigada, una mesa pequeña con una cafetera y un viejo sillón. Después de cada ensayo, se conversa. Al principio, el veterano está en pose de maestro que botijea a la novata. Le explica que está fascinado con su talento y por eso le exige tanto. Pero de a poco aparecen los reproches, las discusiones y un filoso juego de simulación y manipulación. Hasta que irrumpen los fantasmas del pasado en la piel de Margarita Musto, quien interpreta a una actriz veterana, la madre de la actriz joven, que ya probó la miel del estrellato y la hiel del fracaso, y ahora baja por la curva de la decadencia.
Scottini y Beiro resuelven con oficio sus personajes, complejos y rotundamente humanos. Ella puntúa un poco más alto por su naturalidad y credibilidad. Incluso logra que, como quien hace llover, broten lágrimas de sus ojos. No es que Beiro esté mal. Es un actor experimentado y con sobrado oficio, pero hay algo en su expresión, en su postura física, en su gestualidad, que no encaja con este compendio de sabiduría y soberbia que debe encarnar. Por su parte, Musto da una clase magistral de actuación en su media hora en escena. Pura entrega, verdad e intensidad que convencen al más escéptico.
Esta construcción dramática del maestro escandinavo habilita grandes espacios para que la palabra reverbere, se expanda y se contraiga, lo que permite a los diálogos ir hasta el hueso. Son tres largas escenas en las que la conversación respira, evoluciona, cambia de estados, desde la banalidad hasta la interpelación y, ya libre de concesiones y autocomplacencias, la confesión. Caen las máscaras y aflora el gran motivo para ir a ver esta obra.
Después del ensayo (domingos a las 19.30 en la sala de Soriano 1274) está basada en el guion de una película rodada en 1984 por la televisión sueca, es mencionada como la obra más autobiográfica de Bergman. La versión local combina dos traducciones: del sueco, por Maja Almada, y del inglés, por Scottini. Funciona como un crudo homenaje a los actores y directores que dejan su vida afuera del escenario para entregar excelencia a su público. El paso del tiempo, la decadencia física frente a la fuerza inextinguible del deseo de actuar, la prevalencia de la emoción del espectador ante cualquier consideración estética, necesidad tan básica como respirar. Show must go on ante todo. De todo esto se habla en Después del ensayo. Y si no se habla, subyace detrás de decorados, telas, utilería y viejas piezas de vestuario.
El amigo de Philip.
“Percibí que los estudiantes de la Escuela del Actor se toman muy en serio el entrenamiento y me sorprendió la exigencia de los docentes con los estudiantes. Todo eso es muy familiar para mí. Es muy motivante venir a un lugar desconocido, probar mi trabajo con los aspirantes a actores y ver cuánto tenemos en común”, dijo Illingworth a Búsqueda. El director ha desarrollado un método de trabajo personal basado en la relación entre el pensamiento del actor frente al texto y cómo esos pensamientos se traducen en escena en impulsos físicos. “Todo en aras de la mayor naturalidad y verosimilitud posible”, explica. Dice que quedó muy impresionado con el trabajo de los tres actores y que no vio diferencias sustanciales con los que trabaja en Nueva York. “Es maravilloso descubrir cuán iguales somos como comunidad teatral en todo el mundo. He comprobado que las diferencias son pequeñas. Las preguntas son las mismas, los desafíos son los mismos”.
Sobre la diferencia económica entre el medio latinoamericano y el estadounidense, pinta las buenas y también las malas: “En una ciudad como Nueva York hay muchas más oportunidades para el desarrollo profesional de un actor, pero también hay muchísimos más artistas. Somos miles para cada oportunidad, entonces es igual de difícil. Los castings son muy complejos, lo mantiene el profesionalismo muy alto, pero también silencia muchas voces buenas. Entonces, ese hábito de aquí de juntarse para sacar adelante un proyecto permite que esas voces se oigan”.
Illingworth compartió escenario con Philip Seymour Hoffman, de quien fue amigo y asistente de dirección en una compañía del Off-Broadway. “Era un director muy comprometido con los actores, muy exigente consigo mismo y con un ojo implacable para lo verdadero y lo falso en escena. No tenía tiempo para nada falso. Ni con el trabajo ni con la gente. Y nunca estaba satisfecho. En cierto modo era insaciable. Pero también era generoso y amable. Con su nivel de fama le importaba mucho responder personalmente a los pedidos. Siempre invitaba amigos a las funciones”.
El neoyorquino aclara que “son muy pocos los artistas ‘famosos’ en su país. “La gran mayoría no lo son. Obvio que es mejor ser famoso en Nueva York, porque la gente te deja tranquilo. No existe ese culto de la celebridad. Podés vivir tu vida, tener tus vecinos, ir al supermercado y llevar a tus hijos a la escuela. No es como en Los Ángeles, donde estás preso en tu casa. Philip fue un gran ejemplo. Hubiera sido muy feliz de no haber sido famoso. No lo disfrutaba. Quería trabajar y tener su vida, y era feliz cuando nadie lo reconocía en la calle”.