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Para muchos en el mundillo empresarial local ella es Teresita —aunque tiene 63 años—, porque así está escrito en su cédula. Otros le dicen Teresa, que ella prefiere por ser más apropiado para el formal ámbito de los negocios. Es, piensan todos, una de las más tenaces representantes de los intereses del sector exportador, presente en cuanta delegación se arma para hablar con jerarcas de gobierno y dirigentes políticos, además de asidua integrante de misiones que acompañan al presidente en sus giras por el exterior. Está en los cócteles, elegante, colorida, donde hay que ir para hacer lobby.
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Quizás por haberla visto empujar en alguno de esos viajes, para promocionar las exportaciones uruguayas o por la afinidad de discursos en torno a la necesidad de abrirse al mundo, Teresa Aishemberg se ganó el reconocimiento de Tabaré Vázquez. Cuando, para la edición especial por su 45º aniversario, en noviembre pasado, Búsqueda le pidió al mandatario que destacara a un empresario uruguayo de los últimos 45 años —así como a un médico, un académico, un político y un deportista—, la mencionó a ella, algo curioso además porque el empresariado autóctono está dominado por “hombres de negocios”. Quedó, en el listado presidencial, a la altura de figuras como el fundador del Frente Amplio, Líber Seregni, de la médica Ana María Otero, del cantor popular Alfredo Zitarrosa, de la ingeniera en sistemas Ida Holz y del técnico de la selección Óscar Tabárez. Para ninguno dio una argumentación.
Para muchos, Aishemberg es más conocida por su rol en la Unión de Exportadores (UEU) que como empresaria. Y eso no le disgusta. De hecho, cuando Búsqueda le dijo que, con la justificación del reconocimiento que le hizo Vázquez, quería publicar un perfil suyo, al principio se negó. “Soy bajo perfil”.
Genética.
Como Patricia Damiani o Laetitia d‘Aremberg, empezó tempranamente a escuchar hablar de negocios.
Junto con sus seis hermanos, de niña vivió en la quinta familiar de Molinos de Raffo y Carlos María de Pena, en el Prado, y siguió en el barrio hasta años después de casada y con cuatro hijos, para luego mudarse a Pocitos. Su padre era representante de insumos importados y dueño de una fábrica de caños metálicos. También su abuelo, inmigrante ucraniano, tuvo actividad empresarial. “Siempre vivimos pendientes de la industria uruguaya y había grandes charlas en la mesa. Llevamos esa genética y de esa sangre sale la Teresa empresaria”, asegura.
Recuerda que, con cinco años, acompañaba a su padre al edificio de la Bolsa de Comercio, en la Ciudad Vieja, donde estaba la oficina de representación. Pero él esperaba que sus hijas fueran “mujeres de la casa”, aunque educadas.
Estudió en el colegio Sagrado Corazón, en el Alemán, hizo una tecnicatura comercial y un curso de gerenciamiento en organizaciones empresariales en Costa Rica. Su padre le inculcó el aprender idiomas —que en su actividad “era importante para poder negociar”—; ella maneja el francés, el inglés, el alemán y el portugués, aprendió algo de chino mandarín y asegura que tiene el ruso en el “debe”, por su origen ucraniano.
Pero la puerta de entrada a la actividad empresarial no fue a través del negocio paterno —que por la vía de una alianza con una multinacional francesa terminó saliendo de la familia— sino del gremialismo. Con 18 años entró a cubrir una vacante administrativa en la UEU y no se fue más; lleva 45 años, actualmente como secretaria ejecutiva. Si bien la institución tiene designados varios voceros, entre ellos su presidente, Aishemberg lidera en apariciones en los medios de comunicación que monitorean. “No es la idea, pero uno viene a ser como un comodín, atento las 24 horas a los puertos, el aeropuerto, en contacto con los sindicatos”, dice sobre ella misma. Ya tiene nueve nietos pero no se piensa mover de ahí: “Me entusiasma, me apasiona, construir relaciones, trabajo en equipo y diálogo entre todos”.
Su actividad en la UEU se alterna desde hace algunos años con la de empresaria. En 2001, cuando el país atravesaba una compleja etapa económica y los predios agropecuarios estaban baratos, con su esposo —ingeniero de sistemas— decidieron comprar algunas hectáreas, de a parcelas. “Nos decían que estábamos locos por invertir en el campo en ese momento”, rememora. Contando con el apoyo de uno de sus hijos, que estudiaba agronomía, terminaron asociados con un empresario estadounidense para desarrollar la raza vacuna Brangus en el país y la región. “No teníamos tradición agrícola-ganadera pero sí cabeza empresarial y de marketing”, afirma. El emprendimiento caminó y sus toros, incluso, lograron cucardas en la Expo Prado varios años.
El hijo agrónomo emigró hace 10 años a Paraguay y la cabaña de Aishemberg, Martín Pescador, ubicada en la Sierra del Caracol, cerca de Aiguá, se reperfiló, si bien mantiene cierta actividad ganadera. “Cambiamos el plan de negocios porque los toros llevan mucha dedicación. Abrimos la casa al agroturismo, principalmente dirigido a europeos y americanos”, afirma.
“De lejos”.
Su rol ejecutivo en la UEU la obliga a estar en contacto con los políticos, sobre todo cuando hay problemas de acceso a mercados o de competitividad. Con los presidentes Luis Lacalle, Julio Sanguinetti, Jorge Batlle y José Mujica —quien iba a almuerzos organizados por la gremial— y sus jerarcas, el diálogo fue fluido. Y según Aishemberg, con Vázquez hubo una relación “de lejos” en su primer período y ahora, en esta segunda Presidencia, ella tuvo alguna ocasión puntual de interacción, como cuando integró la misión que el año pasado visitó Alemania. “Es muy difícil tener una conversación larga. En los viajes hay agendas separadas; bregamos para que sean juntas y que no sea todo protocolar del presidente por un lado y el empresariado por otro”, reclama.
Dado ese limitado conocimiento directo, el que Vázquez la haya señalado como la personalidad más destacada del ámbito empresarial de los últimos 45 años resultó inesperado para ella. “Me sorprendió gratamente” —y se lo agradeció en una carta—; fue como “una caricia para el alma”, que no viene mal cuando lo usual para un empresario, aquí, es ser criticado.