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    Tina Turner: Voz, piernas y rock and roll de una artista peleadora que dejó una marca vocal indeleble

    (1939-2023)

    Llega la noticia y cambia el paisaje. Como la de Rita Lee dos semanas atrás, la muerte de una artista de gran —y merecida— popularidad como Tina Turner, conocida en la tarde de ayer miércoles 24, cambia el paisaje. En pocos minutos sus fotos y videos inundan las redes. Están los que escriben largas parrafadas con pretensiones poéticas y los que simplemente ponen una imagen con algún emoji cursi de ocasión, como un corazón roto. Están los que dejan un recuerdo emocionado, como Mick Jagger en Instagram: “Estoy muy triste por el fallecimiento de mi maravillosa amiga Tina Turner. Fue verdaderamente una intérprete y cantante de enorme talento. Inspiradora, cálida, divertida y generosa. Me ayudó mucho cuando era joven y nunca la olvidaré”. Y están quienes poseen las palabras justas para pintar de cuerpo entero a una estrella de sus quilates. Tal es el caso del periodista y comunicador Christian Font, quien tuiteó: “Anna Mae le hizo frente al abandono cuando era niña y a un marido abusivo. Se adueñó del escenario y de su vida. Se reinventó varias veces porque lo único que quería era ser querida y feliz. Recomiendo el documental sobre su vida en HBO Max. Buen viaje, Tina. Se la quiere, señora”.

    Anna Mae Bullock, nombre legal de la enorme intérprete estadounidense, había nacido en Brownsville (Tennessee) el 26 de noviembre de 1939 y falleció en una clínica de Küsnacht, cerca de Zúrich, donde se había instalado años atrás para sobrellevar de la mejor forma posible el cáncer que padecía desde 2016. Tuvo dos matrimonios, primero con Ike Turner (con quien tuvo cuatro hijos, dos de ellos, adoptados, y de quien se separó debido a la violencia que ejerció contra ella durante muchos años), y en 2013 con un caballero llamado Erwin Bach, productor musical 15 años menor que ella, quien la acompañó hasta su última hora.

    En escena, Tina Turner fue una fuerza de la naturaleza. Más allá de sus notables dotes en el estudio, su lugar en el mundo estuvo bajo los focos. Basta ver cualquier video de sus comienzos junto con Ike. Performer es el término que mejor la define y que aúna todas las manifestaciones de esta cantante, compositora, bailarina, coreógrafa y actriz que se ganó títulos como “Reina del rock and roll”, “La reina negra del rock” y “The Acid Queen”. Tenía una deslumbrante capacidad vocal tanto para interpretar una melodía del modo más preciso en la tonalidad y elegante en el fraseo como para romper todos los códigos de la contención y lanzarse, en forma desbocada y avasallante, con su garganta negra y rockera arrojando alucinantes llamaradas vocales y lanzándose ella sin redes al vacío de la improvisación en clave jazzera. Swing, mucho swing. Y, por supuesto, rock, mucho rock. Para entender el poder bestial de su interpretación, basta escuchar su imponente versión de Proud Mary, grabada en 1971, que debe haber dejado al mismísimo John Fogerty boquiabierto y que es capaz de revivir a un muerto.

    Pero hay más. Siempre hay más en una artista como Tina Turner. El baile frenético en clave de rock and roll, el baile llevado a la mayor intensidad sexual, al extremo de la sensualidad. Su icónica cabellera, su cuerpo siempre atlético como el de una bailarina de ballet, sus icónicas piernas sobre las que se escribieron miles de artículos (es famoso el relato de que en su época de esplendor pop estaban aseguradas en una cifra millonaria en dólares). El talento artístico estaba unido a un necesario trabajo de imagen, sin el cual se volvía muy difícil para una mujer conquistar el éxito masivo en el mundo del pop.

    Porque hubo muchas Tina Turner. La primera, la hija que combinó ascendencia afroamericana e indígena, la que se bautizó Tina por un popular personaje de televisión, la que con 11 años se mudó con su madre (que huyó de un marido abusivo) a la urbe sureña de St. Louis (Misuri), que comenzó trabajando como empleada doméstica, la que jugó al básquetbol, la auxiliar de enfermería, la que una noche, en el Club Imperial, con 17 años, fue invitada a subir a cantar un tema por Ike Turner and His Kings of Rhythm y terminó cantando hasta el final del concierto.

    Entonces, en 1958, más o menos al mismo tiempo que Los Beatles y Bob Dylan, comenzó la carrera de Tina Turner. Primero fue el dúo con Ike, llegaron los éxitos de rock and roll, R&B y soul como a Fool in Love y Poor Fool; luego fue su etapa temprana como solista, su primer esplendor y sus primeros pasos como cantautora a inicios de los años 70. Después llegó la oscuridad, las golpizas que le propinó su marido, la separación y la caída de su carrera —y de su vida— en un pozo depresivo que duró varios años.

    Con mucho trabajo y tesón, en los 80 llegó el resurgimiento, primero, con una muy exitosa versión de Al Green —Let’s Stay Together, en 1983— y al año siguiente con el álbum que la devolvió al olimpo del éxito mundial: Private Dancer, una gran síntesis sonora que maridó su gran voz —en su apogeo interpretativo— con el ADN sonoro de los 80, con un gran equilibrio entre el rock de guitarra, bajo y batería y el pop de sintetizadores y máquinas de ritmos. Y con hits como What’s Love Got to Do with It y el tema que da nombre al disco. Los siguientes 15 años albergaron una impresionante catarata de éxitos y premios que la mantuvieron en la cresta de la ola. Después llegó el gran regreso de fines de los 2000 y su retiro, cuando sus cuerdas vocales y su cuerpo empezaron a decirle: hasta acá llegamos, Tina.

    Tina Turner se sobrepuso a muchas dificultades, dejó una obra excepcional y una marca vocal indeleble en la historia de la música popular.

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