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    Tirar fruta y vender flores

    Netflix estrenó El Pepe, una vida suprema, el documental de Emir Kusturica

    Columnista de Búsqueda

    Como seguramente hizo uno de cada cuatro uruguayos, la noche del pasado viernes 27 de diciembre vi el documental del director serbio Emir Kusturica sobre el expresidente y actual senador electo José Pepe Mujica. Sin palichips, apenas un vino blanco en la vuelta, me tiré a mirar el anunciado filme.

    El primer problema de la película de Kusturica es con la definición de documental. Según la RAE documental tiene tres acepciones: 1. adjetivo, perteneciente o relativo a los documentos; 2. adjetivo, que se funda en documentos reales; y 3. adjetivo, dicho de una película cinematográfica o de un programa televisivo que representa, con carácter informativo o didáctico, hechos, escenas, experimentos, etc. tomados de la realidad. Y la verdad es que el filme de Kusturica no cumple con la que específicamente le correspondería, que es la tercera.

    Dicho esto, si se entiende la propaganda política como parte de la didáctica, El Pepe, una vida suprema (2018, en Netflix) podría llegar a calificar como documental en su intención de divulgar entre los niños el carácter épico que la vida del expresidente uruguayo parece tener. No hay en cambio el menor interés en “documentar” nada de manera adulta: la larga retahíla de lugares comunes que tanto Mujica como el resto de los protagonistas van desgranando a lo largo del filme, nunca es contrastada con un solo dato de la realidad. Es más: la realidad, lo que ocurre fuera de las cabezas de los tres o cuatro líderes tupamaros entrevistados, no parece existir por sí misma. No hay en el filme una secuencia de hechos externa, no hay una cronología del mundo en que se desarrolló la trayectoria de Mujica. No hay documentos. Los hechos no parecen ser importantes para la construcción de “el relato”.

    Por eso, tras una hora y pico de documental, no se sabe aún qué pasó en el mundo y en Uruguay que ayude a entender cómo Mujica se convirtió en Mujica. Y eso incluso cuando el asset político de este documental es precisamente su vida privada, ofrecida como emblema de fácil acceso a una cierta moral de las cosas. Por ejemplo, del Uruguay se nos dice que era una suerte de socialdemocracia (lo dice Mujica, sin usar la palabra batllismo) hace muchos años pero que en cierto momento, allá por los 50, dejó de serlo. Y entonces Mujica y su organización no tuvieron más remedio que empezar a delinquir para intentar mejorar las cosas. No se dice una palabra sobre cómo ese cambio ocurrió ni se explica por qué. No se documenta nada de eso.

    Lo que propone Kusturica es la necesidad de creer, sin más, en la palabra santa de un santón porque este es quien es. Al supremo Pepe de Kusturica hay que creerle lo que dice porque duerme en una habitación que tiene la pintura desconchada, anda siempre despeinado, se escapó de la cárcel, entró en un banco con una 45 (y se sintió respetado) y se levanta de la cama en calzoncillos delante de la cámara. Hay que creerle porque a veces, mirando al horizonte, dice cosas como “a veces lo malo es bueno y a veces lo bueno es malo”. Estoy seguro de que esta no era la intención de Kusturica (quien ya parece feliz con mirar al Pepe escupir no sé cuántas veces el mate), pero si algo queda claro en el filme es que un grupo de personas que decidió levantarse en armas contra una democracia como la de Uruguay en 1963 tiene serias dificultades para explicar las razones que los llevaron a hacer algo tan extremo. Peor aún: si uno cree realmente lo que dicen, podría justificar sin problemas cualquier levantamiento armado de cualquier signo ante la menor señal de crisis económica y política. Y creo que ahí está la (terrible) clave ideológica del filme.

    Cuando Mujica dice “tuvimos que cometer delitos” y asume que eran delitos, se podría perder de vista que lo más grave de la frase no está en reconocer la comisión de un delito, sino en el “tuvimos”. Esa idea de necesidad es un hilo que une a todos los autoritarios del mundo: no queríamos empezar a pegar tiros contra una democracia, pero tuvimos que hacerlo, no queríamos dar un golpe de Estado pero las instituciones debían ser preservadas. Lo que late detrás de eso es la idea de que en lo social, las cosas ocurren de manera necesaria. De que existen unas leyes históricas que justifican arrasar con aquello que se cruce en el camino de esas leyes. La idea de que, allá atrás en el fondo, no existe el libre albedrío y todos estamos sometidos a un plan que es necesario. Y que algunos elegidos son los portadores del plan.

    Quizá sea excesivo pedir que el expresidente y los otros líderes tupamaros que aparecen en el filme lleguen algún día a preguntarse si de verdad las cosas ocurren necesariamente o si pueden ocurrir de manera contingente. Es probable que sí, que sea demasiado. En todo caso, queda claro en la película que, si bien el MLN abandonó la lucha armada en 1985, las parcas ideas políticas que sueltan sus líderes históricos a lo largo del largometraje parecen escapadas de un libro de 1963.

    En el filme hay tiempo para que Mujica se extienda, no mucho, sobre las grandes obras de recuperación del planeta que debería emprender la humanidad si se pusiera a trabajar de manera colaborativa. Propone, entre otras cosas, convertir el desierto de Atacama en un vergel y crear un río artificial con el deshielo de Alaska que atraviese EE.UU. y que sirva para regar el norte de México. En ese punto uno no tiene más remedio que preguntarse si se enteró de lo que pasó con el Mar de Aral o de si tiene idea del impacto que esa clase de intervenciones han tenido cuando se las ha llevado a la práctica. Viru viru, diría el propio Pepe. Tirar fruta mientras se venden flores, diría yo.

    A veces, el filme de Kusturica parece ir un pasito más allá en ese no interesarse por contrastar lo que declaran sus protagonistas y escamotea cuanta fecha puede. De esa manera, el relato que Mujica construye ante cámaras se ahorra cruzarse con los hechos que acompañan esas fechas. Sin fechas, sin un mínimo contraste de lo dicho con los hechos, un espectador incauto podría creer que el MLN se formó exclusivamente para luchar contra “bandas fascistas”, como declara Eleuterio Fernández Huidobro (que aparece como una especie de jedi malvado que, mientras el otro jedi vende flores, te recuerda que él, que es quien maneja el garrote, es muy rencoroso). O llegar a creer que esa organización, desarticulada en 1972, peleó contra una dictadura que comenzó en 1973. El relato por encima de los hechos. La clase de producto que funciona como herramienta propagandística en un mundo de ciudadanos cada vez más emocionales y menos analíticos.

    Ese constante golpear en lo emocional quizá sirva para explicar la sobrecarga musical que tiene el filme. Cuando sus protagonistas no están declarando alguna generalidad sobre el mundo y la vida, esto es, la mayor parte del tiempo, suena algún tango, aparece una murga cantando en un camión viejo y, de manera más inexplicable, suena un samba enredo que le debe haber parecido muy uruguayo al director serbio. Esa saturación musical termina resultando un recurso repetitivo que juega en contra de las emociones que, se supone, intenta apuntalar.

    En El Pepe, una vida suprema, Kusturica no intenta explicar, contextualizar ni entender aquello que muestra. No intenta siquiera generar alguna clase de interés artístico con su material. Al revés, reconstruye lo real exclusivamente a través de sus entrevistados sin preocuparse por lo real fáctico, por aquello que con un mínimo esfuerzo le habría servido para poner en balance la figura que intenta retratar y hacer un documental. Se conforma, en cambio, con armar un mecanismo no muy elegante de culto a la personalidad del líder, un Mujica de quien, al terminar el filme, sabemos casi lo mismo que al comenzar. Y todo lo que sabemos es resultado del panegírico que Mujica va construyendo sobre sí mismo. Para este viaje no hacían falta alforjas. Ni un Kusturica.

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