Cerca del mediodía, el guitarrista brasileño termina su clínica, un día después de su concierto en el teatro, y con amabilidad responde una inquietud del periodista que se le acerca. Una pregunta de rutina, algo que le quedó colgado de la charla. Pero de inmediato los ojos del músico se desvían. Una mujer se acerca y desenfunda una guitarra criolla, muy rústica y por ella misma decorada. Se presenta, en perfecto portugués, y le pide un consejo para agregarle un micrófono. El periodista se hace a un lado, toma una foto de la guitarra y se retira de la escena. Rato después, la pareja de la guitarra almuerza frente a la plaza. Él le da algunas indicaciones y ella las sigue, atenta. Él la contempla con ojos felices. Ella sigue tocando, muy concentrada. La música generó el encuentro. En Mercedes han nacido romances efímeros, amores duraderos, amistades, bandas y proyectos solistas. Incluso algún amor de enero nacido en el hermoso barrio Puerto ha concluido varios eneros después, en esas mismas calles adoquinadas. Desde 2007 Jazz a la Calle es el escenario de decenas, cientos de historias como la de la guitarra floreada. Cada año, un grupo surgido de la sociedad civil, que supera el centenar de voluntarios, organiza en la capital de Soriano un festival que reúne a unos 300 músicos. Ellos insisten en evitar la palabra festival; prefieren encuentro. Razones les sobran. La mitad tocan en el escenario principal, la otra mitad en las calles. Otra cantidad inestimable, entre 300 y 500 quizá, locales, del resto del país y de Brasil y Argentina, llega para tocar donde pinte. El cordón de la vereda, el banco de una plaza, un boliche, la orilla del río, el fondo de una casa durante un asado. Todo puede ser un escenario. A la gorra o por el gusto de tocar, nomás. Jóvenes deambulando con guitarras y sarcófagos de violines o vientos son una postal ya clásica de Mercedes en verano. Algunos hablan de mil músicos cada enero, desde los profesionales a los estudiantes (atención: la Escuela de Jazz a la Calle tiene 400 alumnos, más unos 50 de la Utec). Entre el sábado 12 y el domingo 20 la Perla del Hum, como algunos han denominado a la bella ciudad junto al río Negro, fue el escenario del 12º Encuentro Internacional de Músicos Jazz a la Calle, con 25 conciertos, más de 20 toques callejeros, nueve jam sessions hasta el amanecer y una veintena de clínicas. Todo con entrada libre.
Como siempre, Marco Antonio te lleva y te trae. El bien dispuesto chofer de la Intendencia de Soriano va y viene de la terminal a los hoteles durante todo el día. Músicos, periodistas, invitados especiales. Medio festival pasa por la desvencijada camioneta que conduce este simpático brasiguayo, nacido en Porto Alegre, criado en Livramento y radicado desde joven en Mercedes.
El diluvio que se ha precipitado durante diciembre y enero generó la mayor inundación estival en Mercedes en los 12 años de Jazz a la Calle. El agua cubrió toda la rambla y llegó al cordón de la vereda. Dos días antes del inicio, la organización decidió mudar el escenario central para la Plaza del Encuentro. Hizo bien, porque a mitad de semana el agua se comió casi la mitad de la Manzana 20, el espacio tradicional del festival. La mayor crecida fue en la madrugada del jueves 17, cuando se podía ver cómo la orilla del río avanzaba centímetro a centímetro por los adoquines de la calle Mario Cassinoni, junto a la multitud de jóvenes que colmaba la esquina, cerveza en mano.
Las mejores casas de Mercedes están en la zona que primero se inunda. La mayoría cuentan con un sótano o garaje, y tienen la planta baja bastante más alta que la vereda. Cuando la inundación es grande, algunos entran y salen de su casa en barco. “Si el agua sube, llevamos todo para la planta alta y lo que no podemos subir lo sacamos. Tengo un bote, que lo amarro a la reja y bajamos de la casa por una escalera que ato al balcón”, cuenta Alberto, dueño de la casa situada en la rambla Grito de Asencio y 18 de Julio. De inmediato muestra la marca de la mayor crecida desde que vive ahí: en lo más alto del marco de la puerta de calle, en el invierno de 2007.
Nuevo escenario. La Plaza del Encuentro, construida hace unos diez años con una esfera de columnas de ladrillo que remiten a los milenarios monumentos megalíticos, resultó un ámbito inmejorable para ver música. De hecho, su nombre calza justo con este evento. Más allá de las dificultades técnicas y logísticas propias del apuro, para el público quizá sea mejor que la Manzana 20. El sitio es más amplio, con una leve pendiente natural ideal para que unas dos mil personas puedan ver un espectáculo, sentados en el pasto o en la ya tradicional silla playera. Y además es más silencioso, pues los locales gastronómicos y tiendas fueron situados detrás del talud de césped que circunda la plaza. Mención aparte merece el sonido de Jesús Ilama (todos lo conocen como el Chino), un técnico de Paysandú que logra que todos los grupos suenen a la perfección. Formaciones de seis, ocho y diez músicos sonaron con refinación y equilibrio, lo que permitió escuchar cada instrumento en forma fiel, incluida la Freedom Big, la soberbia big band que tocó en la última noche.
Entre las decenas de vendedores ambulantes presentes en la plaza, el veterano caramelero es el único que también acude a la puerta del teatro 28 de Febrero, las noches en que la lluvia traslada la escena para el principal escenario techado de la ciudad. Nadie le compra. Nadie. El público prefiere las cervezas, panchos y empanadas a la glucosa envasada. Pero es imposible olvidar su pregón, imperturbable, durante las cuatro horas de conciertos, de pie, junto a la escalera, con su bandeja de golosinas atada al cuello: “¡Caramelo! ¡Caramelo! ¡Caramelo!”. Hasta que pasada la una de la mañana, sin más, descuelga y se va.
Este año, en paralelo al festival tuvo lugar la primera edición del Encuentro Internacional de Muralistas 33 Grados, que regaló más de 25 nuevos murales pintados en viejos muros de la ciudad. Por supuesto, la música es el leitmotiv de buena parte de los diseños.
Jazz a la rua. La programación de Jazz a la Calle siempre surgió de un llamado internacional que se hace con varios meses de antelación. En sus primeras ediciones, la grilla tenía una fuerte impronta argentina, con gran presencia de la hibridación entre el jazz tradicional y las nuevas bandas de folclore de vanguardia, como Aca Seca o Banda Hermética. Pero hace ya varios años que hubo un fuerte cambio de timón en la programación, que es encomendada por la organización a un grupo de curadores internacionales. Desde entonces, Brasil pisa muy fuerte en Mercedes.
De las 25 bandas que tocaron este año, 15 llegaron desde ese continente musical que tenemos al norte, y gran parte de ellas desde San Pablo, la Manhattan de Sudamérica. La siempre estimulante y superecléctica fusión entre jazz y música brasileña se plasmó en bandas como Quebra Cuia Combo, Gibão Alaká, Antropojazz —que dio una notable clínica de improvisación para cantantes—, la orquesta de jazz de cámara Ôctôctô, la banda de jazz-mpb-rock Silibrina, que ya giró por Estados Unidos y encendió la Zitarrosa el lunes 22, a la vuelta de Mercedes, en el inicio de los festejos por los 20 años de la sala.
También hubo excelentes solistas como Adauto Días y Fabio Gouvea, quienes dieron cátedra de la guitarra brasileña entre el samba, el choro y el jazz, el baterista Eduardo Sueitt y la cantante Dani Gurgel, que el sábado 19 puso a bailar a dos mil personas en la Plaza del Encuentro con su electrizante estilo de scat (improvisación vocal), al que también dedicó su clínica.
Otro gran momento fue la clínica del guitarrista Paulio Celé, quien a puro carisma paseó a los 50 asistentes por todo el mapa de géneros de la MPB, desde el samba al forró, con estaciones en el baião, el choro y el maracatú.
Una de las pocas críticas que le caben a Jazz a la Calle en estos últimos años es que esa abundancia brasileña provoca cierto desbalance. Este año solo hubo tres bandas uruguayas: La Ventolera, Trío Cimarrón y Fede Blois, las tres muy sólidas, especialmente Blois, quien demostró su original lectura de la fusión candombera, con toques rockeros. De Argentina estuvo la Orquesta del Sindicato de Músicos de Córdoba, la Orquesta Nuevos Compositores, muy interesante propuesta de jazz de cámara, y Creativa Ensemble, que reunió músicos de ambas orillas del Plata. En este grupo tocó también el saxofonista alemán Rainer Witzel, un virtuoso tenor que fue además una de las grandes figuras de las jam. “Toco muy seguido en varios países de Europa, China y el norte de África. Pero no conozco un festival con una energía tan bella e intensa como el de Mercedes”, dijo a Búsqueda este músico que vino desde Stuttgart sin escalas a Mercedes. Conceptos similares manifestaron decenas de músicos al finalizar cada concierto. Ya no es novedoso: Mercedes los enamora. Y por más que aquí no cobran cachet (el encuentro financia pasajes, estadía y comidas), vuelven una y otra vez.
Como los cuatro jazzistas estadounidenses que cerraron el encuentro, el domingo 20: el cuarteto del baterista Shawn Baltazor, compuesto junto al pianista Jarrett Cherner, el saxofonista Jacob Teichroew y el contrabajista Francisco Ojeda, un blend caribeño perfecto, pues es hijo de padre cubano y madre puertorriqueña. Cherner ofició durante varias noches de presentador en el escenario. Este fue el cuarto enero consecutivo en Mercedes de un músico de poco más de 30 años, y el tercero del saxofonista, ambos docentes en escuelas de Nueva York, fuertes animadores del circuito jazzero de Brooklyn y frecuentes sesionistas en las principales tarimas de Manhattan. “Lo que sucede en Mercedes es extramusical. Por eso vuelvo. En ningún lugar del mundo te van a tratar como a un hijo, como sucede aquí”, dice Cherner, quien incluso está pensando en venir a pasar una temporada en Mercedes, como han hecho los argentinos Federico Lazzarini y Alan Plachta, y los montevideanos Mauro Pérez y Camilo Otonello, radicados como docentes de la Utec (primera escuela específica de jazz de Uruguay) y de la pujante escuela de Jazz a la Calle, fundada en 2006, meses antes de la primera edición.
Baltazor dejó Nueva York y se estableció en Los Ángeles, donde grabó su primer disco solista Lionsong, con nombres de primera línea como el saxofonista Seamus Blake y el bajista Ben Street. También participó de proyectos rockeros como Atomic Ape, pero su propuesta instrumental es un jazz refinado y muy relajado, rico en texturas melódicas y sutilezas compositivas. El show de los americanos, de indudable calidad, quizá fue demasiado tranquilo como para un recital de cierre al aire libre. Debió haber sido el primero de la noche, evitando la odiosa comparación con la big band que lo precedió y que sin dudas entregó una performance mucho más potente y enérgica. Poco parecía importarle estas cuestiones a Baltazor, quien derrochó buena onda en las calles mercedarias y en un asado que tuvo lugar en la casa de una de las madrinas de Jazz a la Calle. Entre morcillas, mollejas y otras delicias criollas preparadas por las manos expertas de Ana Nuez —otra institución de Jazz a la Calle—, Baltazor explicó por qué siempre vuelve a Mercedes: “Nosotros en Estados Unidos cobramos lo que se cobra en este mercado, que de ninguna manera es algo con lo que te vas a hacer rico. Te da para pagar las cuentas y si sos muy bueno y te va muy bien, podés hacer alguna diferencia. Pero acá nos olvidamos del dinero. A Mercedes es más que un placer venir: es un honor”.