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Mientras la cámara enfoca el mar, una casetera reproduce la voz de un hombre y una mujer que dialogan sobre el paso del tiempo. Ella le pregunta si se siente viejo y él contesta que no, que eso va a ocurrir cuando no pueda pescar más un tiburón o cuando no pueda tocar más el bandoneón. Las dos actividades requieren un esfuerzo similar y el día que no pueda con una, fatalmente no podrá con la otra. Es el comienzo de Piazzolla. Los años del tiburón, (Argentina 2018) documental de Daniel Rosenfeld sobre el músico argentino nacido en 1921 y muerto en 1992, que se estrenó el jueves 21 en varias salas. Luego aparece la imagen silenciosa y tristona de Daniel Piazzolla, hijo de Astor, yendo en un auto a visitar la muestra sobre su padre en el Centro Cultural Kirchner. Alguien que no se aclara quién es lo recibe y lo pasea por la muestra. El hijo le comenta a su anfitrión que su padre siempre miraba para adelante. Le decía: “Lo que hiciste ayer es una mierda; lo que compusiste ayer, rompelo”. Y así, en un arranque, rompió y quemó cientos de partituras que se perdieron para siempre. El azoro del anfitrión se comenta sin palabras. Es la primera de varias muestras del carácter fuerte del artista.
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En pocos minutos aparecen las virtudes y defectos que recorrerán todo el metraje. Entre las virtudes, el numeroso material de archivo familiar: fotos, videos y lo más interesante: los audios de Astor en las entrevistas grabadas por su hija Diana o de él solo hablando. Entre los defectos: la falta de zócalos que expliquen quién es el que aparece, con quién habla en los casetes, dónde es la muestra y quién ese señor que se la explica a Daniel, por qué este le dice a su padre “estás dando un paso atrás”, lo que le significará diez años de enemistad sin hablarse con él; por qué se emociona y dice llorar cuando ve las imágenes de su hermana Diana, en fin, y más adelante la misma falta de información sobre personajes o hechos.
Hay también cierto desorden cronológico: de pronto aparece Astor hablando en inglés circa 1960 y diciendo que todo el alboroto y las diatribas contra su música lo divirtieron mucho y contribuyeron a su fama. Enseguida se ocupa de la delgadez de la pierna derecha y se remonta a su nacimiento con ese problema congénito que hizo desistir a sus padres de engendrar más y lo transformó en hijo único. Pero luego salta a 1973, año en que tiene un infarto, se va de gira a Italia y suma a su hijo Daniel al octeto. Luego vuelve a su crianza en Nueva York, a sus abuelos con el alambique fabricando y vendiendo alcohol durante la ley seca, a su padre trabajando en una peluquería en cuya trastienda se levantaba juego clandestino, a sus clases de boxeo para poder “pegar primero”, como le enseñó su padre. Y vuelta a los setenta con Balada para un loco y de ahí a su fugaz encuentro con Gardel. Y así sucesivamente.
El documental se presenta entonces como un trabajo para iniciados en la historia del músico y su obra, quienes no se molestarán por estas idas y vueltas en el tiempo o por la falta de zócalos informativos porque de todas maneras conocen la historia. Pero los legos se perderán detalles o no entenderán muchas cosas.
De todas formas y pese a estas desprolijidades, surge clara la fortaleza de carácter de ese chiquilín que con sus amigos de la mafia italiana se defendía a las piñas de los chiquilines de la mafia judía. Este muchacho que quería ser concertista de piano pero fue obligado sin miramientos a estudiar bandoneón. Que a los quince años como ya le había picado el bichito del tango decidió venirse de Nueva York a Buenos Aires y lo hizo solo a una pensión, y entonces conoció el ambiente de los cabarés, los gigolòs, las prostitutas pero también los ensayos de la orquesta sinfónica en el Colón y el estudio de la música con Alberto Ginastera mientras tocaba con Troilo y Fiorentino o formaba su propia orquesta. Y cómo en 1950 colgó el bandoneón y creyendo que su futuro estaba en la música clásica se fue con una beca a París a estudiar composición, orquestación y dirección orquestal con Nadia Boulanger y esta sabia maestra a la que él mismo define como “mi segunda madre y torturadora” luego de leer sus partituras y escucharlo al bandoneón le dijo que su futuro era el fuelle y el tango.
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Y cómo entonces vuelve a Buenos Aires en 1954 y empieza la revolución en el tango. Para decirlo con sus propias palabras: “Cae Perón, entra el rock y el bolero pero al mismo tiempo nazco yo con un tango diferente, para escuchar y no para bailar”.
Naturalmente, donde no hay defectos ni carencias posibles es en los momentos donde la imagen muestra a Piazzolla haciendo música, solo o con sus músicos. Allí el disfrute y la emoción funcionan al unísono. El bagaje de información que acabamos de recibir sobre ese hombre duro, criado en la escasez, ese reo ilustrado luchando terca y agresivamente por lo que consideraba su verdad artística, sea quizás la explicación de lo irrepetible que ha sido hasta ahora Astor como intérprete de su propia música. Ese temperamento, a la vez tormentoso y dulce, que impregnó su fraseo y contagió a los músicos que lo acompañaron de una forma única, a la que honrosos intentos posteriores han logrado aproximarse más o menos pero no han podido superar.