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    Todo el mar en un libro

    La palabra ballena. En inglés whale, con esa hache misteriosa que no se pronuncia. El animal más grande que hay en la naturaleza está en el mar. Cuando la cola de la ballena chasquea contra el agua, su sonido se oye a varias millas de distancia.

    El agua, el mar, los océanos. Allí nace la vida. La gente contempla extasiada el horizonte en la costa y con esa vista prefieren vivir.

    Los puertos. Los barcos que entran y salen. La industria ballenera y la articulada refinería que se obtiene de las ballenas. La cantidad de barriles con aceite para iluminar los faroles de las casas, de las calles, de las ciudades; estamos hablando del petróleo del siglo XIX.

    Las toneladas de carne para dar de comer y la grasa para procesar en ungüentos y otros derivados farmacéuticos.

    La ballena, que mide hasta 25 metros de longitud y puede pesar más de 80 toneladas, es la materia prima fundamental. Los detalles de lo que un barco puede extraer en promedio —si el tiempo lo permite y la suerte de toparse con estos animales también. La cantidad de barriles que calculan los propietarios de esos barcos. El vil dinero.

    El esqueleto de un leviatán, que impone la autoridad de los andamios de un gran edificio blanco, una presencia más importante que la del dinosaurio más grande.

    La iglesia con su sacerdote en el púlpito. Los fieles devotos escuchan atentamente antes de partir en sus naves, con las bolsas marineras de pocas, ínfimas pertenencias a su lado: “Jehová, empero, tenía previsto un gran pez para que se tragara a Jonás”.

    Nantucket, una isla a 50 km al sur de Cape Code, Massachusetts. De allí zarpan los barcos balleneros. Marineros, capitanes y empresarios se concentran en sus calles y en sus tabernas. Las compañías navieras de las potencias marítimas como Gran Bretaña, Holanda y Francia compiten por los frutos del mar con los barcos norteamericanos. Los millones de libras esterlinas y de dólares invertidos en semejante negocio. La maquinaria industrial, la dominación, comenzó en los mares.

    Una novela que nos informa en decenas de páginas sobre la ballena y sus mitos, sobre la industria derivada de este cetáceo, sobre la cantidad de cuerdas —más de diez mil yardas— que se gastaron para capturar ballenas, sobre la vida a bordo de un ballenero. Un pormenorizado trabajo periodístico y documental que habla del hombre y el mar, de los barcos y su tripulación de tan variado origen y especialidad: los arponeros, los oficiales y contramaestres, los cocineros y los grumetes. Hasta que llegamos al Pecquod, el barco del capitán Ahab, un hombre corpulento, radical, ajeno a Dios y con una pierna de marfil, que “parecía hecho de sólido bronce y fundido en un molde inalterable”. Y desde allí, como si todo lo anterior hubiese sido un truco de prestidigitación, la novela abre su gran compuerta hacia terrenos alegóricos, metafísicos, con la obsesión de este capitán y su venganza personal contra una ballena blanca, a la que busca de modo desaforado, obsesivo y brutal para darle muerte, así sea en los últimos confines del inmenso mar que domina el globo terráqueo, pasando por el Atlántico Sur, el Cabo de Buena Esperanza, el océano Índico y los estrechos hasta el Pacífico. El mago Melville, que hasta el momento había presentado el movimiento de la vida del siglo XIX y el latido laboral en altamar, que nos guiaba por una novela de aventuras marítimas, ahora tira del mantel y lo que aparece es una ballena con tonalidad mortaja y viejos arpones clavados en su lomo, las heridas de guerra de la bestia, una presencia plena de significados épicos que trascienden el Bien y el Mal y la naturaleza humana, para adentrarse en aguas más profundas, siempre distintas, siempre generadoras de otros significados. Y un final apocalíptico, donde se desatan toda la locura y todos los poderes encontrados.

    La mejor tradición homérica está aquí. Y el mejor Shakespeare. Pero es Melville, que los sintetiza y los lleva a otro nivel.

    Moby Dick o la ballena se publicó en 1851 y fue un fracaso. Demasiado larga, demasiados temas. Como tantas cosas, no fue comprendida, no dio con la tecla que el mercado lector de la época pedía. Incluso un formidable escritor y hombre de mar como Joseph Conrad desdeñó hacer un prólogo para una edición en 1915. Para Conrad, la novela era “una rapsodia un tanto forzada cuyo tema era la caza de ballenas y cuyos tres volúmenes no acusaban un solo renglón escrito con sinceridad”. Pobre Conrad. Si no hubiese sido el autor de El corazón de la tinieblas, Tifón y otras maravillas, merecería ser colgado del palo mayor por bestia insensible o por envidioso.

    Cada tanto, los norteamericanos se obsesionan con la gran novela americana, cuándo aparecerá, quién la escribirá, etc. Bueno, no busquen más: es Moby Dick, y no solo la gran novela americana sino también la novela que debería viajar en una nave espacial al encuentro de los críticos literarios extraterrestres.

    Herman Melville nació en Nueva York, cuando no era el centro del mundo, en 1819, el mismo año que Walt Whitman. Su padre, un hombre de negocios quebrado; su madre, prostituta. Luego de realizar múltiples trabajos, se embarcó como marinero en un barco mercante que iba a Liverpool, en 1839. Así comienza una larga peripecia por el mar que incluye veleros mercantes, barcos de guerra y balleneros. En 1842 desertó junto con otros siete marineros en las Islas Marquesas, donde convivió con los Taipi, una tribu de caníbales. Promovió un motín, supo lo que era el peligro, huyó de sus captores y conoció varias islas y los rincones más apartados del globo, de los que luego escribiría con conocimiento de causa.

    A partir de 1844 se dedica a la literatura y publica Typee y Omoo, sobre sus experiencias marinas y su convivencia con los aborígenes. En Las Encantadas, por ejemplo, nos presenta diez bosquejos —cada uno funciona como un estupendo relato que mezcla realidad y ficción— sobre las Islas Galápagos. En el noveno bosquejo, La isla de Hood y el ermitaño Oberlus, nos introduce en la historia de un siniestro misántropo y amo de una horripilante isla, que “esperaba con ansiedad una oportunidad para demostrar su poderío sobre el primer ejemplar de la humanidad que cayera entre sus manos”.

    Sus viajes oceánicos también le dieron la base para dos extensos relatos: Benito Cereno, sobre un amotinamiento, y Billy Budd, marinero, que se publicó en 1924, después de su muerte. La añoranza por el mar lo llevó a escribir un cuento corto, John Marr, sobre un marinero ya retirado que compra una granja y allí se va a vivir, aunque siempre “la pradera le recordaba el océano” y las onduladas llanuras “un mar muerto”.

    Pero atención que Melville también se revuelve bien en tierra. Pierre o las ambigüedades, publicada en 1852, es una intensa novela sobre los afectos humanos, incluido el incesto. Bartleby, el escribiente, otra pequeña obra maestra que anticipa a Kafka mucho antes de Kafka, en la piel de un funcionario que se niega a realizar su tedioso trabajo. Y El vendedor de pararrayos un ejemplo de cuento inquietante, jugado básicamente en el diálogo loco, absurdo, en una cabaña durante una violenta tormenta eléctrica, entre un señor que intenta vender “una varilla metálica en forma de trípode que termina en tres afiladas puntas, brillantes y doradas” y su posible comprador.

    ¿Existe alguna evidencia real y concreta que haya inspirado a Melville a escribir Moby Dick? Sí, y es una tremenda historia. Dicen que conmovió al escritor cuando la leyó en la revista mensual The Knickerbocker, en la edición de mayo de 1839, el mismo año en que empezaron sus peripecias marinas. Con el título de Mocha Dick o la ballena blanca del Pacífico y firmado por un tal Jeremiah N. Reynolds, el artículo de quince carillas se extendía en los pormenores de un cachalote de 24 metros de largo, cuyo chorro de agua “era tan potente como el de una máquina de vapor”.

    Al parecer, Mocha Dick —su nombre se debe a que fue descubierta por primera vez cerca de la isla de Mocha— andaba por el Pacífico, a la altura de la costa chilena, y muchas veces acompañaba amistosamente a los barcos. Pero si era atacada… respondía con la mayor de las violencias, destrozando las naves. El artículo dice que la ballena, de tono albino debido a su avanzada edad, había salido victoriosa en decenas de batallas, y los arpones todavía colgaban de su cuerpo. Era tal su fama que los arponeros, cuando tocaban tierra y se encajaban unos cuantos aguardientes en alguna taberna portuaria, preguntaban antes de iniciar una conversación: “¿Hay alguna noticia de Mocha Dick?”.

    Tuvieron que acorralarla cuatro barcos para darle muerte. Mocha Dick iba en ayuda de unas crías de ballena y de una hembra, que pretendían ser cazadas por los balleneros.

    Melville murió en Nueva York en 1891. Su modestísima tumba está en el cementerio Woodlawn, en el Bronx, el barrio. Debe haber convivido con la historia de Mocha Dick días, meses y años, en altamar fumando una pipa en la cubierta, en tierra firme con su esposa y sus hijas, en sus incontables viajes. Hasta que le dio forma y se convirtió en Moby Dick, la epopeya del maldito perseguidor tras el leviatán inalcanzable, que es mucho más que una historia de venganza, mucho más que una alegoría sobre las posibilidades divinas en el planeta, mucho más que la astucia de presentar el infierno con el color blanco. Es todo el mar en un libro.

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