Nº 2129 - 1 al 7 de Julio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acápor Andrés Danza
Hagan la prueba. No lleva más de un minuto y el resultado es bastante ilustrativo de lo que está ocurriendo. Pregunten en cualquier grupo de WhatsApp, reunión familiar o de amigos de la burbuja, red social o evento académico o de trabajo virtual a cuántos legisladores del gobierno conocen sus interlocutores. Algunos enumerarán muchos y otros —seguramente la mayoría—, unos pocos. Depende de la edad, de la formación educativa, del involucramiento político, de muchos factores. Pero lo que es seguro es que prácticamente todos se van a referir a Graciela Bianchi.
La explicación de esa fama momentánea es bastante evidente. De un tiempo a esta parte, en especial desde que se inició el actual gobierno, son muy pocas las discusiones públicas en las que Graciela Bianchi no se involucra. Habitualmente lo hace desde un lugar bastante radical y agresivo con sus oponentes y eso ocasiona consecuencias inmediatas. Sus polémicas acciones se terminan transformando en motivos de comentarios en programas periodísticos, redes sociales y también en la calle. Su incursión en cualquier tema, sea de la magnitud que sea, genera ruido.
La lista es muy larga. Ha tenido contrapuntos intensos con dirigentes de la oposición, periodistas, académicos, exgobernantes y hasta con integrantes del oficialismo. Algunos de primera línea, como la vicepresidenta Beatriz Argimón, según informó Búsqueda hace dos semanas. Su especialidad parece ser la confrontación y la practica en distintos escenarios. Puede ser entre maderas y mármoles centenarios, como los del Palacio Legislativo, o en el barro que representan las redes sociales. Es una luchadora todo terreno.
Desde ese lugar, arrastra a miles. Sus detractores la acusan de alterada, de resentida y hasta de psiquiátrica, pero todos ellos escuchan lo que dice o leen lo que escribe. Con su estilo locuaz y extremo concentra las miradas y prende el fuego. Muchos políticos suelen decir que los conversos son los peores, los más sangrientos enemigos de sus otrora compañeros y ahora rivales, y con Graciela Bianchi creen haber encontrado una prueba. Ella argumenta que eso se debe a que en su pasado conoció a la izquierda uruguaya desde dentro, pero lo cierto es que sus críticas más virulentas han sido a los actuales representantes del Frente Amplio.
Lo que es difícil de pensar es que todos esos movimientos bruscos de Graciela Bianchi no cuenten con el aval de quienes la llevaron al Parlamento, en especial del presidente Luis Lacalle Pou. Ella es la tercera en la línea sucesoria presidencial. Como la primera senadora titular de la lista más votada del gobierno de coalición, en caso de que algo ocurriera con Lacalle Pou y con Argimón y que ambos estuvieran impedidos de ejercer sus responsabilidades públicas, la presidenta sería Graciela Bianchi. Es difícil que esto ocurra en forma definitiva, pero sí es muy probable que pueda llegar a ser presidenta o vicepresidenta interina, al menos por un tiempo, cuando una vez atenuada la pandemia vuelvan los viajes al exterior.
Por eso, y conociendo lo meticuloso y organizado que es Lacalle Pou, parece bastante inverosímil que lo de Graciela Bianchi haya escapado a sus cálculos. El presidente ha dicho a algunos legisladores que jamás la censuraría porque él es un “liberal en serio”. Es probable que no le moleste el alboroto que causa. Es más, hasta se podría deducir que esa forma tan confrontativa que tiene Graciela Bianchi haya sido prevista.
Lacalle Pou no oculta su cercana relación con su número tres en la línea sucesoria. “Yo la verdad que la quiero mucho a Graciela”, declaró a El País en una nota publicada el 13 de junio, en la que ella aclara que no es blanca y se define como “luisista”. En ese mismo artículo Lacalle Pou justifica además a su guerrera en el Parlamento y dice que pelea porque esa es su “forma de ser”. Parece bastante obvio que Graciela Bianchi está incluida entre las piezas de ajedrez que maneja el presidente.
En los hechos, y teniendo en cuenta las experiencias recientes, todos los gobiernos precisan y han recurrido a una Graciela Bianchi. O a más de una. El actual cuenta además con el también senador blanco Sebastián da Silva, que se mueve como un soldado en la trinchera. La diferencia es que ingresó como suplente de Sergio Abreu y por esa razón no parece ser algo planificado previamente. Pero ambos cumplen la función de gladiadores en el lodo, esa que alguien siempre tiene que ocupar.
La anterior administración de Tabaré Vázquez contaba con la entonces ministra de Educación y Cultura María Julia Muñoz, que era la encargada de atacar con virulencia a cuanto opositor se le atravesara en su camino y decir aquellas cosas que otros gobernantes no se atrevían o no podían decir. Ella era la que despertaba la furia de los dirigentes blancos y colorados y que inundaba con su nombre las redes sociales y los comentarios de pasillo. Siempre estuvo con Vázquez, también en la Intendencia de Montevideo como secretaria general y en el primer gobierno del Frente Amplio como ministra de Salud Pública. Y la confrontación era uno de sus puntos fuertes.
El gobierno de José Mujica también tenía en su cúpula a un especialista en la esgrima política más extrema: el entonces ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro. Con un estilo mucho más florido y recurrentes ostentaciones de su conocimiento histórico y amor por las teorías conspirativas, Fernández Huidobro se transformó en uno de los principales soldados, primero de los tupamaros y luego de la administración de Mujica. A él tampoco le molestaba discutir en las más altas esferas o bajar al último círculo del infiero si era necesario. Era de otra época, no manejaba las redes sociales, pero cumplía una función similar a la que hoy tienen sus sucesores.
Los ejemplos abundan. Se podría seguir repasando gobierno a gobierno y detectando en cada uno de ellos a estos peleadores incansables. Siempre generaron ruido porque esa es su especialidad. De ellos todos hablan. Parecen honrar con sus acciones al pintor español Salvador Dalí cuando decía: “No importa si hablan bien o mal de mí, lo importante es que hablen”. El problema surge cuando abandonan sus papeles de reparto y asumen roles protagónicos, desplazando a los otros, a los que están a cargo de lo verdaderamente importante. No parece ser el caso, pero tampoco estamos tan lejos.