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Los 80 años de Ruben Rada han estado marcados por dos consignas: el reconocimiento a la trayectoria de uno de los músicos más destacados de Uruguay y una agenda repleta de compromisos para él y su banda, que tiene a sus hijos Lucila, Matías y Julieta en la formación actual. En los últimos años giró por Japón y en ambos lados del Río de la Plata. Y el viernes 10, los Rada llenaron el Luna Park para celebrar con el público argentino.
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Los festejos continúan en la gran pantalla con el estreno en cines uruguayos de Rada: la película. El documental, producido por el prolífico cineasta Luis Ara, mantiene el espíritu de celebración y resignificación del legado del cantautor.
Los créditos iniciales son bajo la forma de un collage, y el recurso le viene como anillo al dedo: es una película con intereses diversos que utilizará un sinfín de imágenes de archivo, con momentos profesionales y personales, a través de su vida y de sus facetas musicales. Asistimos a su carrera a través de las bandas en las que participó: The Hot Blowers, El Kinto, Totem y Opa, así como su carrera en solitario, en la que se destaca su etapa más popular a partir de su álbum Quién va a cantar (2000).
La narración sigue una estructura convencional basada en la cronología y cuenta con la participación de varios músicos amigos del homenajeado, quienes comparten sus anécdotas, apreciaciones y sentimientos. Entre ellos se encuentran Fito Páez, Los Auténticos Decadentes, Sandra Mihanovich, David Lebón, Sebastián Teysera, Emiliano Brancciari, Cacho de la Cruz y Fernando Lobo Nuñez. Sin embargo, la dependencia hacia los testimonios resulta perjudicial para la película, ya que desestima el valor de sus propias imágenes, que son abundantes, variadas y coloridas. Vemos a un Rada muy carismático pero también momentos muy personales. Alejarse de un Rada menos accesible (ese del pasado), para compartir esporádicos segundos con otros músicos en lugares poco identificables, resulta decepcionante.
Otras líneas narrativas dentro de la película contrarrestan esa tendencia y terminan generando una mayor curiosidad. Por un lado está la biográfica, que luego de adentrarse en sus raíces familiares comienza a centrarse en cómo su carrera en solitario se transformó gradualmente en una travesía compartida con su familia. La presencia constante de su esposa y sus hijos impregna la película de momentos emotivos pero deja entrever también algunos aspectos que podrían haber sido explorados con mayor profundidad, como las recurrentes preocupaciones económicas del músico o su vida en México a principios de los años 90.
Por otro lado, aquellos familiarizados con la historia personal de Rada encontrarán un valor agregado en las incursiones tras bambalinas, como el trabajo en su estudio Las Manzanas o en la preparación de sus conciertos por sus 80 años, en agosto de 2023. Las escenas permiten vislumbrar el trabajo de rescate y revalorización de su obra realizado por Matías Rada y su madre, Patricia Jodara. Sin embargo, estas mismas escenas producen un efecto paradójico: abren la puerta a una exploración más conflictiva, como podría ser la tensión que conlleva organizar un evento de tal magnitud, pero no se atreven a cruzar el umbral.
Rada: la película otorga entonces un pantallazo competente y entretenido, pero sufre el peso de la dispersión con la que intenta abarcar a tamaña figura.