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Cada entrega literaria de este escritor guatemalteco es una nueva pieza colocada en su puzzle autobiográfico. El tema de Eduardo Halfon es Eduardo Halfon, con toda la libertad del mundo para construir su personaje. Cuánto hay de verdad en esto es lo que menos importa. La verdad en la literatura se mide por la propia convicción literaria y no por una objetividad externa. En todo libro de Halfon, sea uno de cuentos como El boxeador polaco o una novela breve como Monasterio, tenemos un tronco común: que EH es un ingeniero ahora devenido en conocido escritor, que es judío y guatemalteco, que le gusta el jazz, que fuma casi sin parar, que viaja seguido dando conferencias, que indaga en su pasado y que su abuelo materno sobrevivió en Auschwitz gracias a los consejos de un viejo boxeador. Sí, EH es el mejor personaje de Halfon.
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Canción (Libros del Asteroide, 2021, 119 páginas) refiere a su abuelo, esta vez por línea paterna, cuyas raíces se remontan al Líbano (en realidad, a Siria) y que era un conocido empresario en Guatemala, un empresario judío-libanés. Vivía en un palacio, recuerda Halfon, imitación de una mansión mexicana que el abuelo se mandó construir en Antigua con el mismo arquitecto y los mismos planos de la original. A fines de los 60, el abuelo fue secuestrado por la guerrilla guatemalteca para obtener un rescate. Uno de los secuestradores era conocido con el sobrenombre Canción, quizá por su forma de hablar, o de cantar, o de delatar. Entonces, esta breve novela va del abuelo al secuestrador, de una prima que llega desde Buenos Aires y es algo así como el primer encuentro del escritor con la sexualidad, a los familiares en el palacio del abuelo, donde sobresale el atildado tío Salomón, que comandaba las discusiones rabínicas del Talmud y era capaz de leer el futuro en el fondo de una taza de café. Los recuerdos, o la excusa de los recuerdos, o el mecanismo que los genera y que a su vez dispara la letra impresa, van desde el ayer en los 60, cuando Halfon era un niño, hasta la actualidad con Halfon en Japón junto con la atractiva intérprete Aiko y el deseo de conocer Hiroshima, donde el abuelo de Aiko sobrevivió al ataque atómico al costo de quedar de por vida con el kimono marcado en su cuerpo: “La bomba se lo había metido en la piel”.
Abrimos con un abuelo y cerramos con otro abuelo. Y entremedio, el mundo personalísimo de EH, uno de los más destacados e interesantes escritores hispanohablantes de la actualidad.