Por entonces Bradbury llevaba un par de años atendiendo su propio kiosco de diarios y revistas, que compró al terminar el Secundario y donde uno de sus clientes habituales era Buster Keaton. En lugar de ir a la universidad se dedicó a escribir como un maniático. Además, Ackerman lo invitó a participar de una peña de autores de ciencia ficción donde conoció a varios colegas que luego serían celebridades: Robert A. Heinlein, Fredric Brown, Henry Kuttner, Leigh Brackett o Jack Williamson.
Por tener pésima visión Bradbury zafó de ser enviado a la Segunda Guerra. En 1941 vendió su primer cuento en colaboración y al año siguiente su primer cuento en solitario, The Lake. Para los 24 ya era un escritor de tiempo completo, y en 1947 se editó su primera recopilación, Dark Carnival, una colección de lo que hoy se llamaría “fantasía oscura”, publicada por la editorial Arkham House de August Derleth, fundada poco antes para difundir la obra de H.P. Lovecraft.
También en 1947 Bradbury dio un paso importante en dirección al reconocimiento literario general: luego de que una revista del género le rechazara el cuento Homecoming decidió mandarlo a la revista Mademoiselle, donde Truman Capote lo seleccionó para ser publicado.
Llegado a este punto, Bradbury tomó una decisión radical: para conseguir una voz propia dejó de leer ciencia ficción, aunque no de escribirla. Decidió que su estilo sería influido solo por sus lecturas previas y sus amores literarios, entre ellos, la poesía. Siempre fue un apasionado de la poesía. En los años siguientes produjo una catarata de relatos que darían lugar a varias recopilaciones posteriores y a la extensión de uno de ellos en lo que sería su novela más célebre, Fahrenheit 451, publicada en 1953. Y entre todos los que escribió en esos años hubo muchos ambientados en Marte. En un Marte que era solamente suyo, único e inconfundible. El Marte de Bradbury.
Un Marte personal
En 1949 un editor neoyorquino del sello Doubleday & Company que se llamaba, el mundo es un pañuelo, Walter Bradbury, le recomendó al autor que estaba de visita en la ciudad que uniera varios de sus cuentos marcianos y armara una pseudonovela. Bradbury seleccionó 13 historias de entre muchas más, las acomodó en orden cronológico (de hecho tituló al índice Cronología), las toqueteó un poco por aquí, otro poco por allá, acomodó datos, limó inconsistencias, agregó detalles y las convirtió en The Martian Chronicles. En la editorial gustó y la publicaron en 1950.
Los cuentos/capítulos abarcan un período de tiempo, entre 1999 y el 2003, durante el cual el hombre llega a Marte, lo coloniza, lo abandona y finalmente vuelve a colonizarlo. A partir de 1997, viendo que se le venía encima la fecha, Bradbury cambió los años de la cronología a 2030-2057.
En los primeros capítulos del libro los exploradores terrestres llegan a Marte en sus cohetes y encuentran marcianos, y ahí prácticamente termina todo lo que pueda asociarse con ciencia ficción en su vertiente más tradicional. Lo que sigue es una versión personal y poética de una historia trágica por momentos, melancólica por otros. Los primeros encuentros terminan muy mal por incomprensión mutua, las siguientes exploraciones terrestres descubren que los marcianos se extinguieron luego del contacto (algo así como La guerra de los mundos de H.G. Wells pero al revés) y para las sucesivas oleadas de colonizadores los habitantes originales del planeta son apenas leyendas, rumores o especulaciones. Luego viene la etapa de la construcción de ciudades y asentamientos, donde la ciencia ficción es apenas una sombra: los colonizadores construyen casas de madera, tiendas y talleres como si recrearan pueblos del Medio Oeste estadounidense. Y si a eso se le suma que los marcianos, cuando aparecen, están retratados como seres casi etéreos, de características y poderes poco aprehensibles, más entidades sobrenaturales que raza extraterrestre, las peculiaridades del Marte bradburyano quedan a la vista.
No es una epopeya de ciencia ficción ni una aventura futurista. Es un cuento de hadas mezclado con la imaginería sensiblera de las pinturas de Norman Rockwell. Como si la idealización de la conquista del Oeste se mezclara con el País de las Hadas de Shakespeare en Sueño de una noche de verano. La historia, como se dijo, es profundamente melancólica. Los marcianos se extinguen, los terrícolas no logran aclimatarse, ante la amenaza de una guerra nuclear en la Tierra regresan en masa empujados por la nostalgia, y luego de que la guerra en efecto ocurre y el planeta es devastado, una única nave regresa a Marte con la última familia sobreviviente. El padre promete a sus hijos presentarles a los marcianos, los lleva a un canal (el Marte de Bradbury tiene canales) y les muestra su reflejo en el agua: los marcianos son ellos.
Borges en Marte
La primera edición en castellano de The Martian Chronicles se realizó en Argentina en 1955 y es obra del editor Francisco Paco Porrúa. Porrúa se enteró de la existencia del libro por un artículo de Boris Vian en la revista francesa Les Temps Modernes, lo leyó y decidió publicarlo. Es más, decidió dedicar toda una colección a ese nuevo género que estaba en pleno auge en Estados Unidos y fundó la editorial Minotauro. Le encargó la traducción a un conocido, pero como el resultado no le conformó decidió encargarse él mismo, bajo el seudónimo Francisco Abelenda, uno de los siete que utilizaría durante sus años frente al sello. Y para prologar el libro consiguió a quien ya era un nombre con prestigio literario: Jorge Luis Borges. “En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad (…)”, escribió el prologuista.
El libro fue un éxito, se reimprimió infinidad de veces y fue el punto de partida de la editorial de Porrúa, donde no solo publicó todas las recopilaciones de relatos de Bradbury sino un sinfín de títulos que conforman una especie de standards de jazz de la ciencia ficción, sobre todo estadounidenses pero también de nombres fuera del género como Kurt Vonnegut, William Golding, Italo Calvino o Julio Cortázar. En los años 50 y 60 fue también asesor primero y director literario después de la editorial Sudamericana, donde publicó varias de las obras mayores de Cortázar además de Cien años de soledad de García Márquez y libros de Manuel Puig, Juan José Saer y Alejandra Pizarnik. En 1977 Porrúa se mudó a Barcelona, se llevó la editorial consigo y metió el golazo de su vida: compró los derechos de El señor de los anillos y lo publicó en castellano por primera vez. También reeditó casi todo su catálogo original en espectaculares nuevas ediciones de tapa dura, compensando la horrorosa calidad de sus ediciones argentinas de las décadas anteriores. En 2001 vendió el sello al Grupo Planeta por una suma desconocida pero sin duda enjundiosa. Planeta nunca supo darle una línea clara a Minotauro (o más bien nunca le interesó mucho, luego de cumplir su objetivo de aferrarse a las obras de Tolkien), aunque sigue reeditando gran parte de su catálogo clásico, incluyendo, claro, Crónicas marcianas, que nunca estuvo fuera de stock.
Porrúa falleció en 2014 a los 92 años, uno más que Bradbury.

Ray Bradbury
No hay cabras en Marte
La vida de Marcial Souto (La Coruña, 1947) es digna de una novela. Nacido en Galicia, cabrero en su infancia, descubrió la existencia de la literatura gracias a un libro viejo que encontró atrás de un ropero, al que le faltaban las últimas páginas. A los 14 años emigró a Montevideo, donde vivió hasta mediados de los 70. Alrededor de 1966 alguien le recomendó la lectura de Bradbury, y tanto se entusiasmó que en 1968 se presentó a una beca para aprender inglés. El premio era un viaje a Los Ángeles, que realizó en 1968 y durante el cual conoció a su autor favorito. La amistad se fortaleció luego en las visitas que Bradbury hacía a la casa del anfitrión de Souto, que no era otro que el omnipresente y ya mencionado Forrest J. Ackerman.
De regreso en Montevideo recibió una oferta para editar una colección de “literatura diferente” (etiqueta que le sigue pareciendo difusa al día de hoy). Gracias a eso se inició en el oficio y conoció y se hizo amigo de Mario Levrero, de quien editó sus primeros libros. Ya en Buenos Aires probó suerte con varias revistas, colecciones y editoriales. Trabajó como traductor para Porrúa y finalmente fue editor de la revista El Péndulo, una de las mejores en la historia del género. Además de Bradbury, con el correr de los años tuvo encuentros y trabó amistad con incontables autores de ciencia ficción, de varios de los cuales se convirtió en traductor de referencia. Conoció a casi todo el mundo, desde Asimov o Philip Dick a China Miéville o Christopher Priest, y fue amigo personal de Brian Aldiss y J.G. Ballard. Traductor exquisito hasta lo maníaco, la lista de libros que vertió magistralmente al español es inabarcable.
Su admiración por la literatura de Bradbury la convirtió en una de las pasiones de su vida: “Las cosas más sensibles y más perfectas son las que más se dañan cuando alguien las trata mal. Son más frágiles y se rompen con más facilidad. Quizá un Isaac Asimov mal traducido se nota menos que un Bradbury mal traducido”. Ahora, afincado en Barcelona desde hace un quinquenio y trabajando como editor y traductor para el hermoso sello Libros del Zorro Rojo, emprende una nueva aventura y un homenaje: seleccionar, traducir y publicar una selección de los cuentos marcianos que quedaron fuera de Crónicas marcianas, originalmente unos 25 o 30, de los que Souto elige una decena. También escribe el prólogo.
Otras crónicas marcianas es una oportunidad única para volver a viajar al Marte de Bradbury. Si bien en detalle los cuentos no son consistentes con múltiples puntos de la falsa novela, su espíritu y su aroma son inconfundibles. Están los marcianos etéreos, inaprensibles, casi seres fantásticos. Están los colonos melancólicos, aferrados a la Tierra, confundidos, desorientados. Está la sombra de la catástrofe nuclear inminente. Están las casitas de madera con porche y los canales junto a ciudades de cristal vacías que se derrumban casi que solo de mirarlas. Muchos puntos en los cuentos no tendrían coherencia dentro de la cronología y lo narrado en la novela, pero sirven de ejemplo del trabajo que realizó Bradbury con los cuentos originales, para alinearlos y darles continuidad. En comunicación privada el escritor y filósofo Pablo Capanna, compinche de Souto desde las épocas de El Péndulo, le confesó que estos relatos “lo conmovieron tanto como la lectura de Crónicas marcianas cuando tenía 14 años”.
Desde 2012 hay, en el Marte real, un punto llamado Bradbury Landing, en el cráter Gale, donde aterrizó el robot Curiosity de la NASA unos días antes del que hubiera sido el cumpleaños 92 del autor. Pero el desierto ventoso e inhóspito paisaje que lo rodea es lo menos parecido que se pueda imaginar al planeta de Bradbury. Para visitar ese, sería inútil cruzar el espacio hasta los arenales marcianos. Solo se lo puede visitar en sus Crónicas marcianas originales y ahora, gracias a Souto, en estas Otras.