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    Todos somos María

    Forma y Color: María Freire en el Museo Blanes

    Andaba todavía muy lúcida entre sus cuadros. Recorría el living de su apartamento entre obras amontonadas, muebles y papeles. Rezongaba, era una figura enigmática, ya viejita, de cuerpo pesado y un poco desajustado. Todavía el empuje y la sensibilidad de una gran artista, la aureola de una maestra, de esas que irradian convicción, fiereza en sus pensamientos. De carácter fuerte y mirada torva y profunda, el periodista la recuerda con buen ánimo y una actitud generosa para compartir opiniones, conocimiento, recuerdos. No siempre era así. A veces resultaba hosca, se enojaba, peleaba, lanzaba juicios rotundos. En cierto momento, su mirada y postura recuerdan a un tigre deambulando cansado por su ambiente, atento a su presa, relojeando al extraño, olfateando desconfiado. Estudia sus movimientos, sus intenciones. Dato curioso que quedó entre las imágenes de una mujer esencial y que vuelve ante una de sus obras más sencillas y removedoras. El cuadro se llama El oro de los tigres y está inspirado en un poema de Jorge Luis Borges. Parece escrito para ella: “Con los años fueron dejándome/los otros hermosos colores/la vaga luz, la inextricable sombra/y el oro del principio…”. En tonos oscuros, salvo el amarillo oro del poema, la pequeña obra está resguardada en un rincón a la derecha de la majestuosa y sorprendente exposición. Es tremendamente sugestiva. Habla de un color final, presente entre negros y marrones, como ojos de un tigre apacible. Está allí el impacto de la primera y última luz, radiante, aprisionada por cuatro zonas de pinceladas gruesas, negras, que se imponen sobre la fuerza de ese tono oro puro como un tesoro, pintado en bandas horizontales que atraviesan el fondo, que escapan a la impronta del signo cerrado, fulminante. Es un poema, más allá de Borges.

    El recuerdo de María Freire (1917-2015) llega el lunes de tardecita en medio de un orden perfecto, la sala blanca y de grandes dimensiones, su obra colgada en una geometría deslumbrante. María Freire, Forma y Color es una exposición inusual que acaba de inaugurarse (el martes 15) en el Museo Blanes. Inusual por la calidad de la obra, inusual por el montaje que encuadra y acompaña las bellísimas estructuras de la compleja artista. Un montaje sutil, delicado, que logra organizar los planos materiales, el espacio vacío, los tonos, tamaños, colores de las obras para crear una visión estructurada y homogénea. Es un impacto a la vista y a la sensibilidad. Es un cuadro en sí misma, una instalación en función de decenas de figuras más o menos apretadas en marcos enormes o extremadamente pequeños. Se creó un mundo allí, pero un mundo Freire, a partir de su potente visión del arte, su mano y sensibilidad arrolladoras, de una estructura gigante a partir de la sugerencia de cada trabajo y de sus famosas series y de la totalidad. Es un mundo en el que la artista podría deambular como un tigre, pero un tigre en libertad, sin miradas escrutadoras, una tigra que puede recostarse en paz a ese mullido y enigmático follaje.

    Entre una y otra imagen, una de las grandes figuras del arte geométrico nacional. Murió el año pasado, a los 97 años. Sus últimos años olvidada o casi, muy viejita, recluida, alejada de la realidad y el mundo que nunca quiso imitar o representar en su arte. Es probable que en los últimos años, su mente solo guardara geometrías, livianas curvas que parecen emerger con vida de otras dimensiones, de la profundidad, de la historia y la cultura o, más bien, de otras realidades. Seguro guardó en algún rincón un poco del oro de los tigres.

    Aunque uno intente traducir o interpretar su obra, no vale la pena. Alguna sugiere símbolos o parece apuntar a referencias ancestrales. Está el ejemplo de su famosa serie Sudamérica de fines de los años cincuenta que inspiró la interpretación de signos precolombinos o indígenas. En realidad, se inspiró en diseños de llaves medievales. No importa, también parecen signos precolombinos. La lectura de Freire es tramposa. Cuando uno encuentra algo en su pintura inmediatamente se evade, aparece otra cosa, otro mundo, otras figuras inescrutables, propio de la fuerza del diseño, de la composición, de los sugerentes contornos, de la estructura, de las delicadas y sinuosas líneas. En algunos casos, el plano invade y el color se apropia de la tela. Pero aun así, las líneas rectas o el trazo blando, la aparente repetición casi idéntica de obra a obra, muestra una búsqueda exacta, tan precisa que se vuelve un delicado y continuo movimiento de diferencias, de mínimas diferencias y espacios y vacíos. Eso es lo que atrapa de cada uno de los cuadros que cuelgan con valor individual pero rescatados en sus series más importantes (Córdoba, Capricornio, Vibrante, Sudamérica, América del Sur, entre otras) colgados en grupos que respetan la autonomía de cada trabajo pero construyen un nuevo paisaje. El paseo por cada cuadro es, en este caso, un recorrido vital, que atraviesa la creación en partes y al mismo tiempo, en un todo que permite visualizar el legado trascendente de Freire. Es tan intensa la relación inmediata frente al cuadro como la global, la de los núcleos, la del encuadre más abarcador. El recorrido permite deambular por las zonas más conocidas y evidentes, pero sobre todo, por los intersticios creados por cada serie de obras, una especie de pequeños e inexplorados silencios, como si el tigre detuviera su paso y allí se expusiera imponente, se apoyara en todo se esplendor. Es como ver cada raya de una textura increíble y el cuerpo y la postura y la fineza monumental de la fiera.

    Su pintura aparece en un margen de independencia estremecedora. Construyó un mundo de líneas, bordes y planos, de colores e imágenes novedosas, de signos y trazos cargados de belleza. Se detiene en los tonos, los pinta con maestría, desliza la materia finamente sobre un diseño exacto, preciso. Su búsqueda fue paciente. Su andar extenso y de insistente peripecia pictórica, rigurosa, extremadamente rigurosa sobre cada una de esas figuras reconocibles. Se encuadra a Freire en arte abstracto, geométrico, concreto. Se la desprende de la realidad, se la intenta explicar desde construcciones teóricas que dividen aguas entre figuras y abstracciones, entre líneas rectas y curvas y pincelazos cargados de pintura o telas chorreando o perspectivas o imágenes supuestamente reconocibles. Tal vez sea hora de otras categorías, de otras nominaciones donde las obras deambulen más libremente entre los opuestos, entre las casillas y capillas. Nada más “figurativo” que la abstracción de Freire, nada más abstracto que sus figuras. No es un juego de palabras. Nada más real que ese mundo de líneas puras, de colores propuestos como la búsqueda de un nuevo orden o, al menos, de un orden diferente.

    Basta mirar la calle y extrapolar contornos y planos, sintetizar y estilizar el espacio para descubrir que esas imágenes están entre nosotros. Como lo hizo Freire con las llaves medievales. Basta mirar el diálogo entre su obra y el espacio expositivo, entre los planos y la estructura de la sala y el blanco y los tonos luminosos y la fuerza física formidable de las esculturas que intervienen el recorrido. Entre figuración y abstracto hay una suave continuidad, palpable, intuida, como la frontera entre la luz y la sombra, densa, infinita, indefinible.

    En la sala del Blanes hay un espacio compositivo donde todo parece funcionar; allí hay un mundo, allí la creación adquiere sentido y uno aprende a visualizar la belleza. Y aunque esas figuras repetidas y aparentemente intraducibles de la artista no tuvieran un solo correlato en el mundo que las rodea, basta mirarlas para sentir que forman parte de una geografía descubierta, organizada y construida para que entre sus rayas aparezca la belleza del tigre, esa belleza intocada que surge entre las sombras de la historia, milenaria, tal vez ancestral. Una mención aparte merecen los textos. Por fin un montaje dedica espacio a proponer sin temor una lectura interesante que convoque y ofrezca pistas de aterrizaje, sin contar nunca el final de la película ni agobiar con datos inútiles.

    María Freire, Forma y Color, en el Museo Juan Manuel Blanes (Millán 4015). Martes a viernes, de 13 a 19 h; sábados y domingos, de 12 a 18. Entrada libre.

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