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    Toneladas de sabiduría

    Las librerías más viejas de Montevideo acompasan los nuevos tiempos sin perder su identidad

    Las más antiguas supieron ser centro de tertulias y de referencia para los buenos lectores. Algunas fueron desapareciendo lentamente, hasta que de ellas quedó solo una cantidad de buenos recuerdos. Sin embargo, son varias las librerías que con más de 50 años de vida siguen integrando el paisaje urbano de Montevideo. Han resistido mudanzas, crisis económicas, censuras en tiempos de dictadura y transformaciones en los hábitos de lectura. Hoy viven con cautela la llegada del libro digital, aunque aún la palabra “e-book” les suena lejana.

    Sobre los cambios del libro y del público lector en estas cuatro décadas, Búsqueda conversó con cuatro libreros de larga trayectoria.

    Con olor a libro.

    A Roberto Cataldo se lo suele encontrar detrás de una pila de libros. Es que en El Galeón, en la calle Juan Carlos Gómez, ya no hay más lugar para estanterías, y los libros avanzan sobre grandes mesas y sobre todo lo que les sirva de apoyo. A falta de un espacio en las paredes, algunos cuadros y afiches también descansan en el piso, recostados entre los anaqueles. Allí lo primero que invade es precisamente el olor a libro, ese de páginas amarillas y lomos curtidos. Y no es para menos, pues El Galeón posee más de 60.000 volúmenes y el 99% de ellos son obras antiguas o ejemplares que se han agotado.

    “Tengo un libro que en 2002 cumplió 500 años”, dice Cataldo con orgullo. El autor de ese ejemplar publicado en 1502 era Aldo Manucio, un imprentero y humanista veneciano. “Tengo desde esa ortografía grecorromana de Manucio hasta libros de liquidación de Agatha Christie. En un medio tan chico como el montevideano es difícil sobrevivir solo con el libro antiguo”, comenta.

    Cataldo comenzó como librero en 1960 en Linardi y Risso, donde permaneció hasta 1972, cuando concursó para un interinato docente en la Escuela de Bellas Artes y pasó a vender libros por catálogo. El Galeón abrió como librería de venta al público en 1980, en Maldonado y Santiago de Chile, y en 1995 se mudó a la Ciudad Vieja. “Me llevó meses la mudanza. En mayo del 96, un amigo que me ayudó con las estanterías me dijo: ‘Abrí, porque si no, te vas a morir de hambre’”.

    El año que viene cumple 40 años en este oficio, a lo que ha sumado su labor como editor. Desde hace una década, El Galeón también está en Punta del Este, donde su público es principalmente argentino. “A veces busco el material que me piden por olfato, porque acá las cosas se me pierden”, comenta Cataldo, quien trabaja con su esposa y uno de sus hijos. “Ellos me han hecho la vida imposible para que no compre más libros”.

    A pocas cuadras de El Galeón se encuentra una de las librerías más antiguas de la ciudad. Primero se llamó Librería de Salamanca, cuando en 1944 la adquirió Adolfo Linardi. Al poco tiempo, se asoció con su amigo Ignacio Risso, y la librería pasó a llamarse Linardi y Risso. En ese momento estaba en Bartolomé Mitre y Policía Vieja y tenía en su subsuelo el taller de Joaquín Torres García.

    Álvaro Risso y Andrés Linardi, hijos de aquellos fundadores, están hoy a cargo de la librería, que en 1980 se instaló en Juan Carlos Gómez 1437. Distribuida en dos plantas, el local tiene un hermoso patio interior y una tranquilidad que hace olvidar el ruido de la Ciudad Vieja. Su especialidad es el libro antiguo y moderno, con énfasis en el latinoamericano y el uruguayo.

    “El público que pasa caminando por la puerta y entra es mínimo. Si alguien quiere conseguir una primera edición de “El pozo” de Onetti, probablemente lo pedirá aquí. Si quiere encontrar una novedad o autor de moda, posiblemente vaya a otro lado”, comenta Risso. Su principal público está en el exterior, en bibliotecas e instituciones que coleccionan el libro latinoamericano. Hoy la librería cuenta con unos 40.000 volúmenes, y entre ellos están los editados por la casa.

    Tanto El Galeón como Linardi y Risso se han nutrido de bibliotecas familiares y de coleccionistas que han ido desapareciendo. “Lamentablemente, cada vez son menos y no hay una renovación. Creo que es un problema cultural y un cambio de la escala de valores. Antes era un prestigio tener una biblioteca. Ahora parece que el prestigio pasa por tener un Mercedes Benz o una casa en Punta del Este. Allí está el cambio, ahora deslumbran otras cosas”, explica Cataldo.

    Al contrario de la escasez de libros antiguos, los nuevos títulos llegan por centenas a las librerías y tienen una vida efímera. “Es un problema para mostrarlos, reseñarlos y saber que existen. Ya no se hacen tantos libros de calidad, aunque se publica mucho para, con tantos disparos, dar con uno en el blanco que sea el que salve comercialmente”, comenta Risso.

    Tesoros entre las páginas.

    Los libros antiguos tienen un atractivo adicional: las huellas y recuerdos que fueron dejando sus lectores. Cataldo ha encontrado desde billetes antiguos hasta envoltorios de bombones o boletos de la época del tranvía a caballo.

    Cuando Álvaro Risso y su padre fueron a tasar la biblioteca del poeta Enrique Lentini, encontraron otro de esos tesoros: una carta de Joaquín Torres García fechada en 1945, en la que invitaba al poeta a su exposición en la Librería de Salamanca. Hoy la carta luce enmarcada en la librería.

    En 1960, Pablo Neruda pasó por Linardi y Risso e inauguró con tinta verde y con su dedicatoria el libro de visitantes. A partir de entonces, ese libro se ha ido llenando de firmas y saludos, y se convirtió en un muestrario de la intelectualidad de cada década. Una de las últimas dedicatorias fue la de Mario Vargas Llosa, quien visitó la librería en 2011, cuando ya era Premio Nobel. En ese momento, escribió: “Pasan los años, se renuevan las gentes, pero esta librería sigue siendo la misma. Un enclave feliz de buenos libros donde está viva la tradición y donde la historia se conserva siempre actual. Espero que la vida me depare la felicidad de volver otras veces a este hermoso y civilizado lugar”.

    De los anaqueles de El Galeón también han surgido regalos que algunos presidentes estaban buscando para otros mandatarios. Cuando vino Fidel Castro, durante el primer gobierno de Julio María Sanguinetti, Cataldo encontró una foto de los años 20 que mostraba unos barcos de Estados Unidos entrando a La Habana, y un cartel que decía: “Compre carne líquida de Montevideo”. “Fidel comentó ese regalo y dijo que gracias a la carne líquida de Uruguay habían podido sobrellevar el bloqueo norteamericano”, recuerda el librero.

    El Palacio del Libro.

    Cuando Boris Faingola tenía 15 años, ingresó a trabajar en la desaparecida librería Monteverde. Le dieron un plumero y le dijeron que limpiara los libros, pero él comenzó a leerlos. Y no se detuvo. El miércoles 21 cumple 40 años en el mundo editorial, y si bien actualmente se dedica a la importación y distribución, el oficio lo aprendió en Monteverde.

    “En 1973 se había ido gente de la librería y vino el golpe de Estado. Entonces fui ascendiendo en la empresa, como dice Les Luthiers, ‘por la escasez de rinocerontes’”. En Monteverde se juntaban figuras públicas e intelectuales, y Faingola recuerda que era frecuente la presencia de Jorge Batlle, de Sanguine­tti, Wilson Ferreira Aldunate, Zelmar Michelini o Real de Azúa. “Era un país más lírico. Hoy se perdió el concepto de saber sobre qué se habla y sobre el material que se tiene. Y no solo en nuestro país. En Barcelona entré en librerías y lo que impera es el best seller apilado, la literatura de fondo está ordenada en estantes, pero con grandes carencias”.

    En 1979 dejó la librería y comenzó una pasantía en Papacito. “Allí aprendí mucho sobre el manejo de un público que era más numeroso y no tan selecto como en Monteverde, y también sobre venta de best sellers. Había toda una industria de la literatura erótica y la gente sabía de memoria las historias de Xaviera Hollander. Para mí era un mundo nuevo”. En 1982 regresó a Monteverde y puso en práctica lo que había aprendido de ventas en Papacito.

    Para Faingola, con la censura comenzaron los primeros cambios de gusto literario de la gente. “No estaban los formadores de opinión, los críticos, los referentes del mundo del libro. La dictadura aplastó la cultura del país y la transición se hizo de la mejor manera posible, pero no se están potenciando las posibilidades que tiene el libro”.

    Además, durante la dictadura los libreros tuvieron que guardar mucho material en depósitos por las habituales requisas en sus locales. “En general, se llevaban cualquier libro de título sospechoso. Una vez se llevaron uno titulado ‘Comunismo en la Iglesia’, publicado por Tradición, familia y propiedad, y en realidad era el libro que ellos querían dejar”, recuerda Risso.

    Lo que fue y lo que vendrá.

    Hace 51 años, Ademar Costa, más conocido como “Pocho”, fundó una librería y le puso su apodo. Desde entonces, es una referencia en el rubro del libro usado. Costa falleció hace cinco años, y ahora sus dos hijos continúan con su legado y con aquella característica de negocio familiar.

    “Cuando comenzó mi padre, el consumo era muy diferente. Eran otros los hábitos de lectura y se leía en todos los estratos. Había un flujo constante de gente que compraba novelitas de cowboys y cómics”, explica Diego Costa, quien está al frente de la librería en 18 de Julio y Beisso. Pocho tiene otras dos casas, en 8 de Octubre y Luis Alberto de Herrera, y en 8 de Octubre y Comercio. Se dedican al canje, a la compra y venta de libros usados y nuevos, y también a la edición de libros de texto. Entre las tres casas tienen 30 empleados, que se duplican en la época de zafra, cuando comienzan las clases.

    Costa tiene 31 años e hizo la carrera en Dirección de Empresas, pero se formó como librero en el oficio. “El libro usado tiene un trabajo diferente al nuevo, genera un mayor bagaje cultural que se da en la práctica. Hay que tener un permanente flujo de libros, leer, estar enterado. Creo que nuestra librería es la que cuenta con mayor variedad de títulos. El hecho de ser una empresa familiar atrae, genera una cercanía, incluso con el nombre, que nunca quisimos cambiar”.

    Sobre el oficio de librero, él piensa que tiene un toque romántico, pero también algo muy pragmático. “Hay que limpiar el libro, pegarlo, cargarlo. En la Feria del Libro tuvimos tres stands y llevamos tres camionetas llenas de libros. Estuvimos cargando toda una tarde cajas de 30 o 40 kilos. Hay que estar dispuesto a eso”.

    Es difícil imaginarse cómo serán las librerías dentro de cuarenta años. La llegada del libro digital está presente en la mente de todos los libreros, pero aún sienten el fenómeno como algo lejano. Para Costa, esto llevará a una reconversión del negocio. “Va a ser un proceso arduo y costoso de dinero y de mentalidad, porque habrá que trabajar con otros agentes que no son los de la edición sino los de la tecnología, y además se trabajará con un intangible. Ahora el capital de la empresa son los metros cuadrados de libros. No sé cómo será en el futuro”.

    Tal vez en ese futuro las librerías tendrán otra escenografía, con más espacio, menos polvo en sus estanterías y menos papel para envolver un regalo. Aunque habrá que retener el olor a libro: eso será insustituible.

    Vida Cultural
    2012-11-08T00:00:00

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