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Un caballo blanco galopa sobre la ruta y en el encuadre se reúnen el pavimento, el pedregullo que separa el asfalto de la tierra y una sombra. El sol pega fuerte y el contorno negro revela que la bestia no se encuentra sola. Se mueve, en sintonía, con su jinete. Cuando el cuadro revela aún más su alcance, permite el ingreso de un cielo celeste con nubes pintadas y un horizonte verde que anuncia algún rincón del campo uruguayo. Lo que sigue es una interrupción desde lo urbano. Una camioneta acelera desde el fondo y alcanza, en segundos, al paisano. En el coche viaja un jefe y en el caballo su trabajador. El intercambio de palabras es breve. Hay un saludo, una pregunta y un aviso. Nada importante, en principio. El auto acelera, desaparece tan rápido como vino, y el jinete y su caballo regresan a lo suyo, al galope.
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La escena ocurre dentro del primer acto de El empleado y el patrón, la nueva película del cineasta uruguayo Manuel Nieto Zas. Quedó, a su vez, plasmada en el afiche promocional del drama. Es un evento mundano dentro de la vida de los personajes. Si bien las repercusiones de ello no son aparentes aún, el momento no solo revela una de las tantas muestras del talento narrativo y cinematográfico en la película, sino que como analogía visual para entender el relato se vuelve imprescindible. Esta es una historia que propone el cruce entre dos viajeros de naturalezas contrapuestas. Unidos por una misma dirección, los dos jóvenes adultos a los que alude el título deben recorrer un camino en común hacia un destino desconocido (todo lo que no se ve alrededor de esa ruta, capturada por el encuadre, podría ser el futuro). Y el destino traerá consecuencias.
En su tercera película, Nieto Zas continúa en una búsqueda autoimpuesta en la que su cine ha virado tiempo después de su arribo como parte de la generación de cineastas en la órbita de la productora Control Z Films, responsable de inaugurar una nueva etapa para el cine uruguayo en el comienzo del nuevo milenio. Nieto, director de La perrera (2006) y El lugar del hijo (2013), prosigue con su exploración de los ambientes rurales del Uruguay y los conflictos sociales y afectivos que allí se encuentran. Con El empleado y el patrón, esa indagación alcanza resultados más que alentadores: aquí hay película absorbente, una narración punzante, protagónicos reveladores y un desenlace para el recuerdo.
Como parte de aquella generación del cine uruguayo, las películas de Nieto Zas no son ajenas a las tribulaciones vividas dentro de los festivales internacionales de cine. Más allá de los laureles sobreimpresos que puedan adornar los fotogramas de una obra, la circulación por estos circuitos también es capaz de construir una narrativa de triunfo alrededor del camino de exhibición de una película hasta su estreno local.
El empleado y el patrón, una coproducción entre Uruguay, Argentina, Brasil y Francia, tuvo un recorrido celebrado. Fue premiada para su finalización en el Festival de Cine de San Sebastián y logró obtener su estreno internacional dentro de la sección Quinzaine des Réalisateurs del Festival de Cannes, lo que no es poca cosa dada la competitividad alrededor del festival francés. Su parada final, que también significa su llegada a Uruguay, la tuvo en el Festival de Cinemateca, donde fue elegida como la película encargada de cerrar el evento. La elección, y la confianza de la institución que suele dedicar ese espacio a títulos internacionales, adelantaba que Nieto Zas y su equipo volvían triunfantes a casa.
Es durante ese trayecto, también, que una película se somete a una condición tan necesaria como, a veces, contraproducente: la revelación de su sinopsis. El adelanto de la trama de El empleado y el patrón, que tiene un título frontal (e intencional en el orden de los sujetos), presenta rápido a los protagonistas. Por un lado está el joven patrón, Rodrigo, personificado por el actor argentino Nahuel Pérez Biscayart. Por otro, el joven empleado, Carlos, interpretado por el uruguayo Cristian Borges en su debut frente a cámara. Ambos personajes se encuentran como padres recientes y ante una cosecha que necesita de alguien que la trabaje de manera urgente. Con las necesidades de ambos personajes encontradas, entonces, una tragedia sucede.
Puede que algunos vean venir el giro argumental o incluso hasta se lo topen alrededor de la difusión de la película. Si es así, desesperarse no merece la pena. El guion de Nieto Zas guarda varias sorpresas y es minucioso a la hora de revelar sus intenciones por adelantado. En la primera escena de la película, en la que una figura de índole matriarcal juega con un bebé, el relato comienza con su construcción de una atmósfera que inquieta. No hay nada que revele un peligro inminente en la interacción entre una señora mayor y un bebé y, sin embargo, hay pequeños detalles (no ver sus rostros hasta un tiempo después de comenzada la escena, por ejemplo) que le abren la puerta a la tensión.
Salvaguardar el presente y asegurar el futuro de la familia, tanto para Rodrigo como para Cristian, se vuelve una misión compartida en su relación, una que comienza a partir de un acuerdo transaccional para transformarse poco a poco. El primer plano que los muestra por primera vez juntos los retrata montando un solo caballo entre los dos y vistos desde el reflejo invertido de un río, lo que da pie al primero de los juegos de contrastes de la película. No pueden ser vistos como el reflejo de un espejo, que sería demasiado prístino, pero sí de un poco de agua, algo sucia y poco clara.
Son personajes que lo han heredado todo, para bien y para mal. Su encuentro ocurre debido al vínculo entre sus respectivos padres, con Rodrigo acudiendo al padre de Carlos para conseguir el personal que le hace falta. Es un reclutamiento en donde el honor del pasado parece valer más que una propuesta comercial en el presente. Es allí donde ambos protagonistas se reconocen, sin saberlo, como una versión sinuosa una del otro. Comparten una cercanía que les fue designada por sus antepasados y se ven obligados a adaptarla a un mundo nuevo, en el que campo y tecnología son aliados, y la mano de obra se ve como el eslabón de una cadena pequeña que comienza en la tierra y termina, entre grúas y contenedores, en el puerto de una ciudad.
Desde esa confluencia, El empleado y el patrón da lugar a la construcción y destrucción de los entornos. Está la familia de Rodrigo, integrada por vínculos de una frialdad latente, y la de Carlos, cuyos integrantes se mueven como una unidad casi que anónima, siempre presentada con la distancia que el patrón no pretende quebrar en su relación con el empleado. Los personajes son retratados en entornos naturales bajo dos inclinaciones estéticas notorias. Son personajes que habitan grandes espacios pero es en los diálogos más íntimos, y hasta escondidos en la gran extensión del campo, en donde aflora lo inevitable: los celos, las amenazas y el caos.
Hay además una tendencia en los movimientos de cámara, operada principalmente por Gerardo González y con la fotografía de Arauco Hernández. Si un caballo corre, una camioneta acelera o una persona camina, la cámara lo hace a la par. Una carrera de caballos, clímax de la película, impresiona como la idea de avanzar hacia adelante, sin importar el precio, se cuela poco a poco en la historia y permite que cualquier suceso de naturaleza abrupta tenga repercusiones demoledoras.
El empleado y el patrón es lo que uno espera del cine. Es una película repleta de sutilezas y claroscuros a los que la pantalla grande les juega muy a favor. Retrata una violencia que se palpita en lugar de materializarse y una lucha de clases que se hace sentir en la incomodidad de lo que para algunos es cotidiano y para otros es algo en un extremo lejano. El esfuerzo de Nieto Zas y su equipo deja una cosecha valiosa que da esperanza para una futura siembra de la mano de un director en pleno control de su territorio.