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Sobre Prometeo, como decía Kafka, hay varias versiones. La más común nos informa que este dios fue expulsado del Olimpo por revelar el secreto del fuego a los hombres. Este excesivo amor hacia los mortales provocó la ira de Zeus, un tipo realmente irritable, celoso, que castigó a Prometeo obligándolo a permanecer atado a una roca y a que un águila le comiera el hígado eternamente. La eternidad permite que el hígado se regenere, pero también que el águila vuelva una y otra vez a devorarlo. Un proceso desagradable, como es desagradable ver salir a un bicho repugnante de las vísceras de John Hurt y de tantos otros pobres humanos que prestaron su vientre para el alquiler de la bestia.
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En el Olimpo de los cineastas, el británico Ridley Scott (1937) se ha ganado un lugar en buena ley gracias a películas como “Los duelistas” (1977), “Alien, el octavo pasajero” (1979), “Blade Runner” (1982) y “Thelma y Louise” (1991), cuatro ejemplos de primera línea e incluso alguna obra maestra entre ellos (usted elija). Digamos que Scott es Prometeo, que le ha robado la luz a Orson Welles (nadie más parecido a Zeus entre los cineastas por lo gordo, por lo soberbio, por considerarse el número uno) y que ha asistido a las aulas del maestro David Lean.
La segunda versión del mito de Prometeo no es tan épica ni glamorosa, la roca no importa tanto y tampoco el hígado, pero nos va acercando a esta nueva película de Scott: Prometeo roba el fuego de los dioses para tratar de venderlo. Ni los dioses ni los hombres hacen las cosas gratis. Prometeo no siente ningún amor particular por el género humano, ni por su arte ni por su cultura; sencillamente quiere algo a cambio: dinero, mujeres, fama, la totalidad del Cáucaso o una villa con vista al Cáucaso. No podemos saberlo con exactitud. Pero sí sabemos que desea algo.
Scott, quien venía saltando de un género al otro —“Robin Hood”, “Gángster americano”, “Un buen año”, es decir historias con héroes verdolagas que roban a los ricos para darles a los pobres o traficantes de heroína o yuppies que heredan villas en la Toscana—, ahora decide volver a la ciencia ficción. Y lo hace en tercera dimensión.
Pues bien: uno se pone los lentes y ve en la primera secuencia a un humanoide en las Cataratas de Iguazú (o algo parecido), después tenemos una cadena mojada de ADN de ese mismo humanoide, después una cueva milenaria donde una pareja de arqueólogos descubren unas pinturas rupestres tipo Erich von Däniken (un currero y multimillonario suizo que sostiene que los extraterrestres visitaron la Tierra y dice probarlo en “Recuerdos del futuro”, y con eso se hizo rico) y finalmente la nave “Prometeo”, con una tripulación compuesta por un androide (Michael Fassbender), la heroína atractiva y con buena lencería (Noomi Rapace), una malvada que defiende los intereses de la empresa y no los descubrimientos científicos (Charlize Theron), un capitán de la nave y otros grumetillos espaciales de menor importancia, e incluso un tipo cargado de maquillaje que, según los créditos, es Guy Pearce. Se desata un aroma a ya visto, aunque ahora es ya visto pero en 3D.
El viaje nos transporta a un planeta donde se supone que reside el origen de las especies, o al menos el origen de la nuestra. Pululan las preguntas del tipo quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Y el androide Fassbender se pasea por allí con una pelota de basquetbol y encesta desde lejos. Y ojo: este modelo también tiene la cabeza floja. Pero no revelemos más detalles.
El espectador tiene la intuición de que Scott extraña los sueños de sus robots y las cuestiones existenciales de Philip K. Dick. Como tenemos puestos los lentes de 3D, vemos vehículos y cascos y hologramas y botoneras y palancas y tormentas y explosiones y lencería femenina, y todo parece de verdad, que está ahí, que se puede tocar, pero nadie se impresiona porque la tercera dimensión es un clavo, cansa la vista y además es más oscura, literalmente hablando. Y si nos sacamos los lentes vemos fuera de foco, y por lo tanto no tenemos más remedio que volver a ellos. Desesperante.
También sospechamos que Scott no sabe bien lo que quiere hacer o, peor aún, sospechamos que sabe perfectamente qué es lo que quiere hacer: un reciclaje de sus propias ideas, una explicación de su propia cosmogonía en 3D donde hay que creerse que las cosas se pueden tocar.
La tercera versión del mito de Prometeo es la más sucia y desencantada: no hay herida perpetua, no hay hígado eterno ni castigo ejemplar. Lo que tenemos es, más bien, un cansancio de todo. Prometeo pierde la compostura (una víctima potencial de la pasta base), el águila se ha vuelto un plumífero histérico que también pierde la compostura y las plumas y come lo que le pongan delante (bellotas, carozos, basura), y la mitología ha cedido lugar al mamarracho, al tinglado barato, a la payasada.
Pues bien: en el planeta donde se develarán todos los misterios, nuestros científicos descubrirán una caverna que tiene unos termos o tamboriles (no son huevos, no confundir) con bichos adentro y, si uno se acerca, se le meterán por la boca y luego le estrujarán el estómago o los intestinos. Ya sabemos cómo es el proceso. Igual, Scott nos lo recuerda con unos primerísimos planos. Ahora el aroma a ya visto deja lugar a un tremendo olor a podrido: es lo recontravisto. Las preguntas a propósito de la existencia se trocan por bichos que atacan; la cosmogonía de Scott se transforma en un thriller trillado, en un disparate difícil de entender, en un autoplagio, claro, en 3D. Es el momento de recordar que Scott, merced a bodrios como “Hasta el límite” (G.I. Jane, 1997) o “Hannibal” (2001), en su momento fue expulsado del Olimpo a patadas.
También es de suponer que todo este levante, toda esta escenografía diseñada por el artista plástico Hans Ruedi Giger, le brinda derechos de autor a él y al director.
Por algún lado, Scott dijo que Prometeo, su película, es “2001” pero “con esteroides”. No estoy seguro de qué quiso decir exactamente, pero me da la sensación de que no entendió bien la película de Kubrick. O los esteroides se los inyectó él y le provocaron un mal viaje. O no entendí nada y todo esto hay que saber apreciarlo en 3D con los vehículos y cascos y hologramas y botoneras y palancas y tormentas y explosiones y lencería femenina que parecen de verdad, que están ahí, que se pueden tocar.
Y un dato inquietante: según Internet Movie Data Base, para 2014 Scott dirigirá o plagiará o arruinará... ¡“Blade Runner”! ¡Y en 3D!
“Prometeo” (“Prometheus”). EEUU, 2012. Dirección: Ridley Scott. Guión: Jon Spaihts y Damon Lindelof. Duración: 124 minutos. Estreno: viernes 15.