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    Turistas apelan a aplicaciones y tours para catar marihuana uruguaya

    Entre los vasos de cerveza descansa sobre la mesa un paquete de hojillas, un par de desmorrugadores, un estuche lleno de flores de marihuana y un vaporizador recién cargado. En el centro, un cenicero con restos de cigarrillos y un porro que espera su turno. Pronto recorrerá las manos de un grupo de siete turistas brasileños de visita en Montevideo para conocer la cultura uruguaya del cannabis legal. Cada uno pagó US$ 250 por un tour privado que es, en realidad, ilegal.

    La ley que reguló el consumo, producción y venta del cannabis puso a Uruguay a la vanguardia del movimiento que busca una alternativa a la guerra a las drogas. Y, aun pretendiendo lo contrario, también lo ubicó en la mira del turismo cannábico. La norma aprobada en 2013 establece que solo personas con residencia uruguaya pueden comprar marihuana legal o integrar clubes de cultivadores. Las autoridades de la época y también las actuales han aclarado varias veces que Uruguay no es como Amsterdam ni como el estado de Colorado, en Estados Unidos, dos lugares de peregrinaje para los consumidores de esa droga.

    El gobierno ha sido duro no solo en lo discursivo. En enero, el Instituto de Regulación y Control del Cannabis sancionó a una firma de Maldonado que ofrecía catas privadas para extranjeros y presentó una denuncia penal por delitos previstos en la ley de narcotráfico.

    Esas medidas no son suficientes para desestimular por completo esos emprendimientos. El fin de semana, personas vinculadas al circuito de la marihuana en Uruguay organizaron una copa cannábica en Montevideo y el país, lo quisiera o no, fue sede del turismo marihuanero. Chilenos, colombianos, argentinos y brasileños viajaron para competir con sus cosechas (ilegales según las legislaciones de esos países) y catar el “pegue” de las producciones de la región. Uno de estos grupos contrató, además, un tour privado para conocer de primera mano el modelo uruguayo, el único que legalizó toda la cadena del cannabis.

    Una investigación del doctor en Derecho Pablo Galain, realizada entre turistas que consumen marihuana y que paseaban por la Ciudad Vieja en enero, mostró que 63% habían tenido acceso al cannabis durante su estadía. El 68% compró la droga y la amplia mayoría consideró que la transacción fue “amigable” o “para nada riesgosa” (ver Nº 1.916).

    “Baseado uruguaio”.

    Es viernes a la noche y el punto de encuentro es una casa montevideana cuya fachada no dice nada en particular. El guía dice que tiene experiencia en manejar grupos de extranjeros que llegan al país para experimentar la marihuana legal, pero después de las sanciones que impuso el gobierno decidió bajar el número de grupos y manejarse con más cuidado. Por eso, como condición para la participación de Búsqueda, su nombre junto al de sus siete clientes brasileños deberá permanecer en el anonimato.

    La charla de bienvenida es acompañada con cerveza artesanal y flores de marihuana. Todo es nacional. Fuera de la ley, los turistas se fían de la solidaridad que impera entre cultivadores y comienzan a compartir los primeros “baseados” (porro en portugués).

    Esa cultura es la base de “Yo + invito”, que se autodenomina “la primera app para la comunidad cannábica”. Ya disponible para celulares, se trata de una red social para saber quién a la redonda está dispuesto a compartir una “experiencia” cannábica. Uno de los brasileños recibe en su WhatsApp una invitación para bajar la app y eso provoca que todo el grupo saque sus teléfonos. Mientras crean sus perfiles online, comparten relatos de cómo es comprar marihuana en Brasil: pagar hasta 4.000 reales (unos US$ 1.260), gente que se apaga sus “baseados” en la mano ante la presencia imprevista de un policía, otros que vacían los cigarros de tabaco para rellenarlos de marihuana.

    “Se puede fumar, pero hay que estar atenta”, explica una de las turistas.

    Al encuentro cae un grupo de chilenos, que asistirán a la copa canná­bica para vender una prensa para extracciones que construyeron ellos mismos. Y para mostrar su funcionamiento, de los bolsillos salen más flores que irán a un sobre para ser aplastadas y calentadas hasta lograr que liberen una resina que, dicen, “pega” aún más.

    El ambiente empieza a quedar cargado del humo que produce el “mercado de calidad” con el que los extranjeros califican a Uruguay. El canna­bis que se fuma en el tour tiene bastante más del 2% de THC (componente psicoactivo de la planta) que el que venden las farmacias.

    “No quedé con ganas de comprar en las farmacias”, dice a Búsqueda uno de los turistas.

    Los ojos van quedando rojos y comienza una discusión política-filosófica-económica que seguirá hasta bien entrada la noche. Pero el “plato fuerte”, según lo califica el guía, sucederá el sábado en la mañana.

    Dentro del club.

    Los siete brasileños llegan a la sede de uno de los más de 60 clubes cannábicos autorizados.

    Ya con los sentidos alertas otra vez, comienzan las preguntas sobre cómo gestionar y cultivar a mediana escala. ¿De dónde traen las plantas madre? ¿Cómo realizan los clones que luego darán inicio a la cosecha? ¿Qué tipo de luces se usan? ¿Cuánto dinero se va en electricidad? ¿Cuántos gramos aseguran a cada miembro? ¿Cuánto cuesta la cuota? ¿Qué seguridad tienen?

    El guía da respuestas precisas para muchas interrogantes, ya que él gestiona un club cerca del máximo legal de socios (45) pero pide una matrícula alta (más de US$ 100). Otras consultas muestran lo que aún queda por resolver de la ley aprobada en 2013: no saben qué hacer con la producción sobrante (cada miembro del club está autorizado a llevarse 480 gramos por año) y el Ircca no ha abordado el problema de la distribución de semillas.

    Pero la información igual sirve a uno de los turistas, que, amparado en un vericueto legal brasileño, espera instalar un club en su ciudad. Apelando al uso medicinal, algunos grupos activistas promocionan asociaciones de más de 200 personas que presentan recursos administrativos en los que solicitan su derecho a plantar bajo el argumento de que el mercado no brinda productos terapéuticos pese a habilitar este tipo de consumo.

    “En Brasil el THC es medicinal”, explica.

    Luego comienza lo que todos esperaban: la recorrida por el club. El grupo pasa con tranquilidad por la sala de secado (casi vacía) y el cuarto donde se guardan las plantas madre, mientras el guía explica los procesos, muestra los implementos de fertilización y responde preguntas técnicas. En ese club, como en varios otros, se plantan también variedades medicinales para producir aceites que alivian dolores corporales.

    La calma se pierde al llegar a la sala de floración. En hilera y apiñadas, unas 90 plantas reciben luz constante para lograr la producción que abastecerá a los socios con hasta 40 gramos mensuales. Los brasileños toman turnos para sacar fotos. “Gracias por la oportunidad”, “ni fumé y ya estoy viajando”, dicen. Y por unos minutos quedan contemplando las plantas de casi un metro de altura.

    “Qué coisa mais linda”, suspira uno.

    Con eso finaliza el tour, pero el itinerario de los brasileños continúa. Después de almorzar un chivito —no sin antes preguntar cuál es la diferencia que tiene con una hamburguesa— se irán directo al complejo Plaza Mateo para presenciar la Montevideo Cannabis Cup.

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