En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Son algo más de las dos de la tarde. De las puertas de un gran centro comercial sobre la Avenida Carlos María Ramírez en el barrio del Cerro sale sonriente Pablo Bartol. Viene de una ferretería, uno de sus lugares favoritos. Abre el baúl de su auto y saca una de esas sillas de oficina con rueditas. En sus manos lleva una trincheta y una cinta adhesiva azul recién compradas. El asiento de la silla tiene una pequeña rotura que deja al descubierto un pedazo de polifón. “¿Quedará prolijo esto?, se pregunta mientras trata de desenrollar la cinta y cortarla para emparchar lo que está roto. Pero lo único que consigue es abrir uno de sus dedos con el filo de la hoja de la trincheta. La cinta no pega, la sangre empieza a escurrirse en su mano y Bartol se encoge de hombros. “¿Viste?, me quise hacer el Bob el constructor y soy un desastre”. La silla vuelve a su lugar así cómo estaba, Bartol se pone una curita y arranca rumbo al asentamiento 19 de Abril. Primera parada.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El exministro de Desarrollo Social, cesado en su cargo el 1º de mayo de este año, tiene un nuevo plan. Un proyecto al que le está dedicando tiempo, ganas, energía. Dice que cuando se quedó afuera del ministerio fue hasta Paysandú a despejar la cabeza, pero a los tres días ya estaba recorriendo uno de los asentamientos de esa ciudad sobre el arroyo Sacra. Ahí empezó a conectar nuevamente con una idea que lo “desvela” desde hace tiempo. Bartol no quiere que haya niños pisando barro dentro de sus casas. Sostiene que tiene que haber, sin metáfora, un “primer piso de dignidad”, un mínimo en cada casa precaria para que al menos en eso “Uruguay no se parezca a África”, que los niños no aprendan a gatear en el lodo. Por eso creó la fundación Un Piso Digno, que básicamente consiste en ponerles madera a los pisos de tierra en los pequeños ranchos de lata que se multiplican en los asentamientos al borde de la ruta en los accesos a Montevideo y en otras zonas de la periferia. Con eso, argumenta, intenta generar un mínimo confort y paliar los estragos respiratorios que hace la humedad en la salud de los niños y los adultos.
Lleva recorridos unos seis asentamientos en distintos barrios. Atendió a unas 21 familias, gente que está por debajo de la línea de la pobreza, en el último escalafón de todos. Debajo de los que están abajo. “En los asentamientos hay 60.000 hogares y de esos, 7.000 tienen piso de tierra. Eso es en todo el país. En Montevideo hay 2.500”, dice de memoria mientras conduce hacia 19 de Abril y trata de no perderse en las calles polvorientas que lo llevan hasta uno de sus primeros destinos del día. Detrás de una cancha de fútbol, donde unos gallos están en plena riña y una bandera de Peñarol flamea por encima de una de Uruguay, asoman unos cuantos ranchos en medio de cientos de trastos viejos de todo tipo y tamaño amontonados. El paisaje habitual de familias de clasificadores de residuos.
Allí espera Jackeline que está junto a su padre y tres de sus cinco hijos, uno en un cochecito, pura sonrisa, que ofrece entusiasmado su pequeño puño para saludar una y otra vez. Jackeline tiene 25 años. Su casa, un cuarto de unos 20 metros, con una cama grande y una cucheta al costado, está estrenando piso de madera. “Ahora que tenés el piso ya podés usarla”, le dice el exministro mientras le acerca la silla con rueditas que tenía en el baúl de su auto. A Bartol lo conocía de “la tele”, de los informativos que tiene que ir a mirar al rancho de su padre que queda al lado porque acá, en esta habitación, los niños gobiernan la pantalla y le ponen dibujitos.
Una de las referentes del barrio le dijo que había una posibilidad de mejorar su hogar y Jackeline no lo dudó y ahora se muestra agradecida y aliviada de poder enfrentar los días de lluvia con menos preocupaciones. “Yo confío”, dice sobre la llegada de Bartol. “No me gusta ser mala con nadie. Yo no soy mala. Si yo puedo dar una mano también la doy. En ese sentido no tengo problemas”. Sus días transcurren rutinarios entre lavar ropa, tomar unos mates y llevar al jardín y a la escuela a sus niños, que van desde los ocho meses a los nueve años. No tiene noticias del progenitor de uno de ellos. El padre del resto está preso. Le robaba para consumir pasta base y a ella “no le quedó otra” que denunciarlo. Igual, asegura, no fue preso por eso.
Jackeline se anotó para conseguir un trabajo en el plan ABC solidario de la Intendencia de Montevideo, pero no salió sorteada. “Es la segunda vez que me anoto”, lamenta. “Me sirve cualquier cosa mientras que sea para trabajar, más bien para darle descanso a mi padre que ya está un poco jodido”. Su padre tiene 61 años, una risa bien dispuesta y despoblada y una voz que apenas se le escucha por recientes problemas en su garganta que apenas le dan para explicar que la bandera de Peñarol es de los vecinos. Ellos son de Nacional. “Voy a seguir anotándome en lo que sea igual, sea barrido, lo que sea”, se despide Jackeline. Hay optimismo en sus palabras. Hay optimismo en su gestualidad. “Es un paso. Hay muchos para seguir dando”, le dice Bartol.
“Perseverar y persistir”
La fundación que está gestando Bartol está integrada por un círculo íntimo de su confianza. El dirigente blanco Santiago Caramés, exadjunto al ministro en el Mides, es uno de ellos. Su obra se financia con el aporte de privados que le donan el material para construir los pisos: maderas, clavos, herramientas. Tiene una persona en calidad de monotributista a su cargo, uno de esos ejemplos positivos de referentes barriales que sirven para bajar las guardias defensivas de los vecinos, y varios voluntarios que dan una mano.
Bartol enfila hacia otro asentamiento. En el camino cuenta que la idea de poner pisos en las casas con tierra en el suelo la tiene desde el 2016, cuando estaba al frente del proyecto educativo Los Pinos. Y dice que se acordó de eso cuando encontró de casualidad una anotación que había escrito en su celular con varios punteos desordenados: “Piso digno, nadie pise barro dentro de su casa, todos caguen en un wáter, ningún evacuado en crecidas de dos metros, que todos los uruguayos accedan a una ducha caliente, hay que inyectar comunidades, no cercarlas”.
Algunos de los ranchos del Maracaná Sur quedan al borde de la Ruta 1. Los autos pasan como bólidos y es una de las vistas que tienen los cinco niños que viven dentro de esta caseta petisa a la que los voluntarios de Bartol le están clavando tablas para terminarle el piso de madera. El escenario es casi calcado del anterior. Madre sola, cinco hijos a su cargo, el más grande, 14 años, el más chico, 2. Lourdes, la madre, tiene 32. Y observa desde afuera cómo viene quedando la construcción que no va a ser terminada en este día. Lourdes fue “captada” por Bartol a través de un referente barrial de apellido Ibarra. Un hombre de religión, con pasado militante en el Frente Amplio y que tiene en su casa un salón para darles clases de recuperación escolar a los niños de la zona. Su esposa está a cargo del proyecto. “Perseverar y persistir” se lee arriba de un pizarrón. Hay dos niños en clase. Bartol escucha admirado a Ibarra. Cree en estos tipos que dedican su vida para hacer de estos lugares, un sitio mejor para vivir.
Hay una última parada en el recorrido del exministro. El auto se va metiendo en calles angostas y empinadas hasta llegar hasta lo más alto del barrio del Cerro. En frente a la Fortaleza, con una vista imponente y majestuosa de Montevideo, está el asentamiento Che Guevara. Bartol, de la mano de Claudia, una activista local, visita a una muchacha que —nuevamente— vive sola y apretada con sus tres hijos en un cuarto con piso de piedra. Eso es un problema. Clavar estacas para hacer base sobre la roca del cerro es complejo. Bartol le cuenta a la mujer para qué está ahí, que su intención es ayudarla, le habla sobre las bondades de tener un mejor suelo. Un piso que aísle la humedad. Ella es asmática y uno de sus hijos también. Bartol toma las medidas de la habitación. Algo más de cinco metros de largo. Le pide su teléfono y le promete volver. La mujer agradece sin entender demasiado lo que acaba de pasar.
“Te soy sincero, para mí esto es una terapia en un periodo ventana en el que quedé pistoneando en el aire. Acá vuelco un montón de energía que tengo acumulada. Si no, la energía se va a la cabeza y es manija. Esto me hace feliz. Canalizar la energía en algo bueno”, dice a Búsqueda.
El exministro opina que por “primera vez en muchísimos años” se está dando una discusión política fermental. Dice, sin resentimiento, que ve al gobierno encauzado en la tarea de dignificar las viviendas de los asentamientos luego de que se hayan hecho “inversiones minúsculas con un impacto minúsculo”. Y cae la noche en lo más alto de la villa del Cerro.