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    Un bandoneón mayor

    Una brumosa noche que vuelve al recuerdo después de perderse casi sesenta años en la memoria, en un boliche de San José que ya no existe, yo, entonces adolescente rodeado de adultos, escuché a Paco Espínola hablar de Auguste Rodin.

    Al cerrar su improvisada charla —Paco no solo fue un gran escritor nacional, sino uno de los más fascinantes conversadores— mencionó lo que el genial escultor francés deseaba que fuera su legado: —¡Admiren el arte y, aunque solo sea, hereden mis admiraciones!

    Paco solía decir que el hecho de admirar nos construye culturalmente y contribuye a mejorar a una sociedad, pese a que es una actitud subjetiva que a veces defendemos en solitario.

    Recordé esto cuando decidí escribir una columna sobre Edison Amado Bordón, “el Pibe”; a mi juicio, desde hace décadas, uno de los mejores bandoneonistas, arregladores y concertistas del tango en el Río de la Plata.

    Quizás en esta ocasión la subjetividad sea mayor, porque Bordón es mi amigo. No tengo pudor, sino orgullo, al confesarlo.

    Edison nació en Tala, Canelones, hace 74 años. Aún niño inició estudios de música con el bandoneón de su padre, Amado Felipe Bordón Báez, quien, al cumplir su hijo los quince años supo qué debía indicarle: —Hasta acá te enseñé todo lo que sé. Veo que me has superado. ¿Mi consejo? Vete con quienes saben más que yo y haz tu propio camino, pues llegarás muy lejos.

    Edison perfeccionó sus estudios en el Conservatorio Musical de Montevideo y muy pronto llamó la atención. Sus primeros trabajos fueron con las orquestas de Juan Esteban Martínez (Pirincho), César Zagnoli, Antonio Cervino y Miguel Villasboas. Inquieto, renovador, muy rápido se destacó por su modo de tocar y, en particular, de arreglar partituras, al punto de ser convocado como instrumentista principal por artistas argentinos de la talla de Hugo del Carril, Alberto Castillo, Alba Solís, Edmundo Rivero, Roberto Rufino, Jorge Valdez, Enrique Dumas, Roberto Goyeneche y los uruguayos Ernesto Restano, Gustavo Nocetti, Olga del Grossi, Adriana Lapalma, Diana Vidal y Ricardo Olivera, entre otros.

    Hoy, al atardecer de su vida, Edison Bordón puede decir que ha cumplido su vocación y ha despertado admiraciones. Incluso lleva sobre sus espaldas, gozoso, peripecias artísticas que no todos conocen: ha recorrido el mundo, ha hecho arreglos para las sinfónicas de Australia y de Finlandia y la filarmónica de Tokyo, integró la Orquesta Filarmónica de Montevideo para el ciclo Galas de Tango, compuso tangos virtuosos, con un dejo piazzoleano pero muy personal, destacando, de una obra vasta, Dando dique, Mamuzza, Coqueteando, Tango Mito, Divague y Consecuencias, el vals Tuyo y la milonga Diquera. Además, tiene una vasta discografía editada por sellos de Uruguay, Argentina y Japón.

    Ocurre algo curioso con Bordón. Más allá de su música, o por ella misma —tiene una mano izquierda formidable para tocar los graves, que los usa con rara justeza—, es un ser entrañable pero con oscuridades. De algún modo, el peor enemigo de sí mismo: siempre abierto a los amigos leales, siempre desconfiado del éxito fácil, de la exposición pública para “venderse”. A ver: con un buen agente publicitario al lado, y sin gruñir tanto, hoy estaría muy, pero muy cerquita de Troilo. Y no exagero.

    Hoy se le puede ver, todos los viernes y sábados, acompañando cantores junto al guitarrista Lucho Gutiérrez, en un famoso boliche generalmente alborotado por la corriente turística.

    Nunca he creído que lo disfrute, pero hay que ganarse la vida; sabe que ahí es difícil sobreponerse al griterío y el golpetear de vasos. Sobre esto, me permito acercar un retazo de la historia reciente: durante algunos años, no hace tanto tiempo, fue la primera figura y director artístico de un espectáculo de tango que yo produje y coprotagonicé, junto a cantantes, bailarines y otros músicos que fueron variando, Tango íntimo. En los momentos en que Edison subía a escenarios de teatros, clubes y cafés sin borrachería, donde la gente iba a escucharlo, se transformaba: era excepcional. Recuerdo, al pasar, versiones memorables, irrepetibles, conmovedoras, de Libertango, Toda mi vida, Barreras de amor y Adiós Nonino.

    Escribí “era”. No. Aún es el mejor si le dan respeto.

    En algunos anocheceres, en su piecita de trabajo, a veces mira una de las paredes y sus ojos se detienen en un poema manuscrito enmarcado en una ventanita artesanal que siempre mantiene abierta. Y sonríe.

    Se lo escribí, humildemente, para expresar mi admiración.

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