Rodeado de cientos de extras disfrazados de soldados alemanes, notó a una mujer que miraba con atención un montón de caracoles sobre la arena. Le preguntó quién era y qué hacía. Ella, Melissa Mathison, le respondió que era “una amiga” de Harrison Ford y le contó que esa región solía estar rodeada de agua; los pequeños fósiles en la superficie eran prueba de ello. Cuando el cineasta quiso saber cuál era su trabajo, Mathison respondió con una brutal honestidad: “Soy una escritora fracasada”.
El cineasta no sabía aún que entre sus éxitos, Mathison, quien por ese entonces era pareja del mismísimo Indiana Jones, era responsable del guion de El corcel negro, una película sobre un niño que queda náufrago en una isla desierta, junto con su caballo, y que Spielberg adoraba. Tampoco sabía que se encontraba ante la futura autora de una de las películas más exitosas en la historia de su filmografía.
E.T., el extraterrestre se estrenó en junio de 1982 y 40 años después, vuelve a los cines uruguayos a partir de hoy, jueves 3. A diferencia de la piel arrugada que cubre el cuerpo del adorable alienígena, la película no ha envejecido ni un poco. Su historia, una aventura familiar de ciencia ficción sobre la compasión entre dos seres diferentes, continúa viva.
Originalmente no iba a tratar sobre la visita de un extranjero fuera de órbita. La sensación de aislamiento que se apoderó de Spielberg, mientras construía las aventuras del arqueólogo, lo hizo pensar en los efectos que el divorcio de sus padres tuvo en él no solo durante su infancia, sino por el resto de su vida.
La pregunta que buscaría responder al proponerle a Mathison escribir su nueva película era directa: ¿cómo se puede volver a llenar el corazón vacío de un niño solitario? La respuesta, creyó, se encontraba en lo extraordinario. Al recordar la existencia de un amigo imaginario que lo ayudó en momentos difíciles de su crecimiento, Spielberg enfiló hacia una intersección que combinaría su experiencia como hijo de una pareja divorciada, su visión del mundo sociopolítico que lo rodeaba y una industria, y público, preparados para coronarlo como el nuevo rey del entretenimiento cinematográfico de las dos décadas siguientes.
La recepción de la crítica que el cineasta recibió en 1977 por Encuentros cercanos del tercer tipo también lo motivó a volver a la ciencia ficción de dos maneras. Por un lado, quiso empapar a la película de sus propias experiencias, intentando demostrar que el tinte autobiográfico que los críticos habían detectado en Encuentros cercanos… no era tal. También se planteó revertir algunas de las fórmulas establecidas dentro del género. En lugar de imaginar a humanos con la misión de ir al encuentro de un grupo de turistas espaciales, sería el alien quien iría a la familia. Su presencia, a su vez, ayudaría a lidiar con algunas de las fisuras emocionales que una vida idílica en los suburbios suele prometer.
La esencia de E.T. se encuentra en su escena inicial, un prólogo sin diálogos en donde una nave espacial multicolor con la forma de un huevo de Fabergé, y con un interior poblado por una naturaleza desconocida, revela la presencia de un puñado de extraterrestres interesados por la fauna terrícola. Al igual que su futura contraparte humana, E.T. se ve invadido por la curiosidad y se aleja de su nave en el momento en el que la amenaza de este relato se hace presente en la forma de un convoy de camionetas que destruyen todo en su camino. Son adultos pero solo se los verá de su cintura para abajo, con la cámara posicionada de manera de adelantar cómo es que Spielberg quiere que se viva esta fantasía: desde la perspectiva de un niño.
Tras establecer que E.T. ha sido abandonado por los suyos en un bosque de California y que ahora deberá ingeniárselas por su cuenta, el relato se sitúa en un hogar de los suburbios, donde un niño de 10 años llamado Elliot, interpretado por Henry Thomas, vive con su madre, hermano mayor y hermana menor. Su padre, ausente de todo relato, no forma más parte del núcleo familiar y se encuentra en México con su nueva novia. Reunidos por una partida de Dungeons & Dragons, un juego que demanda pura imaginación, los amigos de su hermano pueblan el hogar con chistes malos y un apetito voraz por la pizza. Elliot, sin embargo, lucha para integrarse al grupo y es claro que tanto él, como su madre Mary (Dee Wallace), son los más afectados por el fin del matrimonio. Su hermano mayor, Mike (Robert MacNaughton), se ve distraído por la adolescencia mientras que la menor, Gertie (Drew Barrymore), es demasiado pequeña para verse afectada por las decepciones inevitables de la vida adulta.
Volver a ver E.T. a medida que uno envejece revela las diferentes maneras en las que la película tiene para celebrar el refugio de infancia al mismo tiempo que reconoce, y acentúa, las dificultades de ser un niño en un mundo dominado por adultos. Hay, por lo menos, tres focos de atención bajo los que se puede vivenciar la cadena de hechos que el encuentro entre E.T. y Elliot genera.
El primero está en su protagonista del espacio exterior y de pies cortos, piel amarronada y un par de ojos grandes concebidos para transmitir su lado más humano. La experiencia que el espectador hace al familiarizarse inicialmente con E.T. es la misma que atraviesa Elliot luego de encontrarlo merodeando en el fondo de su casa. Primero predomina el miedo, luego el interés y por último la ternura.
La curiosidad de E.T., cuya inteligencia es revelada a medida que Elliot y sus hermanos le proveen la ayuda que necesita para volver a su hogar, también abrirá la puerta a una personalidad más rica de lo que parece. No solo este alienígena siente pasión por la vida, sino también por la sanación. Una maceta con flores que se revela como la gran pista visual sobre su estado de salud a lo largo de la película.
Cuando Elliot sufre un corte, es E.T. quien lo ayuda utilizando el brillo de su hoy icónico dedo. Intentará hacer lo mismo con Mike, cuando vea al muchacho con un cuchillo atravesándole la cabeza, solo para conocer de primera mano que se trata de un disfraz de Halloween. Esas acciones representan el lugar que E.T. viene a ocupar en la vida de Elliot y su familia. Su presencia se sentirá, en simultáneo, similar a la de un padre, un hermano y un amigo, pero a fin de cuentas será una que viene a curar a una familia lastimada.
Vista desde el presente, la presencia física de los títeres utilizados para construir a E.T., cuyo diseño estuvo a cargo del especialista italiano en efectos especiales Carlo Rambaldi, también demuestra el poder innato de un cine que aún mantenía una naturaleza artesanal y que todavía estaba lejos de los excesos visuales aunque anodinos que sobrepoblarían a las grandes producciones más adelante.
La segunda manera de experimentar la película es a través de la figura de Elliot. El vínculo empático y psíquico que niño y criatura entablan tras conocerse reproduce los sentimientos que la propia audiencia construye con esos protagonistas, cuyo bienestar se vuelve un deseo urgente una vez que la amenaza de los adultos, un grupo de agentes gubernamentales, se acerca poco a poco. Al jugar con la unión de sus mentes, Spielberg se permite además manifestarla de una manera pura y exclusivamente cinematográfica. Cuando Elliot o E.T. viven una emoción muy fuerte, la escena se corta y enseguida se ve cómo uno de ellos repite lo vivido por el otro. Utilizando el montaje como la herramienta que materializa la conexión entre ambos, la película nos une también a ellos. Con la llegada de E.T., Elliot encuentra la posibilidad de volver a conectar con sus hermanos y una vez que la familia se encuentra aliada bajo el mismo propósito de cuidar a su nuevo amigo, la historia reemplaza toda tensión por esperanza.
Por último, y de manera menos explícita, se encuentra la experiencia de vivir la película prestando atención a Mary, la madre. Sobrecargada por la crianza de tres hijos de edades disímiles y aún dolida por su separación, Mary representa al adulto imposibilitado en frenar un segundo para reparar en las maravillas que lo rodean. Incluso E.T. es capaz de pasarle por al lado, medio borracho luego de degustar las primeras cervezas en su vida, y Mary no se da cuenta, ya que tiene un hogar por delante que mantener a flote. Como actriz, Wallace crea un personaje más complejo de lo que parece en su breve tiempo en pantalla. En una cena familiar, Mary escucha a Elliot insultar a Mike y en cuestión de segundos, primero se ríe y luego da lugar a la reprimenda. Es un instante breve pero le brinda al personaje algo de alivio, algo de juventud, antes de obligarse a sí misma a ocupar el lugar que su vida doméstica le permite.
En la reconstrucción de esos vínculos familiares, E.T. también se revela como una historia sobre la posibilidad del lenguaje como disparador de la empatía. No es casualidad que después de una agitada tarde de exploración para el pequeño alien, dentro de un hogar que le provee experiencias tan fascinantes como ver la tele o arrasar una heladera, es Gertie quien se toma el trabajo de enseñarle sus primeras palabras humanas, que se posicionan como el mantra de la obra: “Sé bueno”.
La idea de las palabras como herramientas de conexión se retoma sobre el final, cuando apoyado por la banda sonora de John Williams, Spielberg establece su clímax donde todo empezó, en el bosque. Con la nave esperando el regreso de su pasajero perdido, la caballería de policías en camino y ante la mirada de los familiares que los ayudaron a cumplir con su propósito, Elliot e E.T. expresan sus respectivos deseos con la brevedad que solo dos grandes amigos dominan para decirse lo que sienten, incluso sabiendo que el otro no puede cumplir con lo anhelado. “Ven”, dice E.T. “Quédate”, responde Elliot.
Spielberg y Mathison le otorgan el remate emocional, como debe de ser. Con su dedo iluminado, E.T. le emite las últimas palabras a su amigo. “Estaré aquí mismo”, dice el extraterrestre mientras apunta a la cabeza de Elliot, en una alusión al poder de la imaginación. Cuarenta años después, sabemos que esa promesa también se cumplió en otro lado: en nuestros corazones.
Vida Cultural
2022-11-02T23:51:00
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