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    Un compositor de canciones

    Columnista de Búsqueda

    Desde su debut con El Cuarteto de Nos en 1984, Alberto Mandrake Wolf no ha parado de hacer música. En la interpretación se considera un “músico clase C” y tiene claro que su fuerte es la composición. Que lo suyo son las canciones más allá del género en que estén enmarcadas. Que por eso resulta natural que en su trayectoria se enlacen rock, pop, candombe y murga con desvíos artísticos de todo tipo. Tras ocho discos de estudio junto con su banda Los Terapeutas, Mandrake decidió dar un golpe de timón a su brújula creativa y dejar aflorar cosas que no entraban allí. Por eso en 2017 formó Los Druidas junto con Ignacio Echeverría (bajo), Federico Anastasiadis (batería) e Ignacio Iturria (guitarra).

    —Recuerdo un show demencial que diste con el Cuarteto de Nos en El Galpón, presentando aquel vinilo compartido que fue tu debut…

    —Estuvo buenísimo ese concierto. Estaba Fernando Cabrera como invitado. Me acuerdo de que se armó lío con los globos que usó El Cuarteto.

    —¿Aquellos que flotaban y parecía que los hacían subir?

    —Sí, como estaban llenos de helio, cuando los soltaron se fueron para el techo y los de El Galpón estaban supermolestos porque no sé qué problema habían dados los globos cuando llegaron arriba del todo. Me acuerdo también de que no había Tickantel ni nada de eso y las entradas se vendían en taquilla. Nos decían: “No va a venir nadie, no se ha vendido nada”. Al final se llenó.

    —Tu trayectoria musical hace difícil encasillarte en un género. Sin embargo, tu trabajo con Los Druidas podría enmarcarse en el rock.

    —Sí, se podría decir que es un género, pero creo que más allá de eso se trata de un sonido valvular. Género no sé si del todo, yo sigo metiendo cosas que no sé si encajan. Cuando arrancamos, mi idea era hacer algo rockero pero muy libre. Pensaba en música como la de Jimi Hendrix y Cream, que son artistas que hicieron algo muy libre, aunque su punto de partida era el rock. Lo de los Druidas se me ocurrió tocando en un festival del Solitario Juan en la Sala del Museo, cuando vi una banda que se llamaba Oro. Escuché al baterista y pensé: “Este es el tipo con el que quiero tocar”. La cosa es que quedé de cara y los fui a ver otra vez. Y ahí fue que salió la idea que tenía de hacer rhythm and blues británico, tipo The Graham Bond Organisation, un blues libre, cercano a Hendrix, quien hizo una de las músicas más libres que escuché, junto con Coltrane, Hugo Fatorusso o Mateo. Y al mismo tiempo, a eso se le suma el lado de la amplificación fuerte. Hay algo de la expresión que tiene que ver con sonar fuerte. Una clase de cosas que si bien se insinuó con los Terapeutas nunca se desarrolló. Los Terapeutas era otra música. Si me tuviera que encasillar en un género, me daría mucha gracia decir que hago hard rock (risas), como si fuera Humble Pie o algo así.

    —Tiene psicodelia también. Escuchando el nuevo disco se nota una cancha más abierta, que no es solo hard rock, que hay espacio para melodías distintas, para un laburo instrumental más amplio.

    —Claro. Pero nuevamente me remito a Hendrix. No voy a decir que me moleste, porque en realidad me importa un carajo lo que otros digan, pero Hendrix es mucho más que ese guitarrista que nos cuentan. Abrió un espacio que era distinto a todo. Era un tipo que fue capaz de influenciar a Miles Davis, de hecho, Miles quiso tocar con él, pero al final no salió porque Hendrix le garroneó la mujer (risas). Y es que además era lindo y se vestía bien. Entonces, más allá de su guitarra, Hendrix era un artista con muchas más cosas, sus canciones, sus letras, muy influenciadas por Bob Dylan. Y Dylan también es una de esas cosas que tendríamos que venerar, dedicarle toda la humanidad un día de culto, un judío loco, genial. Tipos que tienen 80 años y son capaces de seguir escribiendo como escribe él.

    —Tu música con Los Druidas es también una revisión actual de todos esos códigos rockeros clásicos.

    —Claro, ahora tenés cosas como los Black Keys y bandas que las escuchás y pensás: “Esto está bueno, pero ya lo escuché”. Igual, tienen cosas que son frescas. A mí de viejo me pegó el gordito este… que tocó con los Buenos Muchachos acá...

    —¿Los Pixies?

    —Eso. Frank Black, especialmente el disco que hizo con The Catholics, me partió la cabeza. Ojo, igual tampoco es un artista nuevo.

    —¿Seguís absorbiendo música nueva?

    —Creo que llegué hasta ahí, hasta Frank Black. Y hasta el grupo de Julian Casablancas, The Strokes. Es decir, gente que ya no son tan niños. Y bueno, peleándome con el mundo, me hice usuario de Spotify (risas) y siento que es una puerta al mundo donde puedo escuchar música que sin ser nueva nunca había escuchado y que es increíble también.

    —Artistas que de pronto solo conocías un hit de la radio, allá, hace tres décadas…

    Eso. De pronto yo conocía la Graham Bond Organisation y ahora pude ir más atrás, a las fuentes mismas. Y es verdad lo del hit, de pronto te encontrás con tremendo artista detrás de aquel hit. O al revés: descubrís que solo tenían el hit y era una porquería todo lo demás. Eso me pasó por ejemplo con los de My Sharona.

    —The Knack.

    —Sí, The Knack. Ese tema tiene uno de los mejores riffs que jamás he escuchado, al nivel de Sunshine of Your Love. Me puse a escuchar todo el disco y no es malo, pero no tiene nada que ande ni cerca de My Sharona. Algo pasó ahí, la inspiración los tocó solo en ese tema. Creo que la música no tiene edad. No siento que sea viejo escuchar a, no sé, Art Pepper. No lo conocía y me voló la cabeza. Entonces no me importa si es viejo o nuevo, para mí es nuevo y está buenísimo.

    —La disponibilidad es una gran ventaja del digital, ¿no?

    —Claro, me pasaba con Wilson (Negreira, percusionista de Los Terapeutas y Níquel), que terminábamos alabando a un tipo porque tenía tal o cual disco: “Que crá, tiene tremendo discazo”. Y capaz que el tipo era un boludo al que le habían regalado ese disco. No existía la circulación de información que existe hoy. Yo adoraba a un tipo que no sé cómo, porque no era un tipo interesado en la música, tenía los palos del batero de Humble Pie (risas). Por suerte eso ha cambiado hoy. Se suma que a Uruguay ha venido un montón de artistas internacionales que antes solo conocías de segunda o tercera mano.

    —Es interesante el lugar cultural de Uruguay, siendo un petiso entre dos gigantes. Por un lado, es difícil sacar cosas al mundo, pero por otro hace que nuestra cultura sea capaz de recibir cosas de esos gigantes y hacerlas propias de una manera bastante única.

    —Es que es verdad, no hay vuelta. Vos mirás la cantidad de cosas distintas y buenas que salen de un país tan chiquito y es medio inexplicable.

    —Cosas que muchas veces están muy desarrolladas cuando salen, propuestas que ya están consolidadas. Me vienen a la cabeza La Vela Puerca o NTVG.

    —Tuve el honor de participar en el primer disco de NTVG y me sorprendió muchísimo la madurez que ya tenían esos guachos entonces. Por ejemplo, la propia idea de contar con un productor musical, que fue Juan Campodónico, era una cosa que a casi nadie se le pasaba por la cabeza entonces. Ellos ya venían con un bagaje que te explica que lo suyo no fue casualidad. Y claro, contar con un compositor que tiene canciones solidísimas. Te guste o no te guste, son muy buenas. Si la canción no funciona, no va a pasar nunca nada. Bueno, ellos tenían las canciones y supieron ponerle todo lo demás.

    —A nivel de composición, ¿dónde te coloca Los Druidas? Porque tus melodías no son las mismas ni tu cantada es la misma. ¿Qué te da este proyecto que no tenías en Los Terapeutas?

    —Es más bruto, no pasa tanto por los arreglos. No tengo que sonar sofisticado. Los Terapeutas es una banda que viene de una música uruguaya sofisticada, el candombe beat. Es una música que para hacerla hay que meterle mucho arreglo, mucho cuidado por el detalle. Y eso me tenía un poco cansado, pensá que eran casi 30 años por ese lado. Igual, en Los Druidas no perdés sofisticación en cuanto al toque, pero no estás sobregrabando nada. En los dos discos que hicimos, salvo las voces, todo se grabó en vivo en el estudio, todos tocando juntos. Es otro enfoque de la música.

    —¿Y eso viene de vos o de la banda?

    —Creo que es algo que sentimos los cuatro, que ya somos como un ente. Somos cuatro cabezas pero es una cosa sola. Increíblemente, y a pesar de la diferencia de edad, hay acuerdos en los que estamos superclaros. Por ejemplo, en no grabar por partes, no usar metrónomo. Yo qué sé…, Ginger Baker no debe haber usado un metrónomo en su vida y, si le traías uno, te lo tiraba por la cabeza. Yo vi a Charlie Watts, y es un monstruo.

    —Los dos discos con Los Druidas fueron producidos por Guillermo Guile Berta. Vos ya habías trabajado con él en Monstruo, de Los Terapeutas. ¿Por qué decidiste seguir con él?

    —Te cuento la historia porque es muy linda. Estaba grabando en Sondor y me llama una banda: “Hola, Mandrake, queremos que toques en un show en vivo con nosotros, nos llamamos Sinatras”. Ellos habían grabado en Sondor, eran artistas de Sondor, así que les dije: “Dale, mandame el disco y lo escucho”. Y cuando escuché el disco no podía creerlo, pensé: “Pero la puta madre, como suena esto, como suenan estos pendejos de mierda, ya nos pasaron el trapo, ¿será posible?”. Y decidí tocar con ellos, era toda gente que, sin ser virtuosos, sabían tocar lo que tenían que tocar. Y sobre todo me llamó la atención el baterista, el tempo que tenía. No hablaba mucho, calladito, serio. Le pregunté: “¿Vos produjiste el disco?”. “Sí”, me dice. Y empecé a escucharlo hablar en los ensayos del grupo: “Esa nota no va ahí”, “La guitarra está un poco desafinada”. Y el Guile parece un inglés hablando, serio, formal, todo prolijo. Así que cuando íbamos a producir Monstruo con Los Terapeutas, le dije a Daniel Jaques, que es un tigre de bengala musical: “Creo que tenemos que producir el disco con alguien que sea de afuera y ya sé quién es”. “¿Quién?”, me dice Jaques. “Guillermo Berta”. “¿Y quién carajo es Guillermo Berta?”. Y cuando apareció enseguida entendió cómo entrarle al grupo en el laburo. Guile tiene muy claro hasta dónde se mete, dónde aporta, dónde insiste, dónde para. Y con Los Druidas ya tenemos una cosa armada, pero es importante que alguien escuche de afuera. En este disco es producción del grupo y Guillermo Berta. Es un tipo muy inteligente. En Los Terapeutas encontró la forma de negociar con Jaques, que es un gran arreglador, para separar los roles. En Los Terapeutas se logró un gran balance entre tener al Guile como productor y a Jaques como arreglador. Al punto que Jaques grabó un disco y… ¿quién lo produjo?: Guile Berta. Por supuesto, hay que saber decirle que no, a mí me quiso meter unas guitarritas acústicas reindie y le dije: “Eso no” (risas).

    —Cuando pensás en un disco, ¿pensás que tenga canciones que puedan sonar en la radio?

    —En alguna época pensaba en eso, pero ya no. La radio es cualquiera, no pasa rock. Cuando pongo la radio escucho lo que escucha mi hijo, unos reggaetones rarísimos. Ojo, de eso no hablo porque tampoco sé.

    —¿Compositor de género o de canciones?

    —Compositor de canciones. Y ojo con lo de músico: creo que soy un músico clase C, profesional sí, pero clase C. Mi fuerte es la composición, me acompaño lo mejor que puedo, pero sabiendo cuáles son mis limitaciones. Sé algo de algunas cosas, pero mi fuerte es la composición. Digamos que me defino como un músico empeñoso (risas). Sé tocar los acordes, puedo rascar la guitarra y cantar, le meto empeño. Pero lo que soy es un compositor de canciones.

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