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    Un delirio millennial con el Oscar en la mira

    Cuando el nombre de la dupla de directores conocida como los Daniels comenzó a resonar entre la cinefilia local, una palabra se vio asociada a ella de manera inevitable: pedos. Flatulencias, gases, ventosidades.

    En su ópera prima de 2016, la inclasificable Swiss Army Man, los estadounidenses Daniel Kwan y Daniel Scheinert imaginan el encuentro entre un náufrago y un cadáver que irá cobrando vida a medida que su vínculo, y un interés en común por el arte de contar historias, va cobrando fuerza. También lo harán los múltiples pedos, de todo tipo y sonido, emitidos por el cadáver de traje y corbata interpretado por el actor Daniel Radcliffe en uno de sus papeles más memorables tras colgar la capa y varita de Harry Potter. La película es, pese a su extraña premisa, sumamente conmovedora.

    ¿Qué llevó a los Daniels, seis años después, a convertirse en una de las duplas favoritas para conquistar los próximos Premios Oscar? La respuesta está en el multiverso.

    Kwan y Scheinert son los responsables detrás de Todo en todas partes al mismo tiempo. Esta mezcla surrealista de drama familiar y aventura de ciencia ficción fue uno de los fenómenos cinematográficos más sorpresivos de 2022.

    De producción independiente y lanzada bajo el sello de la distribuidora A24 (responsables de, entre otras, Luz de luna), Todo en todas partes… fue la obra más recaudadora del estudio —US$ 103 millones a escala internacional— y desde su estreno en marzo fue posicionándose como una de las contendientes más fuertes de cara a los premios de la Academia.

    En Uruguay tuvo su estreno a fines de junio en cinco cines. En cuestión de semanas, sus horarios se fueron reduciendo y la película, celebrada en su país como una bienvenida y original contrapropuesta al cine de superhéroes y franquicias longevas, quedó como un recuerdo pasajero dentro de la despiadada cartelera local.

    Hoy y mañana Cinemateca exhibirá, a las 17.00 y 19.30, cuatro funciones de la película, como parte de un ciclo que repasa lo mejor del 2022 y que también incluye a la argentina Las siamesas y la inglesa Aftersun (ambas imperdibles), entre varias otras.

    Por su escala, estética y espíritu, lo último de los Daniels no podría encontrarse en un extremo más opuesto a las producciones mencionadas. Sin embargo, las tres comparten un rasgo narrativo en común: en todas se trabajan las diferencias intergeneracionales y la comunicación fallida entre padres y madres con sus hijos. El drama dentro de Aftersun, en tanto, sucede en la década de los años 90, una época clave para entender el cine de Kwan y Scheinert, quien podrían convertirse en la próxima dupla de directores en ser nominados como tal luego de los hermanos Coen.

    Basta con ver alguna de las entrevistas de Kwan y Scheinert para entender que son los directores que toda compañía cinematográfica que quiera presentarse como moderna busca. Son carismáticos, sensibles, graciosos y jamás se visten con menos de tres colores. Son una respuesta optimista ante el pesimismo de la generación millennial, que abarca a las personas nacidas entre el comienzo de los 80 y mediados de los 90.

    Kwan y Scheinert nacieron en 1988 y 1998 respectivamente. Se definen como parte del último grupo de personas que conocieron el mundo analógico y que se criaron bajo la llegada del mundo digital. Su arte, que se puede definir como un cine frenético, estimulante y por momentos estruendoso, es prueba de ello: un revuelto de cine, videojuegos, videoclips y memes.

    Los Daniels se conocieron en la universidad y no se cayeron bien de primera. Tenían ideas diferentes sobre cómo aproximarse al arte. Fue al trabajar juntos en un campamento que descubrieron lo que dispararía el comienzo de una dupla, hasta ahora, inseparable: un sentido delirante del humor.

    Su carrera como realizadores está plagada de irreverencia. Más allá del cadáver flatulento, ambos fueron creciendo dentro de Hollywood de la mano de cortometrajes y publicidades visualmente atractivas, cementando un estilo propenso al sobreestímulo que encontró su máxima popularidad en el videoclip Turn Down for What para los músicos DJ Snake y Lil Jon. El video, que mezcla el baile con la demolición, fue publicado hace 8 años y hoy supera el billón de reproducciones.

    El éxito de Swiss Army Man fue uno menor. La película fue recibida con furor en el Festival de Sundance, pero no pudo trasladar el clamor a escala internacional. En Uruguay formó parte del catálogo rotativo de Netflix y allí supo captar la atención de espectadores que se encontraron con una de las películas más extrañas de la década. Eso era, al menos, hasta el estreno de Todo en todas partes al mismo tiempo.

    Si hay algo que puede definir a la película es la honestidad con la que va construyendo su complejo entramado. La escena inicial muestra, en una casa atiborrada de un mobiliario cargado de adornos, un pequeño espejo circular en el que se ve una familia (madre, padre e hija) feliz, cantando y sonriendo bajo una cámara lenta que enseguida se interrumpe para revelar una nueva realidad.

    Evelyn (Michelle Yeoh), encabeza una familia que está en pleno desmoronamiento. Inmigrante china en Estados Unidos, ella y su esposo Waymond (Ke Quan) administran una lavandería sobre la que viven. El negocio, en teoría, va bien, excepto por la auditoría a la que se ven sometidos debido a las presiones del gobierno de los Estados Unidos. Los gastos que Evelyn ha adjudicado a su negocio, y que en realidad responden a hobbies que atestiguan su interés por las vidas que no pudo vivir, la han puesto en la mira del organismo impositivo. Y eso no es todo.

    Evelyn también debe cuidar a su padre anciano, recientemente emigrado a los Estados Unidos, tratar de entender a su hija veinteañera y digerir que Waymond, un hombre gentil pero algo ingenuo, busca el divorcio. Además, Evelyn debe salvar al multiverso de su inevitable final de la mano de un ser cósmico llamado Jobu Tupaki.

    A los Daniels les gusta presentar su película de maneras diferentes. Su resumen más breve, y tal vez mejor, define a Todo en todas partes… como una película en la que “tu madre es la protagonista de The Matrix”. También les gusta presentarla como un drama familiar que es interrumpida por la ciencia ficción, luego procesada a través de la Internet en una licuadora que mezcla acción, comedia y romance en una receta ideal para contraatacar el mal gusto ocasionado por el nihilismo.

    Todo en todas partes… es una película que va enseñando, tanto a sus personajes como espectadores, a entenderla. El multiverso es un concepto hoy popular, gracias a las producciones de Marvel, pero los Daniels la exploran con una historia que puede saltar de una parodia en carne y hueso de Ratatouille hasta un homenaje al cine de Wong Kar-Wai.

    Los Daniels construyeron una película que exige suma atención, pero que por momentos carece de ella. Su ritmo frenético es adictivo pero también puede resultar cansador. A su manera, varias de esas sensaciones contradictorias se van apilando y la convierten en una obra de innegable originalidad pero también de una cierta banalidad en su discurso. Que la solución para salvar la existencia sea el amor es algo imperdonable a esta altura.

    De todas formas, en la película sobresalen las actuaciones protagónicas de Yeoh y Quan, quienes más que interpretar un papel hacen varios y en todos demuestran una energía que encastra con la sensibilidad de los Daniels. Ambos actores, además, se encuentran bajo dos tipos de reivindicaciones de sus lugares como estrellas asiáticas en Hollywood. Yeoh, una de las favoritas para el Oscar a Mejor actriz, demuestra que es mucho más que una estrella de acción en lo que probablemente sea definido como el papel de su carrera. Quan, quien empezó su carrera como niño actor y luego no volvió a trabajar durante décadas, también ha transmitido una alegría inconmensurable detrás de un mensaje en el que nunca es tarde para lograr lo soñado.

    El encuentro de estos actores con la dupla de directores resume la alquimia que parece haber encantado a las audiencias de Todo en todas partes al mismo tiempo. Es una película sin igual que no tiene miedo a ir más allá de lo convencional y que pese a que no todos sus objetivos son logrados, el resultado es uno que el cine debe recibir con entusiasmo. Por lo pronto, los Oscar así parecen hacerlo y si se cumplen las predicciones, puede que la próxima Mejor película nombrada por la Academia sea la más rara en toda su historia. Nada mal para un par de amigos reunidos por su afán por lo estrafalario.

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