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    martes 16 de julio de 2024

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    Un entretenimiento fallido

    Obras maestras: ‚àöLa broma infinita‚à´, de David Foster Wallace

    “Quería hacer algo triste”, respondió David Foster Wallace cuando le preguntaron qué quiso hacer con La broma infinita. Y lo que hizo fue una novela inmensa, ingeniosa, tierna, sin principio, sin fin, una delirante historia familiar, una tragicomedia futurista, una autopsia minuciosa del siglo XX, una parodia irónica, excesiva, shakespeariana —espectro incluido—, un catálogo de adicciones, patologías y frustraciones, un diagnóstico y una cura, un dispositivo narrativo atrapante, una comedia de horror físico y psicológico, una novela decimonónica con escenografía posmodernista. Y sí, triste. Y bastante más. Para hacerlo necesitó, entre otras destrezas, controlar su mente, tan brillante como severa, y sobrevivir a las adicciones que lo condujeron a internaciones en clínicas de rehabilitación, a electroshocks, a sí mismo.

    Este año se cumplen dos décadas de su publicación. En Estados Unidos salió una edición especial conmemorativa, con prólogo de Tom Bisell. Llegará a Uruguay en noviembre, traducida al español y con nueva portada, por medio de Penguin Random House Mondadori. Llegará también David Foster Wallace Portátil, canónico compilado de ensayos, ficción y textos hasta ahora iné-ditos, entre los que se incluyen clásicos como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, El neón de siempre o El planeta Trilafon y su ubicación respecto a Lo Malo, primer cuento, que no había sido publicado en español, junto a materiales lectivos del autor, una introducción de su madre, más textos de Javier Calvo, Leila Guerriero, Alberto Fuguet o Andrés Calamaro, entre varios más.

    Rey David.

    Wallace nació en 1962 en Itaca, Nueva York, hijo de James D. Wallace y Sally Foster. Se suicidó el 12 de setiembre de 2008, en Claremont, California.Peleó duro contra la depresión, que comenzó a manifestarse de manera intensa en los años de la universidad, cuando se sucedieron las primeras internaciones psiquiátricas.

    Desde su muerte se volvió inevitable para muchos buscar explicaciones en sus relatos. En especial en LBI, la novela que lo puso en lo alto para siempre, aunque él haya decidido bajarse —para siempre. Porque no era precisamente estar en lo alto lo que buscaba. En una primera aproximación a Wallace, uno se maravilla al encontrarse con un autor de un ingenio infinito y un talento extraordinario, capaz de inventar un lenguaje nuevo, del que no se quiere salir. Aunque la puerta de entrada es muy pequeña y Wallace se encargó de diseñar centenares de ventanas y huecos y puertas y salidas de emergencia de todos los tamaños posibles para que el lector se escape.

    LBI fue, también, la respuesta de Wallace al Wallace que fue en otro tiempo. A aquel chico listo, al más vivo de la clase. Aquel enganchado al posmodernismo, al virtuoso y aventajado alumno de Pynchon y DeLillo, autor de La escoba del sistema, su primera novela, escrita como tesis de graduación en Lengua Inglesa. Cuando todavía no se proyectaba como escritor, sus intereses académicos eran la lógica, la semiótica y las matemáticas (volvió a ellas más tarde, en 2003 escribió Todo y más. Una breve historia del infinito, publicado en español diez años después). El escritor, alguna vez joven promesa del tenis, además de padecer abrumadoras crisis de ansiedad, tenía una personalidad adictiva. Nunca logró abandonar del todo la nicotina, tuvo una relación problemática con la marihuana e ingresó por primera vez a Alcohólicos Anónimos en setiembre de 1989. En 1990, el mismo año que publicó, en coautoría con Mark Costello, Signifying Rappers: Rap and Race in the Urban Present (nominado al Pulitzer, que saldrá pronto en español), pasó seis meses en un centro de rehabilitación para las drogas y el alcohol.

    Allí encontró un bien escaso —y valioso— en el ambiente artístico: la modestia. Abandonar la idea de que tenía de sí mismo como la persona más inteligente de la sala fue la clave para seguir adelante. Tal como lo tradujo en una línea de un soberbio y subrayable pasaje de LBI: “Por más inteligente que te creas, eres siempre mucho menos inteligente que eso”.

    Apunta D. T. Max en la biografía de Wallace, Todas las historias de amor son historias de fantasmas, que los primeros fragmentos de la novela datan de 1986. Wallace debió escribirlos, se supone, como relatos independientes. Una vez que tuvo escenarios y personajes, en 1991, tras su paso por la clínica, comenzó a ordenar el material.

    LBI se ambienta en un tiempo en el que EEUU, Canadá y México se han unido para formar la Organización de las Naciones de América del Norte, la ONAN, cuyo escudo es un águila con un sombrero mexicano que porta una hoja de arce en sus garras. Para reforzar sus ingresos, la ONAN subsidió los años. La mayoría de la acción de esta hipernovela transcurre durante el tiempo esponsorizado. Todo empezó con el Año de la Hamburguesa Whopper, siguió con el Año del Parche Transdérmico Tucks, el Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove y, luego, con el Año del Superpollo Perdue. La acción fundamental transcurre principalmente en los meses del Año de la Ropa Interior para Adultos Depend. En este contexto, varias historias. Comenzando por la de los Incandenza, la familia de genios disfuncionales. Ahí está Avril, la reina madre, matriarca dominante, nazi de la gramática (trasunto distorsionado de la madre del escritor, profesora de inglés, autora del libro de gramática Practically Painless English). De origen canadiense, esta rubia, curvilínea y promiscua mujer de dos metros de altura es la decana de Asuntos Académicos y Femeninos de la Academia Enfield de Tenis, que fuera fundada por su fallecido esposo, el doctor James Orin Incandenza, científico, artista y deportista. El doctor Incandenza, a quien, como su padre, su círculo cercano lo llama Él Mismo, figura capital en el campo de la óptica, empresario, teórico, cineasta experimental y conceptual, en sus últimos años empezaba el día a las cinco de la mañana, bebiendo Wild Turkey, acabó suicidándose metiendo la cabeza en un microondas. Y están sus hijos. Orin, el primogénito, antes fue jugador de tenis, campeón de Escaton (deporte inventado por Wallace), y luego, pateador de los Cardinals de Phoenix. Mario, bradicinético, padece disautonomía familiar, un déficit neurológico que le impide sentir dolor físico (no es invento de Wallace), y es el único que sigue los pasos cinematográficos de Él Mismo (y también comparte el fetichismo por las películas con títeres). Y el menor, Harold, conocido como Hal. Que es un poco la computadora del filme de Stanley Kubrick, otro poco Wallace, el prodigio, el tenista, el nene que quiere impresionar a Mami, y otro poco Hamlet, de Shakespeare, el puerto de donde proviene el título original de la obra. “¡Ay, pobre Yorick!”, dice Hamlet, sosteniendo la calavera, en la primera escena del quinto acto. “Yo le conocí, Horacio: un individuo de un ingenio infinito, de excelsa imaginación”. En la AET hay atletas como LaMont Chu, que no puede comer ni dormir de la espantosa envidia que le produce ver que otros salen en las portadas de las revistas.

    Y está la Ennet House, un centro de rehabilitación que huele a cenicero, donde la gente llora y, como observó en cierta ocasión alguien de afuera, se puede decir “Dios” en tono serio. Por ahí circulan Don Gately, delincuente, drogadicto en rehabilitación o la torturada Joelle van Dyne. La tercera línea argumental incluye al grupo de separatistas de Quebec. Ellos están tras La broma infinita (V), una película de Incandenza letalmente entretenida. Uno no puede dejar de mirarla.

    En LBI no hay personajes secundarios, no hay extras. Cada uno de los que están allí tiene una historia. Todos importan y tienen algo para decir. Es probable que se trate de una réplica de las rutinas de Wallace en sus internaciones y con los grupos de rehabilitación, donde todos los pacientes tenían su espacio para contar su historia y todos los demás debían prestar atención. Buena parte de las criaturas creadas por Wallace reflejaban distintos aspectos que él detectaba en sí mismo. Dicen, quienes lo conocieron, que era bueno en eso de escuchar a los otros. Y fue una característica que le prestó a Lyle, el gurú de las pesas, que vive del sudor, “de los fluidos y las sales y los ácidos grasos” de los demás.

    En LBI hay suicidios e intentos de suicidio, contratos antisuicidio, conversaciones y meditaciones sobre el suicidio. Entre los tenistas existe la leyenda de un jugador obsesionado con no perder y dispuesto a sacrificarse por la victoria que a partir de un momento dado empezó a jugar cada partido con una Glock 17 apuntando a su sien izquierda (lo que resultaba un incordio para el saque). Hay un impresionante y delirante paralelismo entre el tenis y el suicidio. Por ahí anda el espectro de un actor secundario que se mató.

    LBI es una prodigiosa combinación de los tres estilos literarios de Wallace. Está ese ritmo cómico y esa chispa juguetona de sitcom que se agitaban y estallaban en La escoba del sistema, la audacia y la ternura, la gramática laberíntica y la exquisita variedad de registros de La niña del pelo raro, su primera colección de relatos, y el humor sombrío y la mirada penetrante y filosófica de la conducta y de la vida interior humana presente en las posteriores Entrevistas breves con hombres repulsivos, en algunos textos de no ficción e incluso en los más oscuros y abigarrados cuentos de Extinción, que acabarían en el callejón sin salida de El rey pálido. La influencia pynchoniana no se extingue: la tierra tóxica, los ambientes paranoicos, los nombres de personas e instituciones.

    LBI es el resultado de una desintoxicación. No solo del alcohol y las drogas. También un intento de vivir en estado de sobriedad bajo el imperio de la diversión y el gobierno de lo cool.

    “En épocas oscuras, el arte aceptable sería aquel que localiza y efectúa una reanimación cardiopulmonar sobre aquellos elementos mágicos y humanos todavía vivos y resplandecientes a pesar de la oscuridad de los tiempos”, le comentaba a Larry McCaffery en una entrevista. “La ficción realmente buena podría tener una cosmovisión tan oscura como quisiera, aunque encontraría el modo de representar ese mundo oscuro y de iluminar las posibilidades de estar vivo y ser humano en él”. Una novela que recrea la afección que diagnostica, una narración sobre las adicciones y que es, al mismo tiempo, adictiva, y que, sin embargo, no engancha de primera ni con demasiada facilidad. Es que tenía un plan: LBI era, debía ser, “un entretenimiento fallido”. Y así la subtituló. Pero su editor, el sabio y paciente Michael Pietsch, de la Editorial Little Brown, le aconsejó quitarle el subtítulo: la novela ya tenía una estructura fragmentaria, suficientemente compleja, con tres líneas narrativas que avanzan y retroceden sin un patrón fácilmente identificable, y un volumen demasiado denso —la edición en español consta de 1.208 páginas, incluyendo un apéndice de más de cien páginas titulado Notas y Erratas, que contiene definiciones, datos, fórmulas matemáticas, entrevistas, historias dentro de historias, más notas, e incluso la filmografía de James O. Incandenza, entre otras digresiones, nada gratuitas— como para que, encima de todo, se anunciara como una experiencia frustrante. Wallace estructuró el relato como un Triángulo de Sierpinski, de modo que en LBI todo lo macro se subdivide o tiene una cierta correspondencia con lo micro, en un bucle, sí, infinito. Empezando por la propia novela, que es necesario volver a leer, de manera insistente, más de una vez. Lo que parecía el principio es el final, o casi, aunque el fin es una especie de comienzo. Y así. Los bucles alcanzan niveles disparatados y absurdamente enfermizos, donde el humor se vuelve a veces terrorífico. El caos aparente en la forma es, en sí, un orden que se descifra en la mente del lector. Pero para alcanzar ese orden, el lector debe esforzarse. Estar atento. Entre todos los temas que pasan por esta inmensa novela de trama imposible de resumir puede percibirse el gran asunto que la moviliza, algo que se volvió una auténtica preocupación para Wallace: cómo llevar el presente de una forma significativa, vivir en el no siempre bien interpretado concepto del aquí y ahora. Algo muy exigente para un entretenimiento. Es lo que le confiere, precisamente, su carácter fallido.

    “Toda la atención y el compromiso y el trabajo que se le requieren al lector no puede ser en tu beneficio; tiene que ser en el suyo”, le dijo McCaffery. Y es por eso que LBI no es solo un diagnóstico preciso del estado del alma de una época y de un lugar; también es una declaración de principios, un manifiesto sobre la voluntad, la capacidad de transformación de las personas y el poder curativo de las conexiones humanas.

    Vida Cultural
    2016-09-22T00:00:00