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    Un estilo creativo e indisciplinado, capaz de ir “contracorriente”

    George W. Bush salió del baño y se dirigió al diplomático uruguayo Álvaro Moerzinger en castellano: “Tu presidente es divertido, me dice que no hay vaca loca en Uruguay, que el único loco es él”.

    El funcionario, sorprendido y complacido, tomó nota de que el presidente de los Estados Unidos se había fijado en el poco protocolar mandatario sudamericano, que a diferencia de la mayoría de sus colegas había salido de los discursos correctos, floreados e insulsos, durante la tercera Cumbre de las Américas, en Quebec (Canadá) en abril de 2001.

    Con esa notable maniobra diplomática, el presidente uruguayo buscaba a toda costa vender carne en el gran mercado del Norte: “Tú te opones a la idea del Alca porque ya estás adentro del mercado americano con tus estaciones de nafta. Dejame poner una heladera con carne en cada una de ellas y no digo nada más”, lanzó, mirando con sonrisa sardónica a su vecino de mesa, el venezolano Hugo Chávez, porque los países estaban sentados por orden alfabético.

    Apenas unos días después, el jefe de Estado uruguayo estaba tomando café en la Casa Blanca con Bush.

    Sin embargo, pese a su actuación memorable, no logró colocar ni un solo kilo de carne en Estados Unidos. Ese mismo día se supo que la fiebre aftosa había ingresado a Uruguay. “La mufa empezaba a perseguirlo”, concluyó el periodista Claudio Paolillo en su libro “Con los días contados”, donde analiza la crisis que vivió Uruguay en 2002.

    Liberal e indisciplinado.

    Muy culto, seguidor del filosofo alemán Karl Krause, liberal y conversador, pero impulsivo y sin disciplina. Así puede ser definido el estilo de Jorge Batlle Ibáñez, el ex presidente fallecido el lunes 24 a punto de cumplir 89 años.

    Descontando la última época en Facebook, no escribía. Un jerarca que lo trató con intensidad llegó a la conclusión de que esa verborragia que no llegaba a ser ordenada en un texto, se explicaba porque este gran conversador no tenía la disciplina necesaria y que esa característica se vio reflejada en su gobierno.

    Durante su presidencia, el ambiente era de trabajo, pero caótico. No formó equipos, se metía en todos los temas y a menudo lo hacía de manera impulsiva, sin informar antes a sus ministros.

    Fue un tipo llano, que tuvo el coraje intelectual de ir contracorriente, como lo describió el ex vicepresidente Luis Hierro al pie de su tumba. Un político provocador del pensamiento, al decir del presidente Tabaré Vázquez, al que Batlle había reclutado para hacer frente común en la búsqueda de los desaparecidos —todo un hito—, pero al que criticó por implicancias al actuar como empresario, médico y presidente al mismo tiempo.

    Jorge Batlle fue una persona informal, de carcajada fácil, desenfadado y, en general, accesible, que había crecido en una familia dominada por la política.

    El comienzo de su liderazgo en la histórica lista 15 del Partido Colorado tuvo dos características bien marcadas: decepción de los dirigentes que aspiraban a suceder a su padre, Luis Batlle Berres y un viraje ideológico.

    Para sorpresa general, el heredero, que desplazó a figuras de talla como Amílcar Vasconcellos, Zelmar Michelini y Luis Hierro Gambardella, pasó del estatismo proteccionista al más puro y duro liberalismo.

    Acusado sin pruebas de una “infidencia” sobre la devaluación del peso para favorecer a empresarios que financiaban su campaña, el estilo para manejar el dinero también fue desordenado y se hizo famoso por sus deudas.

    En 2003, mientras era presidente, documentos desclasificados indicaron que en 1972, ante funcionarios de Estados Unidos apoyó la idea de crear un grupo “pequeño” y “secreto” para combatir a la guerrilla tupamara “fuera de las autoridades constituidas”. Según el documento del Departamento de Estado estadounidense, Batlle defendió esa postura luego de que fracasara una propuesta suya para que el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) dejara las armas.

    Fechado en febrero de 1972 y firmado por el ex embajador de EEUU en Montevideo Charles W. Adair, el documento consignó que la idea que defendió Batlle consistía en pelearles a los tupamaros “en sus propios términos”, ante la convicción suya y de los dirigentes de su sector de que el MLN incrementaría sus acciones violentas en los meses siguientes.

    Batlle habría comentado a los diplomáticos que una invitación pública al final de la campaña electoral de 1971 para que los tupamaros pasaran a la actividad política pacífica había fracasado porque su situación de desventaja como candidato presidencial colorado le había restado autoridad para ofrecer algún pacto con la guerrilla.

    Según el mismo documento, el líder quincista atribuyó su derrota en esas elecciones al hecho de que muchos uruguayos “democráticos” que habrían votado a su sector, finalmente optaron por la fuerte imagen “anticomunista” que tenían Juan María Bordaberry y el entonces presidente Jorge Pacheco Areco, algo de lo que Batlle “aparentemente” carecía.

    Por las acusaciones de corrupción y origen legalista, se enfrentó a los militares aun desde antes de que dieran el golpe de Estado en 1973, incluso armado con una pistola .45.

    Cuando finalmente las urnas le dieron la chance de ser el jefe de Estado, le tocó vivir un momento asaz complejo que el tiempo parece redimensionar a su favor, aunque quedó en los registros cuando, fiel a su estilo, llamó a los argentinos “una manga de ladrones desde el primero al último”, de manera involuntaria, en la cadena Bloomberg de televisión.

    Cuando ya no era presidente, un día se animó a salir a caminar por Buenos Aires y quedó paralizado cuando fue reconocido y elogiado por su famosa frase. “Vamos —le dijo a su amigo— este me alaba, pero quién sabe si el próximo no me revienta”, contó luego a las risas.

    Antes de eso, pasó, con nota, por el difícil trago de entregar la banda presidencial al Frente Amplio y de ver al tupamaro de origen herrerista José Mujica, al frente del país, aquel liberal de izquierda que lanzó ante micrófonos abiertos la memorable frase: “Esta vieja es peor que el tuerto”.

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