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La idea de que en la sociedad uruguaya no hay grandes diferencias de clase y pobres y ricos conviven con igualdad de oportunidades, quedó en el pasado. Hoy es “casi indiscutible” que Uruguay se transformó en una “sociedad dual”, porque, al igual que sucede en otros países, las “desigualdades” llevaron a una polarización de los estratos sociales.
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Esa sociedad “dual”, con la población más pobre muy distanciada de la más rica, se puede observar, por ejemplo, en la forma como los jóvenes transitan hacia el mundo adulto —cuando comienzan a trabajar, tienen hijos y dejan el sistema educativo—, ya que quienes están en peor condición son quienes tienen mayores dificultades para lograr un ascenso social.
Este análisis es parte del libro “Reporte Uruguay 2015”, una publicación bienal del gobierno sobre temas sociales, ambientales y productivos. El trabajo fue realizado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP).
La investigación señala que pese a que la pobreza bajó de 40% en 2004 a 10% en 2014 y la indigencia de 4,7% a 0,3% en el mismo período, la caída de esos indicadores no significa que hayan desaparecido algunos problemas sociales. “De la mano de la mayor caída sostenida de la pobreza monetaria que ha experimentado este país desde que existen estimaciones confiables, de la casi desaparición estadística de la indigencia y de una considerable reducción de la pobreza multidimensional medida por varios métodos, persisten situaciones sociales de alto nivel de exclusión en muchas dimensiones de la vida, las cuales confirman que la fragmentación perpetuada en las décadas finales del siglo XX y consolidada violentamente por la crisis de principios de los 2000 provocó heridas en la sociedad irreparables en el corto plazo e incluso en el mediano plazo”, dice el documento. “La información expuesta sistematiza dimensiones del bienestar que insinúan la existencia casi indiscutible de una sociedad dual”, agrega.
“Transición a la adultez”.
En Uruguay la pobreza se concentra en los niños y jóvenes. El 27% de la población tiene entre 12 y 29 años y más de la mitad de ese grupo (57,9%) vive en hogares pobres (que pertenecen a los primeros dos quintiles de ingreso).
Una de las dimensiones que analiza el trabajo es la situación de los jóvenes uruguayos y cómo se da su “transición a la adultez” según el nivel social que tienen. Para evaluar esa transición se analizan algunos hitos de vida, como la emancipación, la tenencia de hijos, el ingreso al mercado laboral y la asistencia al sistema educativo.
“Este asunto está lejos de ser una mera opción personal: es un hecho sociológico de consecuencias importantísimas. La transición a la adultez que muestra el primer quintil de ingresos implica un abandono temprano de la educación y un ingreso temprano al mercado de trabajo con baja formación, o sea, una baja probabilidad de acceder a un nivel de ingresos que permita cierta movilidad social vertical”, explican los autores de la investigación.
Según el estudio, los jóvenes que forman su propio núcleo familiar son el 25,8% del total. “La tendencia es que cuanto menor es el nivel socioeconómico, mayores son los porcentajes de conformación de hogar propio. Ello se explica en gran medida por la mayor presencia de hijos en los estratos socioeconómicos más bajos. Mientras en el primer quintil el porcentaje de jóvenes que conforman su propio núcleo familiar (emancipados) es de 30%, en el quintil medio es de 26%, y en el quintil de mayores ingresos el porcentaje desciende a 16%”.
También hay diferencias respecto a la tenencia del primer hijo. En el quintil con mejores ingresos, los jóvenes que tienen hijos son el 5%, mientras que en el quintil medio son el 18% y en el último la cifra llega a 29%.
Los investigadores indican que una población que reduce significativamente su fecundidad en los estratos medios y altos pero la sostiene en los bajos “se enfrenta sin duda a un proceso sostenido de infantilización de la pobreza, el cual no puede ser revertido sin políticas sociales activas, robustas e integrales”.
En cuanto a la educación, la investigación reveló que los sectores con menores ingresos tienen mayores niveles de repetición en primaria y secundaria. En los jóvenes de hogares con mayores ingresos el nivel de repetición en primaria es diez veces menor que entre los jóvenes más pobres. En secundaria el nivel de repetición es dos veces y media menor.
El ingreso al mercado laboral es otro de los hitos en el pasaje de la juventud a la madurez. Son los varones y los jóvenes de hogares más pobres los que se insertan más temprano en el mundo del trabajo. Entre los 15 y 17 años, los jóvenes del primer quintil cuadruplican a los del quintil superior en participación en el mercado laboral: los de menores ingresos representan el 21,5% y los de mayor ingreso el 5,6%.
Por otro lado, el informe indica que las mujeres presentan “mayores porcentajes de cumplimiento de roles adultos en aquellas dimensiones vinculadas a la conformación de hogar y tenencia de hijos, mientras que en la inserción en el mercado de trabajo se da la situación inversa”.
En síntesis, “la cantidad de estados de transición cumplidos tiende a ser mayor cuanto más bajo es el nivel socioeconómico”. En todas las dimensiones que analizan los investigadores, los jóvenes de menores ingresos “asumen roles adultos a edades más tempranas que quienes se encuentran en una situación socioeconómica más favorable”.