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Son pocas obras, cuatro o cinco. Pero ocupan todo el espacio de exposición en el subsuelo del Centro Cultural de España en la Ciudad Vieja. Hay que bajar la escalera de madera lustrada, cuidada a pesar de los años y el ajetreo. Baja un señor con mirada nerviosa. Va al baño que también queda en la parte baja del enorme y cautivante edificio reciclado. La gente entra para ir al baño. El portero ya lo había anunciado con un tajante “este va al baño, ya lo conozco, viene todos los días”. Todos los días usa el servicio que gentilmente ofrece el centro cultural. Sobre todo el transeúnte de la zona. Este señor lleva un montón de bolsas de nylon, un atuendo desprolijo y una actitud huidiza. No hay nadie más en la vuelta. La muestra titulada Aquello de Fernando Sicco (Montevideo, 1961) está solitaria, en extraña calma, en suspenso. Rota apenas por un ruido intenso que proviene de una de las “piezas”. Un ruido insistente que ofrece una especie de plataforma, de base de lanzamiento de ese pequeño stock de imágenes y construcciones, entre fotos, instalaciones y sonidos.
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La sala está invadida por el ruido arrastrado, de golpes secos, duros pero breves que vuelven una y otra vez. Vienen de una pantalla de video colgada del techo de forma horizontal. Hay que ponerse debajo de la imagen para visualizar el sonido. Viene de un montón de dados pequeños, coloridos. Hay una mano que los tira, los mueve, los acomoda o intenta posicionarlos. La escena se repite insistentemente y en forma rápida, lo que provoca una percepción extraña entre ansiosa y placentera. Son muchos dados lanzados sobre un vidrio. El ruido es un llamador o un proceso de integración de la imagen construida y ese azar inquietante. El sonido de los dados que caen y golpean con su movimiento imprevisible invade todo el recinto, tanto que invita a quedarse, a sentir en el cuerpo el ritmo tan particular, una cadencia que permanece en la variedad infinita de posibilidades que no puede descifrarse del todo. La imagen es sencilla pero la elección muy acertada. Los pequeños objetos numerados, geométricos, su rodaje incómodo sobre la superficie dura y transparente, su cantidad y colores permiten ampliar a innumerables sensaciones significativas. No vale interpretar. Es imposible interpretar un estado de sentimientos y desbloqueo de esa severa actitud ciudadana, generalmente previsible, ordenada, repetitiva. Acá hay caos o un orden secreto, inmanejable, imposible de controlar o repetir o recomponer. También en la vida aunque uno crea que cada orden o acción, cada organigrama o proyecto, cada actitud integrada, cada paso adecuado y previsto puede ejercer un control espiritual, metafísico.
La sala está ajustada a un orden preciso, de artista. Pero detrás de cada uno de los elementos autónomos y piezas de un mundo superior, hay un caos imposible de controlar. Es el caos de la memoria, del descubrimiento, de tiempos desparejos, de visiones un poco más secretas que las habituales. El caos del interior de un ser humano que debe lidiar con un complejo mundo de sentimientos y percepciones y transformar una historia personal con luces y sombras, con interrogantes, con zonas intransitadas, con sueños y pesadillas en algo físico, medianamente manejable, criterioso, artísticamente coherente y honesto. Hay una gran foto en una de las paredes blancas. Está el artista sentado con el artista, el hombre grande y curtido y un bebé al lado, el propio autor. Uno junto al otro, como si en algún momento de la vida pudieran encontrarse físicamente. La imagen es fuerte. La escena es posible. La foto está construida sobre dos tiempos, o más, entre todos los momentos que faltan entre sus edades y el tiempo que permite juntarlos, un presente ilusorio, una versión de un tiempo que no existe, de una materialidad imposible. O quién sabe. Solo el espacio virtual creado por el autor permite insistir en ese ir y venir entre un orden preestablecido y el continuo arrebato de lo imprevisible. Ese niño fue ese hombre, en realidad el niño parece dejar atrás al hombre y empezar de nuevo. Es interesante, cautivante. Cada proposición de algo que parece decirse pero no se dice, parece ser claro y definido pero inmediatamente se escapa a la interpretación. Cada pieza de la muestra se vuelve entonces un dado tirado al espacio, al mundo, a la sensibilidad del que caiga en esta red de probabilidades, en este encuentro de universos y visiones encontradas en un azar movilizador, molesto, bello, seductor. Hay otras interrogantes entre el cuerpo visible y su interior, entre lo hecho y el desecho, entre la reconstrucción vital y la muerte inevitable.
Aparece el hombre del baño. Queda claro que es un personaje callejero, con rasgos de vagabundo pero correcto, bien vestido, con un toque irracional en todo su atuendo y en su carga. Va directo al ruido, a los dados, al azar. Se sienta bajo la pantalla y observa, un buen rato. Mira a otro lado y comenta para sí mismo, sin importar quién escuche: “epa, se vienen encima”. Se vienen, claro, caen sobre la explosión de deseo y la necesidad de que todo se reorganice en un instante. Una vida, la del hombre con sus paquetes, la del que transita todos los días por la ciudad en busca de bolsas con contenidos secretos, inservibles pero novedosos. La vida de todos, los que corren para el trabajo porque llegan tarde. La posibilidad de que el mundo se dé vuelta un día, se desajuste en un caos vital que permita reencontrarse en un mismo espacio y tiempo con su primera versión, la inicial, la que explique un poco más el sentido de todo, incluso del azar.
Aquello. Exposición de Fernando Sicco. Centro Cultural de España (Rincón 629). De lunes a sábados, de 11 a 19 h. Entrada libre. Hasta el 4 de mayo.