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    Un juguete rabioso en Río

    “Aguafuertes cariocas”, por Roberto Arlt

    Estamos en 1930, un mundo en inocente suspensión. Son los últimos días de la presidencia de Hipólito Yrigoyen, quien en breve será depuesto por el primer golpe militar en la era constitucional argentina. En Uruguay gobierna el colorado Juan Campisteguy y el primer campeonato mundial de fútbol está por ocurrir. El mandatario de Brasil es Washington Luís Pereira de Sousa, a punto de ser derrocado por la fuerza militar de Getulio Vargas. Y nuestro corresponsal en Río, a quien enviaron con la finalidad de premiarlo por su encomiable trabajo periodístico, es Roberto Arlt (1900-1942), el gran narrador argentino que escribió cuentos, novelas como “El juguete rabioso” y obras de teatro como “Saverio el cruel”.

    Lo que Roberto ve en la maravillosa ciudad brasileña, entre marzo y fines de mayo de 1930, es la calma que precede a la tormenta. Aguafuertes cariocas (Adriana Hidalgo, 2013, 195 páginas), que por primera vez se edita en un libro, reúne 40 artículos breves donde Arlt desgrana su agrado y luego su desagrado por esta imponente metrópoli con playas hermosas, morros que se levantan como caries y casas color cacao, verde y ladrillo, un pacífico hormiguero de gente humilde y trabajadora recorrido por simpáticos tranvías que está muy lejos de ser el demencial hervidero de la actualidad.

    Arlt se queda extasiado por la belleza paisajística, las bebidas exóticas (espuma de chocolate, sorbete de coco, crema de abacate) y el reposo que impera en la ciudad, donde mujeres de todos los colores caminan solas por la calle sin que nadie se meta con ellas ni les diga ninguna ordinariez.

    —¿O senhor e español? —pregunta un niño.

    —Argentino, pibe —responde Roberto.

    Es un Brasil, dice el escritor, que conoce tanto de la Argentina como los argentinos del Himalaya. Un país inocente, casi analfabeto. Al respecto le comenta un periodista de “O Jornale”:

    —El día que estos cuarenta millones de hombres lean, Brasil será un peligro.

    El escritor recorre una Río de Janeiro —y esto le llama la atención sobremanera— sin flores. La gente es simpática, servicial y educada. No dicen malas palabras. No hay grafitis obscenos en las paredes. Nadie mira de pesado. No hay compadritos. No hay... ¡ladrones! “¿Qué hago en esta ciudad tranquila, honesta y confiada?”, se pregunta.

    Esperá, Robertinho, esperá: la ciudad de Dios está por venir.

    Los cariocas trabajan de sol a sol, se desloman y luego se van para sus casas. Al atardecer las calles pierden presión, comienzan a languidecer hasta quedar desiertas, un páramo que algún día será invadido por el carnaval y por la idea de una felicidad perpetua, pero ahora es un enorme espacio vacío, un fantasma de 40º. Y en este punto Roberto se empieza a sentir incómodo. Por las noches no tiene nada que hacer y fuma como un poseso. No hay boliches abiertos. Casi no hay teatros. El colchón de la pensión es insufrible. Y así Roberto se va convirtiendo en un argentinófilo, en un porteño, en un juguete rabioso. Ahora es Robertito, un señor irascible que extraña la calle Corrientes y no tiene el más mínimo interés en ver “estatuas, iglesias antiguas y todos los cachivaches del otro siglo. (...) Para nosotros, que tenemos los ojos acostumbrados a la línea de los automóviles, ¡qué diablos nos puede decir un arco o un ábside!”.

    Compara a los brasileños con los argentinos y los uruguayos: “Los países no valen por sus montañas. En Montevideo, que es un país chiquito, he encontrado preocupaciones sociales a granel. Esos uruguayos piensan en el futuro, piensan en una mejor condición social, en qué remedios pueden aplicarse a los defectos sociales y discuten como energúmenos. Aquí no discute nadie. No se enoja nadie. Se vive como en salón”. Y remata con total incorrección: “Eso está muy bien cuando el salón va acompañado de la cocina; pero aquí la cocina la hacen las negras...”.

    Ojo, estos aguafuertes no solo contienen al rabioso Arlt en las apacibles calles cariocas. También incluyen al agudo e irónico observador y escritor. Algunas son piezas de ficción, como el caricaturesco vaivén de dos encargados en un restaurante o el ambiente de la redacción de “O Jornal”, donde Arlt aporrea su Underwood para mandar precisamente estas crónicas: “Tres personajes en coloquio imperceptible conversan con el secretario de Redacción. Son asuntos graves, pero a la muchachada no le importa un pepino; están acostumbrados a tantos asuntos graves, que ya ninguno por su gravedad vale la pena de dejar que se apague un cigarro. Es curioso cómo en las redacciones se acostumbra el individuo a los ‘asuntos graves’. Treinta muertos. ¡Bah!... no es mucho, podrían haber sido muchos más. ¿Se incendió media ciudad? Bueno, podría haberse incendiado toda. ¿Se desmoronó un puente de ferrocarril con un expreso arriba? Para eso están los puentes, para desmoronarse”.

    En otro momento, no sale de su asombro al enterarse de que la esclavitud fue abolida apenas 42 años antes de su llegada a Río, con lo cual, todos los negros que conoció de unos 60 años, fueron esclavos.

    Cansado de todo esto y con melancolía por su país, Roberto Arlt planifica el regreso a Buenos Aires en el novedoso hidroavión. Serán 17 horas de vuelo y al escritor lo asalta un temor: se estrellará. Pero el presentimiento no era para él, era para Carlos Gardel, quien cinco años después moriría en un accidente aéreo en Medellín.

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