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    Obras maestras: 60 años de Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut
    Colaborador en la sección de Cultura

    Sesenta años atrás, cuando Los cuatrocientos golpes irrumpió en el Festival de Cannes de 1959, la conmoción fue considerable. Aquella película, que parecía la obra de un cineasta maduro, de un estilo pulido, era el primer largometraje de un joven de 27 años, un tal François Truffaut, cuya experiencia previa detrás de cámaras se reducía a la realización de dos cortometrajes.

    Truffaut era un nombre nuevo como cineasta, pero no un desconocido en el mundo del cine y, menos aún, en Cannes. El año anterior había sido declarado persona non grata y se lo había excluido del festival a raíz de su polémico y virulento ensayo Una cierta tendencia del cine francés, publicado en Cahiers du Cinéma, donde le daba con un caño a buena parte de los realizadores representantes del cinéma de qualité, a quienes acusaba de “burgueses que hacen cine burgués para burgueses”. Ahora, el enfant terrible de la crítica cinematográfica se alzaba con el premio a la mejor dirección en uno de los festivales de cine más prestigiosos a escala mundial.

    Los cuatrocientos golpes era algo más que una gran película, más que una película bella y luminosa sobre una infancia lóbrega. Los cuatrocientos golpes era una declaración de principios. Truffaut puso en práctica aquello con lo que teorizaba en las páginas de Cahiers, desde donde sostenía que el cine que se hacía en Francia estaba enfermo de una impostada solemnidad y plagado de clichés, un cine estéril y demasiado pendiente del guion. Junto con Truffaut, los Jeunes Turcs que formaban parte de la redacción de Cahiers (Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Claude Chabrol) se presentaban como defensores del cine como expresión personal, pregonando como modelos a seguir a algunos realizadores hollywoodenses tachados de comerciales como Howard Hawks o el maestro británico Alfred Hitchcock o a cineastas franceses que nadaban a contracorriente como Jean Renoir y Robert Bresson. Truffaut sostenía que solo la crisis salvaría al cine francés, pugnaba por la necesidad de filmar algo nuevo, “con otro espíritu y otros métodos”. Y eso fue precisamente lo que hizo con su primer largometraje. Con un equipo reducido salió a la calle, fuera de los estudios, y rodó en escenarios naturales; no adaptó ningún título clásico o de prestigio, contó una historia pequeña aunque sustanciosa, una historia que conocía muy bien: la de su propia infancia, con algunos ligeros retoques.

    El relato transcurre en París, en la década de 1960, y sigue los pasos de Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud, de 13 años, que nunca había actuado en cine), un niño que vive junto con su madre y su padrastro, quienes no le prestan demasiada atención ni le ofrecen muestras de cariño. Antoine falta al colegio junto a su amigo René (Patrick Auffay), con quien se mete en el cine a ver películas. También falsifica justificaciones y miente descaradamente. Una de sus mentiras es tan disparatada que no se sostiene durante mucho tiempo y Antoine acaba siendo doblemente castigado: tanto por sus progenitores como por su maestro. De espíritu rebelde e inquieto, Antoine encuentra refugio en el cine y en la lectura de Balzac (llega a construirle una especie de altar, provocando un accidente doméstico). Las cosas irán de mal en peor para Antoine cuando decide irse de su casa y dar los cuatrocientos golpes, expresión que en francés refiere a “hacer travesuras” o “meterse en problemas”. Sale a buscar su lugar en el mundo, y la experiencia implicará vivir al margen, robando, mintiendo y huyendo, pasando la noche en una comisaría entre criminales y prostitutas, y finalmente en un correccional para jóvenes delincuentes.

    La película, que tiene una de las partituras más bellas que se hayan compuesto para cine, salta entre la excitación y la melancolía, manteniéndose siempre vital y luminosa, hasta llegar a un final sublime que se abre a diversas interpretaciones. La cinta está dedicada “a la memoria de André Bazin”, uno de los fundadores de Cahiers, que falleció en la misma noche en que se inició el rodaje. Bazin fue una figura paternal que lo rescató no una sino dos veces (primero de un correccional, luego de la cárcel, por haber desertado del ejército) y lo impulsó a ejercer la crítica de cine. No es un dato menor: hasta entonces, las dedicatorias eran para los libros, no para las películas. Con este pequeño gesto no solo ofrecía reconocimiento y agradecimiento a quien fue una suerte de padre sustituto. Con esto, Truffaut también estaba diciendo que la película era una obra personal.

    Nacido en París en 1932, hijo de Janine de Monferrand y de padre desconocido, recibió el apellido del esposo de su madre, Roland Truffaut. Vivió un tiempo en la casa de sus abuelos maternos, donde había una rígida disciplina y también una abuela que le inculcó el amor por la música y la literatura. Luego, ya en la casa de sus padres, miente y falta al colegio, prefiere la lectura de Dumas y Balzac, Tolstoi y Proust. Y cada vez que puede se mete en una sala de cine. Sus primeras 200 películas las vio, según sus palabras, “en situación de clandestinidad, faltando a clases y entrando en las salas de cine sin pagar”, por la salida de emergencia o por las ventanas de los baños. A los 14 años abandonó definitivamente los estudios, decidido a tener una formación autodidacta pero disciplinada: su idea era ver tres películas al día y leer tres libros por semana. Y así se pasó horas en la cinemateca francesa y en los cines de barrio. Su pasión por el cine y su descaro fueron tales que a los 16 años creó su propio cineclub, Le Cercle Cinémanie. La leyenda cuenta que, como en un momento lo hace Antoine en Los cuatrocientos golpes, Truffaut robó una máquina de escribir. En su caso, fue para financiar el cineclub y también redactar su boletín. La movida tuvo su costo y terminó preso. Fue rescatado por Bazin, que dirigía un cineclub cuya programación “competía” en horario con la de Truffaut. Bazin lo introdujo en el mundo de la crítica y la teoría cinematográficas, convocándolo luego a escribir en Cahiers. Así comenzó una fructífera producción, que no solo se limitó a los Cuadernos de cine, sino que también incluyó otras publicaciones (France-Observateur, La Parisienne, Le Temps de Paris, Arts, Radio-Cinéma-Télévision). En poco tiempo publicó centenares de artículos y entrevistó y se hizo amigo de directores que admiraba como Renoir, Max Ophuls y Roberto Rossellini. Tiempo después, ya establecido como cineasta, mantuvo una serie de entrevistas con otro de sus artistas más admirados, el autor por excelencia, Alfred Hitchcock, experiencia que acabó materializándose en un libro clave, El cine según Hitchcock.

    El paso a la dirección

    En mayo de 1957, Truffaut escribía en Arts: “El cine del mañana me parece incluso más personal que una novela individual y autobiográfica, como una confesión o un diario. Los jóvenes directores se expresarán en primera persona y relatarán lo que les ha ocurrido: puede ser la historia de su primer amor o del más reciente; de su despertar político; la historia de un viaje, una enfermedad, su servicio militar, su matrimonio, sus últimas vacaciones… y se va a disfrutar porque será verdadero y nuevo…”. En setiembre de 1958, después de haber rodado dos cortos, puso un anuncio en el periódico France-Soir con el fin de encontrar un niño de 13 años que representara al protagonista del que sería su primer largo, Los cuatrocientos golpes. Cuenta Truffaut en el prefacio de The adventures of Antoine Doinel (1971) que “se presentaron unos sesenta y les hice pruebas en dieciséis milímetros a todos; me limité a hacerles preguntas sencillas, con la intención de encontrar un parecido más moral que físico con el niño que yo creía haber sido”. Léaud, hijo de un asistente de guionista y de una actriz, al parecer no era buen estudiante y tenía un carácter inestable. Según recordó el realizador, el chico “quería el papel con todas sus fuerzas; se esforzaba en parecer relajado y bromista, pero en realidad estaba terriblemente nervioso y de este primer encuentro me llevé una impresión de ansiedad e intensidad. (…) Jean-Pierre era, al igual que Antoine, solitario, antisocial y rebelde, pero, como adolescente, tenía mejor salud y a menudo se mostraba desvergonzado”.

    Cuando se inició el rodaje, el niño se convirtió de forma natural en una especie de colaborador del director. “Espontáneamente encontraba los gestos adecuados, rectificaba el texto cuando era necesario, y yo lo animaba a utilizar palabras de su vocabulario”, recordó el director y también actor francés. “Observábamos las primeras pruebas en una pequeña sala que tenía quince o veinte butacas y, por eso ¡Jean-Pierre creía que la película nunca sería proyectada en las grandes salas de cine normales! Cuando vio acabada la película, Jean-Pierre, que no había dejado de reírse durante todo el rodaje, prorrumpió en sollozos. Reconoció un poco su propia historia detrás de esa historia que había sido la mía”.

    Así fue cómo se fue gestando una relación que duró hasta el fin de los días del cineasta. Es que la historia de Antoine no termina con esa escena frente al mar con la que finaliza la película, sino que se sigue contando en otras piezas que dan cuenta de los enredos y los naufragios románticos de su adolescencia y su juventud, de los avatares en las trincheras de la vida adulta, durante y después del matrimonio, la llegada de los hijos y el divorcio (en Antoine y Colette, uno de los cortos de El amor a los 20 años, y en las películas La hora del amor, Domicilio conyugal y El amor en fuga), piezas donde la colaboración entre ambos se fue fortaleciendo y donde lo autobiográfico se fue presentando de una manera más diluida. De todos modos, la relación entre el director y su actor trascendió a Antoine, y Léaud también participó y compartió escenas en otros títulos de Truffaut (La noche americana, Las dos inglesas) y se convirtió en uno de los rostros de la nouvelle vague, la corriente rupturista del cine francés que se inició, precisamente, con Los cuatrocientos golpes.

    Truffaut tenía planeado hacer 30 películas y luego dedicarse a la literatura. No le alcanzó el tiempo. Falleció a los 52 años, el 21 de octubre de 1984. Años antes, a través de su personaje, un director de cine en La noche americana (1973), decía lo siguiente: “La gente como tú y como yo estamos hechas para ser felices en el trabajo, haciendo cine”. Por lo visto, así fue.

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