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    Un mirón épico y poco confiable

    El motel del voyeur, último y polémico libro de Gay Talese

    A un gran periodista le llega una historia jugosa, muy jugosa, que involucra a un hombre adicto a una práctica ilegal. Dueño de un motel en Aurora, Colorado, este hombre había instalado un falso sistema de ventilación por el que podía mirar y escuchar a sus huéspedes cuando estaban en sus habitaciones. A pesar del interés por la historia, el periodista deja pasar más de treinta años antes de difundirla porque el voyeur del motel había sido testigo de un crimen que nunca denunció. Es que de hacerlo se hubiera descubierto su mirador secreto. Entonces, ambos esperaron a que el delito prescribiera para publicarla.

    Este es el origen de El motel del voyeur, último libro del periodista Gay Talese (Nueva Jersey, 1932), un referente del periodismo narrativo, cultor de una “literatura de la realidad”, como él define su obra en el ensayo Orígenes de un escritor de no ficción. Talese ha dejado libros memorables como Honrarás a tu padre (1971), sobre los Bonanno, una de las cinco familias mafiosas de Nueva York, que luego inspiró la serie Los Soprano, o Retratos y encuentros (2003), en el que aparecen maravillosos perfiles de Hemingway, Sinatra o Fidel Castro, entre otros. Es comprensible que la aparición de un nuevo título del ahora octogenario maestro despertara grandes expectativas.

    Sin embargo, el interés en este libro no estuvo centrado solo en su tema y en su curioso protagonista, sino en los criterios periodísticos que usó, o que ignoró, Talese. Es que El motel del voyeur (Alfaguara, 2017) es un relato atractivo y al mismo tiempo cuestionable en cuanto a su autenticidad. Pero antes de ir a la polémica, conviene detenerse en Gerald Foos, el voyeur.

    En enero de 1980, Foos —un hombre de Denver, hijo de granjeros— contactó por carta a Talese al enterarse de que estaba por publicar La mujer de tu prójimo (1981), una investigación sobre el comportamiento sexual de los norteamericanos en el siglo XX. “Me considero poseedor de una importante información que podría formar parte de ese libro o de otro futuro”, le anunciaba Foos en la carta.

    Luego le contaba sobre su motel de veintiuna habitaciones y el sistema que había instalado para observar a quienes allí se instalaban. “Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de ‘cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio’”, confiesa Foos.

    Ese mismo año, Talese viajó a Denver y conoció el motel Manor House y su sofisticado entrepiso donde estaba el puesto de observación de Foos. Incluso, el periodista se prestó a fisgonear con el hotelero a una pareja mientras mantenía relaciones sexuales. En esa ocasión, el voyeur le contó sobre el origen de su adicción, que se remontaba a su infancia, cuando miraba a su tía desnuda por la ventana. Talese también conoció a Donna, la esposa de Foos, quien estaba al tanto de su condición y a veces lo acompañaba en sus observaciones.

    Foos le pidió a Talese que firmara un documento en el que se comprometía a no difundir su nombre hasta que él le diera su consentimiento. Después de aquel encuentro, el periodista siguió recibiendo más información sobre su historia y sobre el minucioso registro que Foos llevaba, titulado Diario de un voyeur, cuyo manuscrito le fue enviando de a poco por correo. De vez en cuando, Talese y Foos se comunicaban por teléfono.

    Lo más interesante en El motel del voyeur es el perfil que va surgiendo de Foos a través de sus propias palabras. Él estaba convencido de que sus observaciones y reflexiones tenían gran valor, como si fueran parte de un experimento para un tratado sociológico. Lo curioso es que este hotelero que violó la intimidad y la confianza de cientos de personas, se sentía con la superioridad moral como para juzgar el comportamiento de sus huéspedes: “Esta es la vida real. ¡Esta es la gente real!”, anota en su diario tras ver cómo trata sexualmente un hombre a su pareja. “Si nuestra sociedad tuviera la oportunidad de ser voyeur por un día, abordaría la vida de manera muy distinta a como lo hace ahora”.

    El hotelero llegó a observar “doscientos noventa y seis huéspedes sexualmente activos”, dice Talese en su libro, en el que transcribe partes del diario del voyeur sin omitir ninguna descripción por más aberrante o incómoda que sea. Así aparece cómo un hombre mantiene relaciones con el peluche de su hijo, o un adolescente tiene sexo con su hermana menor mientras sus padres no están, o una religiosa se masturba.

    Además de espiarlos, Foos les ponía “trampas” a sus huéspedes. Por ejemplo, les hacía creer que alguien había dejado un maletín lleno de dinero en alguna habitación. Luego observaba cómo se comportaban quienes lo encontraban y anotaba sus reflexiones sobre la condición humana. Según él, salvo alguna excepción, siempre pasaba lo mismo: todos abrían el maletín y nadie lo devolvía.

    Una de las anécdotas más terribles que cuenta Foos es la del asesinato de una mujer que ocurrió mientras él estaba espiando. El hotelero no lo evitó y llamó a la Policía al otro día. Talese asegura que no consiguió confirmar ese asesinato en los archivos policiales, y lo atribuyó a “incongruencias” en los registros públicos. Ahí ya habían comenzado los problemas de Talese, que solo tuvo como única fuente de información el relato de Foos.

    Un adelanto de El motel del voyeur se publicó primero en la revista The New Yorker, y fue como un aguijón para los medios. Poco antes de publicarse el libro en Estados Unidos, en julio de 2016, el diario The Washington Post hizo lo que tendría que haber hecho Talese: investigó si Foos había sido dueño del motel durante todo el tiempo que aseguraba haber espiado a las parejas. Los periodistas descubrieron que en 1980, luego de que Talese estuviera en el lugar, Foos había vendido el motel y que el nuevo dueño lo había reformado, por lo tanto el famoso mirador había desaparecido. Posteriormente, Foos lo volvió a comprar y lo vendió definitivamente en 1995. Esto lo terminó aclarando el escritor en la segunda edición del libro y aparece en la reciente versión en español.

    “Como ya dejé claro en la primera edición de este libro, Foos era un narrador inexacto y poco fiable, pero sin duda fue un voyeur épico”, afirma Talese en su aclaración en la que también confirma que todo lo que cuenta Foos sucedió antes de 1980 y antes de la primera venta del motel.

    En conclusión, El motel del voyeur no es el mejor libro para conocer a Talese. Además de los problemas de veracidad, es un relato algo monótono y con altibajos, tal vez porque cada tanto se pierde la narración del periodista para dar paso a la poco elaborada pluma del voyeur. De todos modos, el libro deja algunas enseñanzas para quienes se hospedan en moteles: hay que desconfiar de los sistemas de ventilación, hay que tratar de no tocar los cubrecamas porque la gente les da un uso insospechado y hay que cerciorarse de la limpieza de las piletas de los baños: los hombres les dan un uso también insospechado. Además de todo, el libro es una excelente excusa para discutir sobre el periodismo y sus límites. Hay mucho para agradecerle a Gay Talese.

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