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Si a la obra del estudio Marvel se la debe considerar un parque de diversiones, como lo sentenció el director Martin Scorsese, entonces su atracción más flamante en el año ha sido inaugurada de manera oficial. Con su primera temporada recientemente finalizada, la serie Loki logró el cometido detrás de la llegada del gigante de Disney al streaming, que es trasladar su narrativa fantástica y de entretenimiento familiar, arraigada en la comedia y la acción, en un relato contenido pero con la capacidad de amalgamarse al verdadero motivo de Marvel: que nada nunca se termine.
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Quién mejor para liderar el eterno retorno del estudio cinematográfico más taquillero de la última década que el personaje Loki, la más astuta, engañosa y carismática de las reinterpretaciones de Marvel de la mitología nórdica en la que Stan Lee y Jack Kirby se basaron para crear sus historietas en la década de 1960. Como lo resumió el escritor británico Neil Gaiman en su libro Mitos nórdicos (Ediciones Destino, 2017), Loki es quien hace del mundo un lugar más interesante pero, también, menos seguro.
Entre las apuestas que Marvel tomó para expandir su producción más allá del cine, Loki parecía de las más sólidas desde el comienzo. El villano interpretado por el actor inglés Tom Hiddleston, quien combina arrogancia y gracia en igual medida, fue alejado poco a poco del rol del antagonista con el que inició en Thor (2011), bajo la orden de Kenneth Branagh, para posicionarse finalmente bajo un arquetipo más popular y acorde a los tiempos que corren: un antihéroe complejo, con arrepentimientos de su pasado y camino de plena transformación en su futuro.
En su biografía Lecciones del liderazgo creativo (Conecta, 2020) el ex director ejecutivo de The Walt Disney Company, Bob Iger, narra los orígenes de la plataforma Disney+ como un compromiso del conglomerado para “convertirse en un distribuidor” de sus contenidos “directamente a los consumidores, sin intermediarios”. Dos años después de su lanzamiento en Estados Unidos, el futuro de las producciones de Disney es uno dictado no solo por una experiencia multiplataforma, sino también por uno de propiedades intelectuales capaz de combinarse a gusto, ya sea con Los Simpson versionando a los superhéroes de Marvel o mezclando un poco de Star Wars dentro de alguna otra franquicia.
Loki, cuya trama y desenlace se adecúa a esa estrategia comercial del conglomerado, es la tercera serie estrenada por Marvel en Disney+ en 2021. Le antecedieron el drama psicológico Wanda Vision y el suspenso de acción Falcon y el Soldado de Invierno, ambas producciones con resultados mixtos. La primera fue la prueba de lo relegado que fue el talento de Elizabeth Olsen en el cine de Marvel desde 2015, mientras que la segunda nunca logró construir un cambio de mando convincente entre el viejo Capitán América, Chris Evans, y el nuevo, Anthony Mackie.
De todas formas, las dos producciones obtuvieron el pasado martes nominaciones a los Emmy, premios que celebran lo más destacado de la televisión estadounidense. La primera incursión de Marvel Studios en la televisión dio sus frutos con 28 reconocimientos: Wanda Vision obtuvo 23 nominaciones, mientras que Falcon y el Soldado de Invierno consiguió cinco. En total, Disney+ obtuvo 71 nominaciones y The Walt Disney Company, a través de otras señales, 146. Sería esperable que Loki, que no entró dentro de los tiempos de postulación para la ceremonia del próximo setiembre, alcance los mismos resultados en 2022. O, incluso, mejores.
La serie escrita por Michael Waldron y dirigida por Kate Herron diverge del complejo industrial-militar retratado en las misiones heroicas, y usualmente catastróficas, de Los Vengadores, para posicionar a Hiddleston en el medio de la construcción en tiempo real de un antihéroe que debe ser tan excéntrico como encantador.
Hiddleston y el equipo creativo detrás de la serie tenían, además, un desafío extra. Producir una serie sobre Loki, el personaje, significaba recuperar a un villano ya perecido dentro del relato de películas secuenciadas de Marvel y quitarle rápidamente sus mañas. Con un poco de ayuda de la ciencia ficción, un género del que Loki se nutre por completo, el hijo de Odín y hermano de Thor se ve raptado de una línea temporal que lo tenía como el enemigo de Los Vengadores y sujeto a juicio en la Autoridad de Variación Temporal, un organismo dictatorial y burocrático, desprendido de todo tiempo y espacio.
En un peculiar ejercicio Loki es obligado a revisar escenas de su vida pasada y, para su sorpresa, futura, dentro de un “teatro del tiempo”. En su primer episodio la serie cita directamente tomas pasadas del cine de Marvel y las reutiliza en un montaje biográfico ficticio, generando un extraño mundo de retroalimentaciones en que los personajes ven la misma puesta en escena y montaje que nosotros, los espectadores.
La transformación mediante ese peculiar uróboro audiovisual es casi instantánea y hasta creíble gracias a la entrega y diversión de Hiddleston, quien se compromete por completo con la pregunta rectora detrás de Loki: ¿puede uno realmente cambiar lo que es? Esa búsqueda por una identidad mediante el crecimiento personal tomará en la serie una forma dinámica y sencilla de seguir: la caza de Loki de otro Loki, una “variante” que ha estado ocasionando estragos a lo largo de múltiples puntos en el tiempo.
Toda ficción que decida tratar el concepto de viajar en el tiempo debe saber que esa consigna no puede ser establecida sin algunas reglas. En Loki, esas fundamentaciones toman la forma de largos diálogos y gráficos explicativos que actualizan al espectador sobre cada giro o sorpresa en la trama. En Loki se cuenta que una línea del tiempo “sagrada”, a la que pertenecen las películas y demás series de Marvel, se originó tras una batalla entre distintas realidades en donde cada una luchó para tener una supremacía sobre las otras.
La exploración de Loki dentro y fuera de esa línea temporal “sagrada” es, en realidad, una búsqueda por el libre albedrío. El semidios nórdico se ve constantemente en lucha entre dos formas de determinismo, tanto uno externo que le impide tomar acciones que no sean permitidas por la Autoridad de Variación Temporal, como otro interno que tiene que ver con sus propias acciones y la idea de cómo debe actuar, a veces héroe y otras veces villano, ante los dilemas morales.
Eso, al menos, es el conflicto personal que motiva a Loki, una serie con deslumbrantes efectos especiales que si bien no se ajustan al presupuesto que tendría una película de Marvel, sí resultan más vistosos al combinar lo épico con lo cotidiano. La Agencia de Variación Temporal, que le debe mucho a Brazil (1985) y al escritor Douglas Adams, se materializa en una edificación burocrática avasallante, repleta de tecnología analógica y un mobiliario más importado del apartamento de Don Draper en Mad Men.
En ese paisaje que combina el brutalismo londinense y la arquitectura estalinista, Hiddleston se topa con un elenco secundario a la altura. El coprotagonismo de Owen Wilson es simplemente encantador y su personalidad en la serie bien podría haber sido arrastrada directamente de otra ficción de divertimentos temporales como lo es Medianoche en París (2011). Sophia Di Martino, encargada de personificar a una versión femenina y más hosca y de armas tomar que Loki, es un verdadero descubrimiento para el futuro de Marvel.
Hasta ahora, el éxito de los relatos de Marvel en el cine ha sido radicar sus narrativas fantásticas dentro de moldes familiares para el séptimo arte: historias de aventuras, de ciencia ficción y de espionaje protagonizadas por superhombres que combaten al mal. Es lógico, sobre todo si la compañía continúa expandiéndose bajo el legado dejado por Iger, que esa fórmula continúe su traslado en streaming.
Como un tercer intento para Marvel en Disney+, la serie de Waldron y Herronel es el más exitoso y el más prometedor. No solo por su segunda temporada ya anunciada, sino por los propios coletazos que la serie tendrá en el resto de las propiedades intelectuales de la compañía. Marvel y Disney abrieron las puertas a un nuevo rincón de su parque de atracciones: el “multiverso”, una propuesta narrativa compuesta por múltiples líneas temporales y variaciones de sus personajes, que le aseguran varios años más en la cima de la cultura popular. Una montaña rusa sin fin, que puede ser tan entretenida como nauseabunda.