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Es un escritor que no pasa inadvertido. El nombre de David Foenkinos (París, 1974) comenzó a sonar en el ámbito editorial fuera de fronteras a partir de su novela La delicadeza (2009), que ganó diez premios en su país y cuya versión cinematográfica dirigió él mismo con su hermano Stéphane. Después siguieron otros títulos y otros premios y su nombre pasó a integrar la lista de los mejores narradores de la actualidad francesa.
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El éxito de sus novelas no radica solo en sus historias, muchas de ellas originadas en figuras o en hechos reales, sino en que siempre encuentra un ángulo original y atractivo para contarlas. Y además está su estilo. Músico de jazz y licenciado en letras, Foenkinos despliega una exquisita expresividad que combina lo irónico con lo poético, el realismo crudo con la descripción sutil.
Con esta forma de decir escribió Lennon (2010), una biografía novelada sobre uno de sus músicos más admirados, narrada a través de la voz del propio protagonista. Más poética y dramática es Charlotte (2015), un verdadero canto en honor a Charlotte Salomon, pintora alemana asesinada a los 26 años en un campo de concentración.
Su último título no se enfoca en un protagonista, sino en un lugar con muchos protagonistas, algunos reales y otros ficticios. La novela se llama La biblioteca de los libros rechazados (Alfaguara, 2017) y, claro está, tiene como uno de sus escenarios una biblioteca pública en la que ningún escritor quisiera figurar. Se ubica en un pequeño pueblo de Bretaña, llamado Crozon, y su fundador es el bibliotecario Jean-Pierre Gourvec.
A él se le ocurrió la idea de destinar un espacio de la biblioteca para los libros que las editoriales han rechazado y que por lo tanto nunca nadie leyó. La condición para depositar allí los manuscritos es que sus autores los lleven en persona y se lo entreguen al bibliotecario. “En unos diez años, la biblioteca acabó por albergar cerca de mil manuscritos. Jean-Pierre Gourvec se pasaba la vida observándolos y lo fascinaba la fuerza de aquel tesoro inútil”, comenta el narrador.
Claro que solo al bibliotecario le interesa aquel rincón del rechazo. Por eso después de su muerte queda semiabandonado en manos de una mujer pueblerina que había sido su ayudante. Ella admiraba a su jefe porque había convertido “los fracasos de los otros en su propio triunfo”. Con el tiempo, de vez en cuando continuaba llegando algún escritor que con timidez le decía que nadie quería su libro. “Iba corriendo la voz por aquella comunidad de la desilusión”.
Hasta que un día aparece en el lugar Delphine, una joven editora parisina. De visita en la biblioteca con su novio Frédéric, empieza a revisar las estanterías llenas de polvo y de manuscritos olvidados. La pareja se ríe de los títulos ridículos, como La masturbación y el sushi, y de la escritura torpe de sus autores. Sin embargo, uno de aquellos textos llama la atención de la editora: Las últimas horas de una historia de amor, que lleva la firma de un tal Henri Pick. Ella encuentra aquel texto fascinante y se da cuenta de que puede estar frente a una obra maestra.
A partir de allí comienza toda una aventura por Crozon en la que Foenkinos mezcla, con un poco de maldad y otro poco de cariño, personajes graciosos con otros deprimentes, alusiones literarias y varias notas al pie en las que juega con la realidad y la ficción.
La cuestión es que el valioso manuscrito encontrado, que llega a publicarse con total éxito, le cambia la vida al pueblo. A Crozon empiezan a llegar cámaras de televisión y periodistas llenos de preguntas sobre el autor. Porque el gran misterio es Henri Pick. El supuesto autor era el pizzero de Crozon, un hombre ya fallecido que había dedicado su vida a dejar leudar la masa y preparar la salsa, pero nunca a leer o a escribir más que la lista de los mandados.
Los datos sobre el escritor escondido los da su viuda octogenaria, uno de los personajes más logrados de la novela. Esta mujer absolutamente directa y literal, que entiende poco sobre todo lo que está sucediendo, al final se llega a convencer de que aquel hombre serio y distante que era su marido había escrito esa bella historia. La entrevista que le hacen para la televisión es uno de los momentos más divertidos de la novela.
Y después está la mirada irónica de Foenkinos sobre el mundillo editorial y sobre qué lleva a que un libro se publique y tenga éxito. “Hubo otras consecuencias aún más inesperadas. Empezaron a hacerse lenguas de que era una suerte que lo rechazaran a uno. Los editores no siempre tenían razón; Pick era un nuevo ejemplo de ello”, comenta el narrador. Y entonces empiezan a aparecer libros con fajas que dicen, por ejemplo: “La novela que rechazaron 32 veces”.
Por allí deambula un crítico literario que había sido temible en Le Figaro littéraire: “El príncipe de un reino efímero que él pensaba que era eterno”. Pero no fue eterno porque un día cambió el director del periódico y lo despidieron. Entonces el crítico quedó masticando su humillación, hasta que se enteró de la existencia de un libro escrito por un pizzero, y vio su oportunidad para vengarse. Foenkinos también es malvado con los críticos literarios.
Lo más curioso de esta novela no está solo en la trama que inventa el autor, sino en los datos que saca de la realidad y que cuenta al comienzo. Porque realmente existe una biblioteca de libros rechazados en Estados Unidos. Todo empezó cuando en 1971 el escritor norteamericano Richard Brautigan publicó El aborto, una novela en la que aparecía una biblioteca dedicada a los libros rechazados. Brautigan, autor de la época psicodélica, involucrado con el ambiente contracultural sesentista, publicó con mediana suerte algunas novelas y poemas. Pero a partir de los 70, empezó a perder lectores y el interés de las editoriales. Con problemas económicos y depresivos, se suicidó en 1984 en Bolinas, California, con un disparo en la cabeza. Tenía 49 años.
Convertido en un autor de culto, en los años 90 uno de sus seguidores creó la Brautigan Library en Vermont, una librería que solo aceptaba libros rechazados, en alusión a su novela El aborto. Después de algunas mudanzas, hoy se encuentra en Vancouver, Washington.
Como en otras de sus novelas, Foenkinos tiene una gran habilidad para vincular la realidad con la ficción. Pero en especial en esta historia, que tiene como materia literaria la propia literatura, mantiene un admirable equilibrio entre la parodia a escritores, libreros, editores y críticos y el respeto a todos ellos. Abre, además, unas cuantas preguntas sobre el ámbito editorial, los criterios para publicar o no publicar y las estrategias para vender libros. Y todo lo hace con personajes creíbles y una prosa cautivante. El libro que ningún editor podría haber rechazado.