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    Un tributo disonante

    Zitarrosa 80 años, Snarky Puppy y Noel Gallagher

    Montevideo vive un verano musical que seguramente quedará marcado en la memoria. y para todos los gustos. En menos de 40 días pasaron por la ciudad los Rolling Stones, los Wailers, John Cale, Snarky Puppy y Noel Gallagher. Y la semana pasada, 30.000 personas provenientes de todo el país, y unos cuantos de Argentina, se congregaron en el Estadio Centenario para presenciar Zitarrosa 80 años, un homenaje que deparó sensaciones encontradas y que dividió las aguas entre quienes se emocionaron y quienes se sintieron frustrados por una puesta en escena bastante defectuosa.

    Jueves 10 de marzo. El escenario del Teatro Solís está repleto de instrumentos. No toca una orquesta sinfónica, sino una verdadera orquesta de música instrumental, jazz y fusión proveniente de Estados Unidos, llamada Snarky Puppy. Ante esta decena de virtuosos ganadores de varios Grammy y distinguidos por la revista DownBeat como la banda de jazz del 2015, las mil personas que abarrotaron el teatro quedaron estupefactas. Los liderados por el bajista y compositor Michael League demostraron ser un ensamble casi perfecto. Sin casi, el nivel de afiatamiento que exhibieron los dos teclados, guitarra, bajo, batería, dos percusionistas y tres vientos provocó el asombro generalizado y una catarata de ovaciones para temas como Lingus, What About Me?, Sleeper (un verdadero show de teclado con vocoder) y ese himno urbano del siglo XXI llamado Shofukan, con su hipnótico leitmotiv tarareado por toda la audiencia en un final perfecto para una experiencia reveladora y sin dudas inolvidable.

    Cinco días más tarde, el martes 15, el otrora guitarrista y principal compositor de Oasis, Noel Gallagher, entregó con sus High Fliying Birds un recital muy correcto y profesional para unas 3.000 personas en el Teatro de Verano. Junto a una docena de temas de su actual y muy cuidado proyecto, en los que el pop-rock guitarrero es el común denominador, Gallagher mimó al público con algunas de las canciones que llevaron a su banda a la cima de la popularidad mundial dos décadas atrás: Montevideo escuchó de manos y voz de su compositor, Champagne Supernova, Sad Song, The Masterplan y quizá la dupla de oro de Oasis: Wonderwall y Don’t Look Back in Anger. Un show efectivo, tan prolijo como frío, con una buena dosis de nostalgia noventera, muy pocas palabras y no muchas más emociones.

    A Don Alfredo.

    La lluvia del jueves 10 impidió que el homenaje se celebrara el día en que Zitarrosa hubiera cumplido 80 años. El Estadio Centenario recibió a 30.000 personas que dieron un buen marco a un concierto cuya dirección artística estuvo a cargo de Fernando Cabrera, responsable del armado de cada uno de los casi 30 cuadros que desfilaron por el escenario: conjuntos, dúos, tríos y presentaciones corales y orquestales. Cabrera pudo haberse parado bajo los focos y cantado algún tema, pero prefirió quedarse a un costado, cumpliendo su rol de dirección, en un segundo plano. Y en su diseño musical y de orquestación, el homenaje estuvo a la altura del homenajeado.

    Si bien hubo momentos de alto impacto emotivo, que hasta hicieron derramar lágrimas a unos cuantos, como el notable recitado de Guitarra Negra a cargo de Julio Calcagno y Malena Muyala, el problema que opacó en parte el brillo de la música fue la deficiente puesta en escena, que no logró solucionar en buena forma los cambios de ritmo, las pausas y los tiempos muertos que implica un concierto colectivo como este.

    A diferencia del homenaje a Eduardo Mateo que tuvo lugar en febrero en el Sodre, esta vez no hubo un soporte audiovisual de archivo que “rellenara” esas lagunas. En aquel caso fueron grabaciones de Mateo y el Corto Buscaglia. Aquí se podría haber echado mano a los mismos materiales históricos que se proyectaron en la previa, para subsanar esos baches y dotar al espectáculo de un ritmo que no tuvo. Por otra parte, la información en las pantallas fue discontinuada y la segunda mitad del concierto ocurrió sin los necesarios créditos que sustituyeron la presencia de un presentador. El trabajo audiovisual de Verónica Loza fue algo errático y su aporte estético fue bastante escaso. Y para peor, el funcionamiento de las pantallas tuvo varias fallas que generaron la protesta del público ubicado en las tribunas.

    Ahora bien, en escena el panorama fue muy diferente y se apreciaron pasajes de altísimo nivel. En primer lugar, tuvieron un gran desempeño las tres formaciones colectivas: el cuarteto de guitarras encabezado por Eduardo Toto Méndez, el trío de guitarras eléctricas formado por Cabrera, Nico Ibarburu y Guzmán Mendaro, que aportó colores armónicos muy llamativos, y la solvente orquesta de cuerdas dirigida por Fernando Condon.

    Hubo grandes actuaciones como las de Cristina Fernández, Malena Muyala y Maia Castro (sencillamente consagratoria), quienes aportaron mucho a la riqueza emotiva del concierto. Christian Cary se mandó una estupenda versión rockera de Adagio en mi país, que pudo haber estado más cerca del final. Martín Buscaglia y el argentino Lisandro Aristimuño fueron los más arriesgados y vanguardistas con una versión blusera y psicodélica de Los dos criollos. Notable, de lo mejor de la noche.

    La peruana Tania Libertad se lució como una artista de gran talla en Coplas al compadre Juan Miguel, con una voz privilegiada y de enorme expresividad, a sus casi 70 años. Lo mismo la argentina Liliana Herrero, quien hizo gala de su clásica garra para entregarse a la canción. Zitarrosa corrió de su lugar habitual de confort a Jorge Drexler (Stefanie) y Emiliano Brancciari (Si te vas), quienes sorprendieron con interpretaciones en registros poco habituales en su trabajo. Daniel Viglietti y Mario Carrero demostraron su entrega y su sobrado oficio vocal y Braulio López se mostró en su mejor forma, muy seguro, a diferencia de su compañero olimareño Pepe Guerra, quien entregó una versión floja y dubitativa de Décimas de saludo al pueblo argentino. Sería bueno que un señor cantor con su trayectoria pudiera presentarse sin leer la letra. La canción ganaría en emoción.

    Sebastián Teysera no convenció del todo con su errática Doña Soledad. Mucho menos Juan Campodónico con una muy poco afinada A José Artigas, un tema que requería otra voz, la voz de un cantor, no de un vocalista. En cambio, el catalán Joan Manuel Serrat se metió dentro y se adueñó de Recordándote, como si fuera suya, como el gran maestro del escenario que sigue siendo. Otro que cautivó con su voz inmaculada fue Numa Moraes, que conmovió con su Loco Antonio.

    Para el final, a los músicos uruguayos parece que no se les da eso de cantar a coro: Candombe del olvido fue bastante maltratada, gritada y desafinada, al igual que Cuerpo y alma un mes atrás en el final del tributo a Mateo. Para cantar a coro hace falta más ensayo, menos ímpetu individual y más escucha colectiva. Un final muy pobre que no estuvo a la altura de las riquezas y bellezas que deparó la noche.

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