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    Una expresiva primera lectura

    La Filarmónica interpretó la Novena Sinfonía de Beethoven

    La “Novena” de Beethoven es una obra maravillosa y compleja. Su primer movimiento constituye, en sí mismo, un universo musical. El tránsito por el Scherzo y el Adagio es una suerte de tesis y antítesis contrastados, de tensión primero y relajación después, para llegar al Allegro final con coro y solistas que recapitulan lo anterior y que sintetizan y liberan las fuerzas contenidas de pasión, de tragedia y de tristeza y colocan todo en una perspectiva adecuada en la que predomina la exaltación de la mirada profundamente humana del compositor.

    Wilhelm Fürtwangler, el notable director alemán que fue experto en Beethoven, condujo la Novena por primera vez el 26 de abril de 1913 en Lübeck y, por última vez, el 22 de agosto de 1954 en Lucerna, poco antes de morir. A lo largo de su carrera, entregó noventa y dos versiones de la obra, y siempre dijo que aún no había llegado a una definitiva.

    Es necesario explicitar este dato para entender a qué se enfrentaba la Filarmónica de Montevideo cuando abordó, el martes 29 de mayo último en el Solís, la Novena Sinfonía por primera vez en su historia. Lo hizo de la mano de un excelente director, el peruano David del Pino Klinge, que supo guiarla con carisma, vehemencia, dulzura y, sobre todo, con una sobresaliente claridad gestual. Es una tranquilidad para los músicos y un placer para los espectadores tener enfrente a un hombre que con esa prolijidad anuncia lo que quiere de la orquesta en tal o cual sector de instrumentos y ver de inmediato cómo le responden aumentando o disminuyendo el sonido o realizando el rubato justo en el fraseo.

    Del Pino es un profesional de enorme solvencia. Marca con obsesión los planos de sonoridad para los diferentes sectores y señala cuál debe prevalecer sobre otro. Se entrega mientras trabaja y es capaz de saltar en el podio al subrayar un climax del “pathos” en el primer movimiento o gesticular con delicadeza lo que pretende de la orquesta en el Adagio. Sus tiempos son algo más rápidos que los de la escuela alemana. En el uso de los timbales, se reconoce más el golpe filoso y despegado que pedía Toscanini que el asordinado y empastado de los directores alemanes. En suma, es un artista sanguíneo y seguro, con pulso firme y certeza.

    No obstante, cuando al final recogió los aplausos entusiastas de la audiencia, asumió un perfil bajo: se ocupó de señalar uno a uno los músicos que se destacaron en el conjunto, trajo al director del Coro y saludó al público mezclándose entre todo el equipo como uno más, desechando así subirse al podio como actor principal. Esa conjunción de artista con mano férrea y camarada de los músicos es seguramente una de las claves que explican la empatía que se entabla entre él y la orquesta.

    Es que el conjunto le respondió con lo mejor de sí.

    Aunque también padeció algunas limitaciones. Las cuerdas tuvieron cero falta, con notable rendimiento de los primeros y segundos violines en el Adagio y de cellos y contrabajos al iniciar el tema del Cuarto Movimiento. En general, las maderas se desempeñaron muy bien, especialmente en el Scherzo, al que el peruano imprimió un tempo algo vertiginoso. Pero faltó un mayor empaste entre cuerdas y bronces en el Allegro inicial, hubo algunos excesos de sonido de los cornos en los tutti del Scherzo, cierto desbalance marcado hacia los vientos (maderas y bronces) en la reexposición de los temas del Andante y escasas desafinaciones en la fila de bronces.

    En cuanto a los demás participantes, los solistas varones no fueron memorables. De hecho, el barítono Gustavo Balbela fue casi inaudible en su registro más bajo, mientras que el tenor chileno Daniel Ross careció del caudal y del empaque necesarios para la marcialidad de su parte solista. En cambio, Sandra Silvera (soprano) y Graciela Lassner (mezzo), con menor destaque en la partitura, sonaron magníficas en los cuartetos, perfectamente despegadas en medio de la masa orquestal. Por su parte, el Coro preparado por Esteban Louise pisó el escenario helado, con una entrada que debió ser un terremoto y que sonó tímida. Pero de inmediato se recuperó y terminó cumpliendo una gran labor.

    El balance final es altamente positivo. La orquesta no fue un organismo lustroso y perfecto como los que a veces nos visitan de otras latitudes o como muchos que podemos escuchar en las grabaciones de elite. Pero fue algo más importante: un organismo maleable, atento, compenetrado con las exigencias del maestro peruano, que pudo trascender la mera lectura de lo escrito para dar ese paso más allá e ingresar, con enorme dignidad, en el terreno de la verdadera interpretación.

    Ante una primera lectura de la Novena Sinfonía, esto es más de lo que se podía esperar. David del Pino es un invitado de lujo. Y sería bueno que se pensara en él como director estable de la Filarmónica.

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