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    Una jornada electoral sin expectativas que terminó con caras de conformidad en el búnker de la fórmula presidencial blanca

    Las olas embravecidas de un río marrón rompían contra los muros de la escollera y salpicaban de agua y espuma a los pocos autos que pasaban por la rambla de la Ciudad Vieja. Había uno de esos vientos que mueven palmeras y una llovizna insistente, molesta. El domingo no podía ser más gris y este telón no podía ser más adecuado para ambientar el entorno del búnker de los blancos en el Hotel NH Columbia.

    Si en la tarde de las elecciones de octubre —cuando la ilusión de llegar al gobierno estaba intacta— era todo sol y brisa veraniega, el domingo 30 fue exactamente lo contrario. En ambas jornadas el tiempo acompañó los estados de ánimo de los blancos. En el día del balotaje no había militantes que contagiaran entusiasmo, no había banderas, pantalla gigante, jingles saliendo por los altoparlantes, ni estrado armado para discursos. Las vallas, en vez de restringir y ordenar el acceso al hotel estaban acostadas en el piso para evitar que se volaran. Adentro del hotel, unos pocos dirigentes se paseaban por el lobby entre los periodistas que dominaban el lugar, la mayoría agolpados contra la puerta giratoria esperando a ver llegar del otro lado del vidrio al candidato Luis Lacalle Pou para encender sus cámaras y apuntar sus micrófonos. Una pareja de turistas se entretenía mirando el pequeño alboroto desde un sillón. Otra optaba por mirar desde la ventana las olas marrones que seguían chocando contra el cemento.

    “¡Llegó Lacalle!”, gritó uno de los periodistas. Y de inmediato el resto se abalanzó sobre la puerta. “Falsa alarma”, asumió su error el mismo periodista luego de que solo ingresaran algunos dirigentes. Finalmente llegó el candidato. Un tibio aplauso se oyó escaleras arriba, donde estaban algunos técnicos del Partido Nacional. Acompañado de su familia, sereno, dijo que llegaba a esperar los resultados con la “tranquilidad de haber hecho la campaña que quiso”. Fiel hasta el último momento al eslogan de su campaña, ensayó un concepto similar al que enunció el entrenador de la selección de fútbol, Oscar Tabárez, tras conseguir el cuarto puesto en el Mundial de Sudáfrica. “El camino que uno elige para llegar a un lugar es tan importante como el lugar al que se llega”, declaró Lacalle Pou. Luego subió las escaleras y se unió a su comando para esperar la inevitable derrota. Solo restaba saber cuál sería la diferencia con el candidato del oficialismo, Tabaré Vázquez. Pasando la barrera del 40% de los votos, los blancos se daban por satisfechos. Uno de los integrantes del equipo nacionalista definió: “Había una calma tensa”.

    Votando bajo la lluvia.

    En el inicio de su segunda jornada electoral como candidato único del Partido Nacional, Lacalle Pou repitió casi la misma rutina: su vuelta acostumbrada por algunas localidades de Canelones antes de votar en la capital departamental. Bajo una lluvia intensa, salió de su casa en el barrio La Tahona a las nueve y media de la mañana.

    Su primera parada fue Cerrillos. Bajó de su camioneta en un local partidario, se sacó las fotos de rigor con los militantes, se habló del tiempo, de la lluvia que no paraba, de la cantidad de gente que no podría votar en el balotaje. Nada se decía de lo que podría esperarse cuando se abrieran las urnas. No era tema de conversación. No había expectativas, se parecía más a una gira de agradecimiento al final de un proceso que a un día de elecciones. La gira siguió por Aguas Corrientes, Santa Lucía y San Ramón. Empapado, Lacalle Pou salía de los locales e iba saludando militantes a su paso, si alguien le acercaba un paraguas, rechazaba la gentileza. “Sin paraguas, sin paraguas”, repetía bajo la lluvia.

    En un pequeño local de Santa Lucia se encontró con la senadora electa Graciela Bianchi. “Yo vengo a este lugar, por lo menos, desde el año 1999”, le contó el candidato a la ex militante frenteamplista. Bianchi comentó entre risas que un niño de su familia cada vez que veía una bandera del Frente Amplio decía “caca, caca”. Cuando pasaban 20 minutos del mediodía, el candidato llegó hasta el liceo Guadalupe de Canelones para emitir su voto. “Estoy bien tranquilo, toda la campaña la hicimos en el mismo tono, no hablamos mal de nadie, derribamos muros, construimos puentes”, dijo ante los periodistas. Uno de ellos le informó que Vázquez lo había elogiado. “Qué lástima no lo hizo hace 20 días”, respondió Lacalle Pou. Varias de las preguntas pedían su opinión sobre la posibilidad de eliminar la instancia del balotaje, un tema en el que evitó profundizar. “Cuando termine el ruido veremos quién se acuerda de las reformas electorales. Yo no me paro en el medio de un partido de fútbol a ver si es necesario eliminar la ley del off side”, ejemplificó.

    Siguiendo el ritual de cada jornada electoral en la que ha participado, Lacalle Pou se fue a almorzar a la chacra de la familia García en la zona rural. Los anfitriones, amigos desde hace varios años, lo recibieron con pollo, carne y chorizos en la parrilla. “Acá empieza la campaña para el 2019”, anunció el dueño de casa. El almuerzo encontró a Lacalle Pou muy distendido. Estuvo más tiempo de lo habitual, disfrutó la sobremesa hablando de motos y hasta bromeando sobre promesas electorales que por ahora quedarían postergadas. “Miren que no voy a arreglar la ruta 65”, repetía mirando el camino de tierra embarrada que conducía al establecimiento.

    Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando el candidato blanco se fue a descansar a su casa antes de encarar el último tramo del domingo de balotaje.

    El fin de la película.

    Lacalle Pou y su compañero de fórmula, Jorge Larrañaga, esperaron los resultados junto a todo su equipo en el entrepiso del hotel. El clima se acercaba más a la distensión que al nerviosismo. Algunos dirigentes y técnicos miraban los últimos minutos del partido de Barcelona contra Valencia que tenía a Luis Suárez en la cancha.

    Sobre las 20.30, todos los ojos se posaron en el informativo de Canal 4, donde el politólogo Óscar Botinelli aguardaba el fin de la veda para dar los primeros pronósticos a boca de urna. “Yo te firmo el 42% ahora”, comentó uno de los dirigentes mirando la pantalla. Lacalle Pou tomaba mate y se mantenía en silencio. Los primeros resultados mostraron que se pasaba la barrera del 40 %. Hubo caras de alivio, de conformidad. Para la mayoría de los dirigentes se había logrado un final “digno” teniendo en cuenta la baja votación de sus socios colorados en octubre y sus posteriores luchas intestinas que diluyeron las chances de dar verdadera batalla al Frente Amplio.

    Lacalle Pou, Larrañaga y el jefe de campaña Nicolás Martínez se reunieron a solas por unos 20 minutos antes de bajar a dar la conferencia de prensa. Fue en ese ínterin que el ex presidente Luis Alberto Lacalle Herrera abandonó el hotel y por primera vez en la campaña de su hijo hizo declaraciones a los medios. “Creo que Lacalle y Larrañaga se pueden ir a dormir muy tranquilos esta noche porque han mantenido el nivel que el país se merece. No han bajado al agravio, a sembrar odios ni divisiones. Eso el país lo reconoce y es un aporte muy grande. Porque es muy fácil caer en lo otro. Lo difícil es mantenerse en el nivel que la gente merece, de respeto, como se ha mantenido Lacalle”, dijo con un pie a la salida del hotel.

    Al poco rato bajó la fórmula para admitir la derrota y dar el discurso final. El único que habló fue Lacalle Pou. Larrañaga permaneció serio a su lado. Comenzó expresando su solidaridad con la gente que no había podido votar a causa de la lluvia. Felicitó a Vázquez. “Las mayorías deciden, los resultados se acatan y se defienden”, dijo. Sin leer su discurso, agradeció a Larrañaga, al que llamó “compañero y amigo”, dijo que era “partidario de los nacimientos” y anunció que asumiría la “responsabilidad de ser la segunda fuerza partidaria”. Aclaró que se sentía con “ganas” de enfrentar el desafío “no para cinco años, para mañana”.

    A los pocos minutos de terminar su discurso ya estaba frente a la puerta del hotel conversando en tono informal con algunos periodistas. En uno de sus brazos cargaba los abrigos de sus hijos y en el otro el termo y el mate. Esperaba a su esposa Lorena para irse. “Siempre me hace lo mismo”, bromeó mientras miraba de reojo, algo nervioso, a sus hijos que jugaban a dar vueltas en la puerta giratoria. “¡Ey! No, ¿eh? No”, los retó y ellos seguían girando impacientes. “Apurate, papá”, le respondió su hija y le puso así el cierre a la noche lluviosa y a la película que Lacalle Pou imaginó un par de años atrás pero con él como presidente.

    Información Nacional
    2014-12-04T00:00:00

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