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La producción agrícola ganadera uruguaya “en el mercado mundial corre con desventaja”, dijo a Búsqueda el director nacional de Energía, Ramón Méndez. “Somos 3,3 millones, pero producimos alimentos para 28 millones”, explicó. Producir tanta cantidad de alimento hace que las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del sector agrícola sean altas. El sector ganadero “es un fuerte emisor” porque hay “cuatro vacas por habitante”, agregó Méndez.
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Las emisiones de GEI contribuyen al cambio climático y los números altos no son bien vistos por la comunidad internacional. En los últimos años, a nivel comercial las empresas y consumidores han empezado a ver con mejores ojos aquellos que, para llegar a góndola, emiten menos GEI. El ganado emite metano, uno de los GEI, en un proceso conocido como fermentación entérica. El metano es liberado como resultado de un proceso digestivo propio de los rumiantes.
Méndez informó que el gobierno reconoce este problema y el Ministerio de Ganadería trabaja en el tema. “Se está tratando de generar alimentos con la menor intensidad de emisiones posibles por cada kilo de producto generado, con la menor huella de carbono posible”, dijo. Destacó que Uruguay “no está esperando” que Naciones Unidas llegue a acuerdos vinculantes sobre medidas para combatir el cambio climático y ya está realizando acciones para “desarrollar una nueva economía baja en carbono”.
La Conferencia de las Partes (COP) sobre Cambio Climático que se realizará en París en diciembre de 2015 debería tener como resultado un compromiso vinculante de reducción de GEI a nivel mundial.
Méndez, que participó de la última COP de diciembre de 2014 en Lima, planteó allí el problema del agro. Durante una de las reuniones moderadas por el danés Yvo de Boer, jefe de negociación y responsable por el acuerdo final de la COP 15 realizada en diciembre de 2009 en Copenhague, Méndez planteó una alternativa para los países como Uruguay —que emiten GEI y producen grandes cantidades de alimentos que luego consumen otros países—.
“El mundo necesita alimentos. A un país productor de alimentos que hoy produce para 10 veces más su población y por eso genera GEI” no se le debería cargar la responsabilidad total de estas emisiones, planteó Méndez. “Si un país precisa los alimentos y los consume, quizá tiene también que cargar con la huella” (la responsabilidad por esas emisiones generadas), argumentó. Con esta forma de contabilizar “puede que, de forma indirecta, se termine reduciendo la carga de emisiones que se le achaca” a Uruguay, dijo el director de Energía.
De Boer destacó que Uruguay es un país “a mirar” y se comprometió “a llevar e impulsar fuertemente” el planteo de Méndez en las mesas de negociación. “Se precisan ideas para ver cómo llegamos a acuerdos”, destacó Méndez.
Multinacional.
El mundo globalizado complejiza los temas ambientales, planteó Darla Munroe, profesora asociada del Departamento de Geografía de la Universidad estatal de Ohio.
“La multinacionalidad hace que la sustentabilidad sea mucho más complicada de cuantificar y regular (ya sea mediante soluciones de mercado o no). Nuestros métodos tradicionales de contabilizarlo que incluyen el carbono, no son adecuados para el mundo globalizado. Por ejemplo, puedo comprar muebles en Estados Unidos fabricados en China con madera de Indonesia. El consumidor no sabe de las implicancias en la biodiversidad y el gasto de carbono del producto que compra”, dijo Munroe a Búsqueda.
En el mundo globalizado las cosas se producen en un lugar y se suelen consumir en otro y las responsabilidades se comparten. Estados Unidos sumó tres millones de hectáreas de bosques entre 1990 y 2010, algo que “parecería una gran ganancia ambiental”, pero la verdadera pregunta detrás del dato es cómo se llegó a ese número, cuestionó Munroe.
“La reforestación en Estados Unidos pudo haber ocurrido a expensas del bosque de otro país. No hay ganancia ambiental para el mundo si estamos salvando los árboles aquí y comprando papel que producen otros árboles en otra parte del mundo. Este es solo un ejemplo de cuán complejo e interconectado es el mundo y cuán difícil es estudiar la sustentabilidad e identificar quiénes ganan y quiénes pierden” argumentó Munroe. La investigadora disertó sobre este tema el viernes durante la reunión anual de la de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en Estados Unidos, según difundió el servicio “Eurekalert!”.
“Debemos entender las conexiones que ocurren en todo el mundo cuando hablamos del uso de la tierra”, dijo Munroe, y señaló como ejemplo el agronegocio. Una compañía china de alimentos necesita grandes cantidades de soja, evalúa los precios internacionales y determina a qué parte del mundo le compra. “La decisión podría explicar por qué miles de hectáreas están siendo deforestadas o transformadas en áreas cultivables para hacer espacio”; son “decisiones corporativas que tienen un enorme impacto ambiental”, indicó. “Todo en alguna medida es multinacional ahora, desde el comercio hasta el trabajo de grupos ambientales internacionales”, y “lo global está en lo local, está todo relacionado”, dijo Munroe.
“Seguimos planteando como oposición a la economía y al medioambiente la conservación o la producción, ese es el problema”, opinó Munroe. En el caso de los bosques “el problema principal es que Estados Unidos y Europa diferencian a los bosques para trabajo de los recreacionales”, explicó: “Trabajamos para conservar bosques que luego disfrutamos, pero no pensamos en los bosques que afuera nos proveen de papel, madera y productos agrícolas”.