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La inclusión quirúrgica de probetas en perros para recoger su saliva le valió en 1904 el Nobel de Medicina al fisiólogo ruso Iván Pávlov por sus estudios sobre estímulos y respuestas. Un año antes, a Tomás Alva Edison se le ocurrió fulminar a una elefanta llamada Topsy para atacar públicamente la corriente alterna que impulsaba su rival, Nikola Tesla. Hoy estos experimentos merecerían una condena social unánime.
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No hay que irse tan atrás. El año pasado se viralizó el corto animado Save Ralph, muy gráfico sobre la crueldad sufrida por los conejos en la industria cosmética. Estos animales son testers de productos en sus ojos, abiertos a la fuerza, o en la piel depilada, estirada a más no poder. Es el draize test, cada vez más criticado incluso en la comunidad científica.
“La sociedad no acepta más que se testeen productos en animales”, dijo a Búsqueda el doctor en Genética Humana y Biología Molecular Rodrigo De Vecchi, CEO de Episkin Brasil Biotecnología. El miércoles 30 de noviembre, este especialista brindó una exposición para profesionales de la Universidad de la República en el Hospital de Clínicas sobre la aplicación de métodos alternativos al uso de animales, concretamente sobre la llamada “piel sintética”. El evento fue organizado por el propio Hospital de Clínicas y la cosmética L’Oreal, de la que Episkin es subsidiaria.
Si bien la piel sintética puede tener aplicación médica (trasplantes e injertos), el foco de Episkin está puesto en el reemplazo de animales en la investigación. Esto es aplicable a muchas industrias: la médica, la farmacéutica, la cosmética, la veterinaria y más.
Los tejidos sintéticos se desarrollan a partir de células primarias, queratinocitos epidérmicos, producto de fragmentos de piel extraídos de cirugías plásticas previamente donados para investigación. Estas células son almacenadas en nitrógeno líquido a menos de 200 °C. Finalmente el cultivo se realiza durante 17 días sobre una membrana de policarbonato hasta que se forman ocho capas de piel, lo que configura un tejido tridimensional.
“Lo que se obtiene es piel y córnea humanas, que son distintas a las animales, con una fisiología muy diferente. Y si lo que se extraen son melanocitos (otra célula epitelial), se genera un tejido ideal para testear productos de protección solar”, explicó De Vecchi. Todos estos modelos ya fueron probados y aceptados en todos los países miembros de la Organización y Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE).
Además de todos estos fines, hay un objetivo comercial. En 2019 L’Oreal (que desarrolló en 1979 el primer modelo de piel humana reconstruida y 10 años después dejó de testear en animales) abrió la sede regional de Episkin en Río de Janeiro. “Desde acá, hacemos una producción que puede abastecer a todo Brasil y ahora exportamos”, contó.
Aún no tienen demanda de Uruguay, que recién está dando algunos primeros pasos en esa línea de trabajo. Cada unidad de piel sintética, aproximadamente medio centímetro cuadrado, tiene un costo de 400 reales, unos sesenta dólares.
70.000 animales
La Unión Europea prohibió en 2004 la experimentación de productos cosméticos en animales, en 2009 extendió la medida a los ingredientes de esos cosméticos y desde 2013 directamente se prohíbe la venta de productos testeados en animales. Para entonces una normativa similar ya regía en el Reino Unido. La tendencia está llegando a la región, con Colombia (2020) y México (2021) sumándose a los más de 40 países con esta prohibición. Lo mismo ocurre en varios Estados de Brasil.
Si bien cada vez hay más voces que piden que esto se extienda a todas las áreas de la investigación científica —el propio De Vecchi, que tiene un título de grado y posgrado en Farmacología, es de la idea de que “en toda investigación hay métodos alternativos al uso de animales”—, este extremo es más complejo. Hay consenso mundial en que el desarrollo científico aún no permite el reemplazo absoluto de los seres vivos. En su lugar, se aplica el concepto de las 3R: reemplazo, reducción y refinamiento. Traducido, esto es reemplazar el uso de animales cuando se puede, reducir la cantidad si lo anterior es imposible y refinar el procedimiento empleado para causar el menor sufrimiento.
En Uruguay, la Ley 18.611 de 2009 creó la Comisión Nacional de Experimentación Animal (CNEA). Su presidente, Martín Breijo, dijo a Búsqueda que en el país se utilizan 70.000 animales al año para investigación médica, veterinaria, científica o docencia. Esto es una estimación, ya que “hay elementos reglamentarios que impiden recabar información de las instituciones” que tienen registradas, unas 25 en total. Las ratas y los ratones son los más utilizados, pero también se emplean peces, ovinos, bovinos y cerdos.
El uso de métodos alternativos ya está en el radar, por más que no se avanza todo lo rápido que se desearía. En 2018, el propio De Vecchi realizó un curso en el Institut Pasteur de Montevideo. “Después del curso arrancamos con los ensayos, pero después la cosa se enfrió. Hacía falta energía, gente y presupuesto. Luego vino la pandemia y se complicó más”, dijo un especialista en biotecnología de esa institución. Para el 2023 el Pasteur se propone contar al menos con un investigador dedicado al tema.
Más allá de evoluciones tecnológicas y discusiones éticas, el uso de animales en la ciencia será necesario por mucho tiempo más. En diciembre pasado, la Confederación de Sociedades Científicas de España (Cosce) señaló, tajantemente, que sin la experimentación en animales no habría existido ninguna vacuna contra el coronavirus.
Pasos iniciales
El 21 de diciembre se inaugura en un ala del quinto piso del Clínicas el Centro de Producción de Terapias Avanzadas (Ceprotea). Este es un proyecto conjunto de la Udelar y el Ministerio de Salud Pública que data de 2018. “Será la primera planta que pueda producir aquí medicamentos biológicos en áreas avanzadas. Y una de las áreas a desarrollar será la de la piel sintética”, dijo a Búsqueda la médica hematóloga y docente Cristina Touriño, una de sus responsables.
Hay otros proyectos relacionados, como el Centro NanoMat, de la Facultad de Química de la Udelar, que funciona en el Polo Tecnológico de Pando. Ahí se analiza profundizar en alternativas como la piel sintética o los llamados organs-on-chips, cultivos celulares que simulan órganos vivos apelando a la tecnología de microfluidos, explicó el decano Álvaro Mombrú, uno de los asistentes a la conferencia de De Vecchi. Hace un mes Uruguay acordó con China el establecimiento de un laboratorio de Bio Nano-Farma que también trabajará en estos temas, bajo la órbita de esta facultad.
Por ahora son pasos iniciales. “Aún estamos en una etapa previa, muy lejos de una producción. Hacia ahí vamos, pero es un norte todavía lejano”, afirmó Mombrú.