Calvo no puede encontrar otra cosa que efectos positivos a la ola de inmigración que desemboca en Uruguay: hay un rejuvenecimiento de la estructura por edades de la población, aporta personas en edades activas, el perfil educativo de los inmigrantes es en la media superior al uruguayo, hay un incremento de la diversidad, argumenta. “No veo ninguna amenaza. Más bien por el contrario. La literatura demográfico- económica es totalmente contundente: los beneficios en la economía superan largamente los eventuales costos que puedan llegar a generar”. Dice que la amenaza mayor, en todo caso, es el rechazo por cuestiones de xenofobia y racismo. No es el caso del Uruguay, aclara. “No hay sector político que use esto como discurso de odio para generar caudal electoral como sí ocurre en otras partes del mundo”.
La consultora Equipos difundió hace pocos días una encuesta en la que se revelan algunas de las miradas de los uruguayos ante los inmigrantes. El 35% de los consultados tuvieron una opiniaron “positiva o muy positiva” sobre el impacto de la inmigración en Uruguay; el 33% exhibió una visión “negativa o muy negativa”; el 29% tuvo una opinión neutra, y el 3% no supo o no quiso responder. El 35% de los consultados opinó que la migración ayuda a crear empleos, y el 34% dijo que los inmigrantes vienen por trabajos que corresponden a los uruguayos.
¿Quién dijo caro?
Jessica Ferrer tiene 45 años y es odontóloga. Llegó hace dos meses a Montevideo desde Caracas. Vino con su esposo, Alexis, que es administrador, y sus dos hijos: Camila, de 14 años y Rodrigo, de 6. ¿Por qué Uruguay? Primero, por la necesidad de salir de Venezuela. Su esposo había hecho contacto vía Linkedin con una multinacional con sede local y entonces empezaron a investigar el país. Ella se encargó de la parte educativa y se “enamoró” de un colegio con una propuesta interesante en Montevideo. A partir de eso eligieron el barrio donde iban a vivir: Atahualpa, donde está ubicado el colegio. Sabían que era un país caro. “Pero a veces el salario compensa los gastos cuando trabajan los dos. Se puede vivir. No es comparativo con la hiperinflación que vivíamos en Venezuela. En Venezuela no hay salario que pueda mantener los costos de vida”, señala Jessica.
Mirándolo así, no le parece “tan caro” vivir en Uruguay. Y menos si se pone a comparar con su realidad de hasta mediados de octubre. “En Venezuela, con tres o cuatro salarios no alcanza. Los servicios en Venezuela son un regalo, pero no funcionan. De modo que si aquí los servicios son costosos, tienes la contraparte de que al menos son servicios que funcionan sobre la demanda”, argumenta.
De enero a noviembre de 2018 se tramitaron 5.261 residencias de ciudadanos de Venezuela en Cancillería. Los números están muy despegados del resto de los países de la región.
Dice que no tiene nada de qué quejarse. No hubo mayores trabas burocráticas, los papeles salieron rápido, su esposo y ella tienen trabajo, sus hijos, el cupo en el colegio. “Los uruguayos han sido muy amables, gentiles, solidarios, colaboradores, generosos”, se entusiasma. La idea de venirse de Venezuela la tomaron en noviembre de 2017. Y llegaron en octubre. El proceso les llevó once meses. Desde la toma de decisión hasta la llegada al país. Manejaron algún otro destino, pero no terminaba de convencerlos. Por ejemplo, Chile estaba en los planes, pero los sismos que hay allá y no hay acá, terminaron torciendo la decisión.
A Iván Cabrera, cubano de 33 años, lo trajeron al Uruguay las “facilidades migratorias” que tiene. Fue una elección más bien por descarte. Pero en una semana ya tenía la cédula, dice. Llegó hace un año y cuatro meses en calidad de refugiado —la mayoría de los cubanos vienen así para sortear más rápido los trámites burocráticos— y luego de alternar en varios trabajos, hoy se desempeña como seguridad en una casa de ropa en Pocitos. En Cuba dejó un puesto como técnico de rayos x en el aeropuerto. ¿Es caro vivir en Uruguay? Iván dice que sí, pero no para los cubanos acostumbrados a vivir con lo justo. “El cubano no es una persona ostentosa. Es una persona conformista que con poco sobrevivimos y vivimos como personas, que es lo único que nos hace falta. Los cubanos, con poco, hacemos bastante”, afirma.
Vivió en una pensión “bastante buena” y ahora cuenta con entusiasmo que logró alquilar su propio departamento. Pero sobre el final de la charla se le derrumba un poco el discurso sobre lo caro, lo barato y la frugalidad de los cubanos. “Cuando les cuento a mi familia en Estados Unidos que tengo que gastar unos 130 dólares en comida para mí solo, porque hago ejercicios y me gusta comer bien, no lo pueden creer. Allá con esa plata comen dos y les sobra”, se ríe Iván.
El músculo que vuelve y el récord de inmigrantes
En Cancillería y también en la academia destacan que Uruguay está bien preparado para enfrentar esta ola migratoria. Al menos en los papeles. Muiño subraya que el país posee una normativa nacional migratoria que es “innovadora” y que tiene como finalidad la regularización de todas aquellas personas que eligen a Uruguay para residir. “Una de las virtudes que tiene nuestro país es que las personas pueden cambiar su categoría migratoria (de turistas a residentes temporarios o permanentes) sin tener la necesidad de salir del territorio”. Y desde el punto de vista del proceso de regularización, se resalta para las personas extra-Mercosur el plan de respuesta rápida. “Se trata de la obtención, al inicio del trámite de residencia permanente, de un documento de identidad provisoria”, explica. Para las personas pertenecientes al Mercosur y familiares de uruguayos extranjeros, existe la Ley Nº 19.254, la cual da la posibilidad de iniciar la residencia permanente de forma gratuita y al inicio se le entrega un certificado para obtener un documento provisorio. Si la documentación y la información de seguridad son correctas, en cuarenta o cincuenta días se otorga la residencia.
Para el jerarca de Cancillería, este sistema de regularización posibilita que no exista un número elevado de personas migrantes sin documentos nacionales Y eso lleva a tener de “los estándares de regularización más altos del mundo”.
También hay migrantes que están haciendo la solicitud de su residencia y pueden calificar para un trabajo nacional con su documento, de acuerdo con lo estipulado en el artículo 31 del decreto 278/2017. Y además, Uruguay ratificó recientemente un Pacto Mundial para una migración, segura, ordenada y regular, subraya Muiño.
Para Calvo, del Fondo de Población de Naciones Unidas, Uruguay tiene un cuerpo normativo “moderno y comprensivo”. Pero todo requiere de una implementación ágil. “Se había perdido un poco el músculo sobre cómo recibir migrantes. Este músculo no se activa inmediatamente. Pero ha comenzado la respuesta. No solo desde Cancillería. También el Ministerio de Trabajo, Ministerio de Desarrollo, la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, el Ministerio de Salud. Hay que profundizar para que en la práctica ese marco legal no tenga una brecha de implementación”, recomienda Calvo.
Muiño mira sus datos y se jacta de que las cosas van saliendo bien. “Este año lo más seguro es que Uruguay volverá a obtener otro récord con relación al número de personas que iniciaron el trámite de residencia”. Al mes de noviembre, entre la Dirección Nacional de Migración (DNM) y la Cancillería, han tramitado 14.348 residencias: 4.115 tramitadas por la DNM y 10.233 por Cancillería. “Este aumento se encontraba dentro de las previsiones al inicio del año”, destaca.
El trabajo es una de las principales áreas afectadas y por eso en la central sindical PIT-CNT no están ajenos. Todas las semanas funciona la comisión Migrantes, donde se pretende integrar los inmigrantes al mundo laboral bajo las condiciones de la legislación local y los convenios acordados en los Consejos de Salarios.
Durante el 2017 la suma de residencias tramitadas fue de 15.103, y “posiblemente” este año ese número se supere, estimándose un aumento del 20%, evalúa el jerarca. “Con el sistema de regularización, Uruguay no tendrá inconvenientes para recibir personas que elijan venir a vivir aquí. Esta acción se encuentra dentro de una política migratoria nacional que tiene como objetivo principal la perspectiva de derechos de las personas migrantes”.
En el Ministerio de Salud Pública se sigue el tema de cerca. Cualquier inmigrante que llega al país tiene atención inmediata en la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) y se procura que tenga las vacunas al día. Los inmigrantes con un año de residencia en el país pueden acceder al servicio de interrupción voluntaria de embarazo.
“Las personas que van llegando no han afectado ni perjudicado los servicios públicos. La amplia mayoría de los migrantes que llegan a Uruguay se insertan rápidamente al mercado de trabajo, ya que los mismos oscilan entre los 18 y los 40 años”, señala Muiño. “La rápida inserción lleva a que, desde el punto de vista de la seguridad social, se pueda brindar un servicio en salud, pero también aporten económicamente de la misma forma que los nacionales”. Tampoco se pueden vislumbrar efectos o desbordes en relación con la educación. El número de menores que llegan es sensiblemente inferior a la cantidad de adultos que vienen a residir al país.
El trabajo es una de las principales áreas afectadas y por eso en la central sindical PIT-CNT no están ajenos. Todas las semanas funciona la comisión Migrantes, donde se pretende integrar los inmigrantes al mundo laboral bajo las condiciones de la legislación local y los convenios acordados en los Consejos de Salarios. Según un artículo publicado por la diaria, en los primeros meses de trabajo, la comisión llegó a la conclusión de que existen seis grandes sectores donde en mayor medida trabajan los migrantes: la gastronomía, los servicios —empresas de seguridad y agencias de limpieza—, el empleo doméstico, la construcción, la salud privada —fundamentalmente, las casas de salud— y el sector rural.
El padrón demográfico como objetivo
¿Y cómo se para el próximo gobierno frente a este fenómeno? ¿Debe tener en su agenda una política exclusiva para los inmigrantes? Muiño responde. “Cuando se habla de política migratoria, se está refiriendo a una política pública dinámica, eso implica que la normativa y los procedimientos siempre deberán ser interpelados a efectos de realizar un seguimiento permanente de los flujos migratorios que están llegando. El nuevo gobierno deberá formular su nueva política a este respecto”. Sin perjuicio de ello, continúa el jerarca de Cancillería, se vislumbran ciertos elementos que permanecerán en la agenda, tales como la población inmigrante, la población nacional que retorna, la vinculación con los nacionales en el exterior y el trabajo permanente con la población más joven de residentes en Uruguay.
Calvo opina que las políticas de migración deben estar en el marco más general de una política de población y desarrollo. Dice que no hay que considerar la inmigración en forma independiente —más allá de las acciones específicas— sino pensar el país con una mirada demográfica. “Se está trabajando en utilizar los registros administrativos, emular a los países que están más avanzados en estadística demográfica en el mundo. Los que están más desarrollados no realizan censos de población sino que se hace este registro que permite tener en forma permanente una idea más precisa del volumen y las características de la población”.
El proyecto de un padrón demográfico nacional está en elaboración desde hace un par de años en una subcomisión de la Comisión Sectorial de Población. Los modelos de referencia son de países europeos. “Uruguay está siendo pionero al avanzar en esto. Tiene buenos registros administrativos, es pequeño demográficamente. Se han traído expertos de los países nórdicos para asesorarse”, cuenta Calvo y señala que es “promisorio” el avance. “Si hay un país en la región que puede avanzar en esto, es Uruguay. Soy optimista de que en un plazo de cinco a diez años podemos dar este enorme salto de modernización de las estadísticas”, confía el demógrafo.
Con Simón Bolivar en el WhatsApp
Lo cierto es que mientras este y el próximo gobierno ajustan políticas para surfear la ola de la inmigración, los casos se repiten. Y cuando uno los aborda, dejan de ser números, estadística fría en una oficina de migraciones, para ser historias. Lloston Gallardo, ingeniero en Sistemas, 42 años, venezolano, llegó a Uruguay hace cuatro meses. “Lo elegimos entre mi esposa y yo por ser un país pequeño, tranquilo, con una economía estable. Y porque por ser un país de emigrantes, conseguir los papeles fue relativamente fácil y sencillo”, dice a Búsqueda.
En Venezuela se desempeñaba como asesor de sistemas, dando soporte y asesoría a varios clientes en el área de tecnología, software, hardware. Y después de pensarlo por unos dos años, decidió dejar todo y se vino con su mujer, que trabaja para la empresa IBM, y sus dos hijas de nueve y cinco años. En Uruguay todavía no está empleado. Pero pese a que le parece “un poco costoso comparado con los países de la región”, no baja los brazos.
Su foto de perfil de WhatsApp es una bucólica imagen de la estatua del libertador Simón Bolivar en la rambla sur de Montevideo. Y cuando Búsqueda lo contactó por ese medio para que cuente su historia de inmigración, respondió luego de un par de horas: “Disculpe no contesté antes, mi hija tenía el teléfono hablando con sus amigas en Venezuela”.
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