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    Uruguay no participa de ningún monitoreo climático internacional, critica experto

    El último año no ha sido fácil para Uruguay, al haber tenido que atravesar una de las sequías más extremas jamás registradas en su territorio. El fenómeno, además, dejó en evidencia varias falencias del sistema local para hacer frente a este tipo de eventos climáticos, y demostró la necesidad de contar con más recursos especializados. Así lo explicó Marcelo Barreiro, docente grado 5 del Departamento de Ciencias de la Atmósfera de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar) e investigador uruguayo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

    En entrevista con Búsqueda, el experto catalogó a la reciente sequía como un “cisne negro”, es decir, un evento inesperado de gran impacto socioeconómico. “Un evento de esta magnitud es muy difícil de predecir (…). A través de los modelos climáticos que manejamos y de los que están disponibles a nivel mundial, no había forma de predecir qué iba a pasar con las lluvias durante fin de verano y otoño”, señaló. Sin embargo, opinó que en ese contexto se debería haber realizado un plan de contingencia y no solamente “esperar a que llueva”.

    Por otro lado, Barreiro se mostró crítico respecto a las herramientas de las que dispone el país en materia climática. Afirmó que hoy Uruguay depende de la información obtenida por otros países, por lo que “si se llegara a apagar el internet, quedaríamos ciegos y sordos”, al no participar de ningún tipo de monitoreo internacional.

    “Si bien el fenómeno de El Niño es tan importante para nuestro país, no hay nadie en Uruguay estudiándolo”, criticó el científico, y opinó que contar con una “comunidad climática más grande y fuerte” es todavía uno de los grandes debes de Uruguay.

    —¿Qué balance hace sobre la gestión de la sequía en Uruguay? ¿El país estaba preparado para enfrentar un evento de estas características?

    —En los últimos tres años hubo eventos del fenómeno de La Niña en el océano Pacífico, que durante fines de la primavera y comienzo del verano tiende a generar lluvias por debajo de lo normal, fundamentalmente en el norte del país y en cierta medida en el sur. Pero estos tres años de La Niña no fueron todos iguales respecto al impacto que tuvieron; por ejemplo, en 2020-2021 y 2021-2022 hubo déficit de lluvias en diferentes lugares del país, pero no llegaron a una sequía como la de este último año.

    Si uno mira en particular la región suroeste, que fue la más afectada por la sequía en el año corrido de junio 2022 a junio de 2023, ve que hubo consecuencias sobre la soja, se registraron pérdidas cercanas a los US$ 2.000 millones. Y, además, se dio también un déficit de agua en la cuenca del Santa Lucía y, por lo tanto, el problema con el agua potable en la región metropolitana. Este último año las estimaciones son que en el suroeste del país llovió la mitad de lo que llueve en forma normal en esa región anualmente. Por año llueve cerca 1.150 milímetros y el año corrido de junio a mayo de este año llovió cerca de 550 milímetros, porque durante todos los 12 meses las lluvias estuvieron por debajo de lo normal. Y una sequía típica en Uruguay implica que en esta región llueva unos 800 milímetros. Entonces fue una sequía completamente excepcional desde todo punto de vista en la región suroeste del país. La sequía de este último año no es comparable con ninguna de las sequías registradas anteriormente en esa zona, al menos en los últimos 60 años, que son los registros que tenemos de Instituto Uruguayao de Meteorología (Inumet).

    Lo que uno trae como corolario de todo esto es que el sistema que tenemos estaba adaptado a las sequías típicas de esta región. La resiliencia del sistema estaba asociada a que en lugar de llover 1.150 milímetros por año llovían 800. Pero si llueve ahora 550 milímetros ya es muy diferente la cantidad de agua que tenemos disponible. Evidentemente el sistema no estaba diseñado para eso y lo que tenemos que hacer de ahora en más es tratar de mejorar la resiliencia ante este tipo de eventos.

    —¿Cuáles fueron las causas de este evento? ¿Qué incidencia tuvo el cambio climático?

    —Eso está en estudio, no tenemos muy claro todavía cuáles fueron las causas últimas de este evento, porque no hubo una sola. No fue La Niña sola la que generó esto, ni tampoco el cambio climático solo. Hasta ahora hay un par de estudios sobre la incidencia del cambio climático en esta sequía, fundamentalmente para la primavera del 2022, octubre, noviembre y diciembre del año pasado. El estudio fue realizado por un grupo de expertos internacional llamado World Weather Atribution y plantea que el déficit hídrico no fue causado durante ese trimestre por el cambio climático. Dice esencialmente que hubo una sequía muy grande que se puede atribuir a la variabilidad natural del clima y apuntan a que La Niña jugó un rol muy importante en ese déficit de precipitaciones. Pero ellos también hicieron un segundo estudio vinculado a las olas de calor que hubo en noviembre y diciembre en nuestro país y en toda la región, y dicen que esas olas sí pueden atribuirse al cambio climático, en el sentido de que su ocurrencia estuvo altamente influenciada por él. Es decir, plantean que la probabilidad de ocurrencia de ese tipo de fenómenos fue 60 veces más probable debido a la existencia del cambio climático. Y esas olas intensifican la sequía, porque cuando el aire está mucho más caliente por la ola de calor se evapora más humedad del suelo, que se vuelve aún más seco.

    Entonces en octubre, noviembre y diciembre el rol del cambio climático parece haber sido el de intensificar la sequía, pero el déficit hídrico parece haberse generado por el fenómeno de La Niña y algún otro fenómeno adicional. Por ejemplo, identificamos otro modo de variabilidad climático, que es el Modo Anular del Sur (SAM, por sus siglas en inglés), un fenómeno atmosférico que ocurre en latitudes altas de todo el hemisferio sur, que se combinó con La Niña para generar anomalías más intensas de déficit de lluvias sobre nuestro país.

    Para ese trimestre tenemos identificado cuáles pueden haber sido las causas de la sequía, pero de enero a junio hay diferentes fenómenos que pueden haber jugado un rol, como La Niña, el SAM y otros océanos tropicales que tienen influencia sobre nuestro país.

    —¿Era posible predecir esta sequía?

    —Un evento de esta magnitud es muy difícil de predecir. Cuando no ocurrió, es muy difícil poder predecirlo. Yo hago una analogía con el concepto económico de cisne negro, que es un evento inesperado de gran impacto socioeconómico. Eventos de este tipo no son predecibles a priori y la Facultad de Ciencias y la de Ingeniería, junto con el Inumet, realizan pronósticos trimestrales del clima desde hace 20 años, sobre todo para predecir cómo van a ser las lluvias. Desde ese punto de vista, los pronósticos que hicimos fueron que durante la primavera y hasta el comienzo del verano era posible prever el déficit de lluvias para todo el país, incluyendo el suroeste.

    Pero a fin del verano y en el otoño, no teníamos información, no había forma de decidir si las lluvias en el suroeste del país, en particular para el sur, iban a estar por encima o por debajo de lo normal o iban a estar dentro de lo usual. No había información. A través de los modelos climáticos que manejamos y de los que están disponibles mundialmente, no había forma de predecir qué iba a pasar con las lluvias durante fin de verano y otoño. Entonces ahí el tema es que si uno viene de un estado de sequía importante y no hay información climática para saber qué va a pasar con las lluvias porque no es posible preverla, hay que planear diferentes escenarios, algo que no sé si se llegó a realizar. Hubo más un esperar a que llueva en vez de planear. Si llueve, mejor; pero si no, tengamos un plan de contingencia.

    —¿Con qué herramientas cuenta Uruguay para combatir estos fenómenos? En una charla organizada recientemente por el think tank Ágora, mencionaba que hoy en el país “no hay nadie trabajando sobre las sequías” y que depende tecnológicamente del resto del mundo para predecir estos fenómenos.

    —Para organizar estos pronósticos trimestrales, tenemos nuestro conocimiento del clima que hemos desarrollado a través de muchos estudios, pero también dependemos mucho de modelos y de información que existe a escala mundial, y toda esa información nos llega a través de internet. Entonces si se apaga internet un día de estos, quedamos realmente ciegos y sordos porque no tenemos ninguna información de lo que pasa afuera, porque no participamos de ningún tipo de monitoreo internacional. Y a escala nacional, solo medimos las condiciones en superficie, como temperatura, presión y lluvias. Pero no sabemos lo que pasa de acá para arriba en la atmósfera. Por ejemplo, siempre estamos mirando qué es lo que está haciendo el océano Pacifico y si se va a desarrollar un fenómeno de El Niño o de La Niña, pero esa información viene porque hay varios países europeos y asiáticos, y Estados Unidos, que mantienen una red de observación sobre el océano Pacífico monitoreando qué es lo que pasa con las temperaturas de superficie del mar. Y esa información luego se pone a disposición de todo el mundo, pero llega por internet, es decir, uno puede estar monitoreando todos los océanos para saber si tenemos algún tipo de anomalía climática que puede afectar nuestro país, pero Uruguay solo toma esa información, no participa de eso.

    El Niño y La Niña, por ejemplo, tienen un efecto muy importante sobre la economía de nuestro país, que depende en un 70% del clima. ¿Cómo nos preparamos ante eso? Si no hubiera países monitoreando el estado del Pacífico, no tendríamos información para realizar predicciones. Nosotros no estamos haciendo nada al respecto de toda esta información.

    Si bien el fenómeno de El Niño es tan influyente, no hay nadie en Uruguay estudiándolo específicamente. ¿Por qué no hay gente? Simplemente porque somos muy pocos, la comunidad científica que estudia el clima es muy pequeña, entonces es muy difícil estar en todos los temas asociados al clima que impactan sobre Uruguay.

    Uno de los grandes debes que tiene el país es desarrollar una comunidad climática grande que permita predecir con mayor anterioridad este tipo de evento, ya sea climático, como la sequía, pero también inundaciones, tornados (como el ocurrido en Dolores) o ciclones extratropicales (como el registrado en 2005). Hay un montón de fenómenos en Uruguay que son climáticos y la comunidad climática, meteorológica y oceanográfica es muy pequeña, y se debe desarrollar muchísimo.

    Uno va a estar más preparado para este tipo de eventos si puede hacer una mejor predicción. Y puede hacer una mejor predicción solo si tiene una comunidad fuerte y grande trabajando en estos temas.

    —¿Es suficiente la formación existente en Uruguay? ¿Cómo se podría paliar esta situación?

    —Hay una Licenciatura en Ciencias de la Atmósfera que existe desde 2007 y hay egresados trabajando en instituciones públicas del país, que se han ido insertando en los lugares que manejan información meteorológica. Pero son muy pocos todavía. Realmente necesitamos que haya más estudiantes y que se genere también una comunidad de investigadores que trabajen para conocer mejor el clima de nuestro país. Ahí hay un gran debe que de a poco vamos llenando, pero suceden estos eventos y vemos que necesitamos hacerlo mucho más rápido. Los desastres naturales en Uruguay son todos hidroclimáticos. Entonces, si hay tantos desastres naturales y la economía depende tanto del clima, ¿cómo es que no existe una comunidad climática mucho más fuerte?

    —¿Qué enseñanza deja esta sequía para Uruguay? ¿Qué deberíamos haber aprendido con esta experiencia?

    —Otra de las cosas que se puso en evidencia con el tema del agua potable es la necesidad de planificar mejor el uso del territorio en la cuenca del Santa Lucía, que permita gestionar mejor el agua: quién la usa y cómo la usa. Pero cuando hay poca agua es cuando empiezan a generarse las tensiones. O sea que el clima actúa como una presión adicional al gestionar el uso del territorio en la cuenca del Santa Lucía, y de ahí el tema de buscar fuentes alternativas de agua potable para que no haya solo una para la zona metropolitana. La solución que se está manejando en este momento para usar agua del Río de la Plata tiene sus bemoles, porque ¿cuándo va a ser más necesaria el agua? En verano, que es cuando la salinidad del Río de la Plata es mayor.

    Nosotros hicimos un informe, que fue solicitado por el directorio de OSE, y mencionamos que esa región del Río de la Plata, en Arazatí, es una zona donde en verano hay una salinidad mucho más alta que la apta para consumo humano. Y las cianobacterias son otro problema que los científicos han mencionado. Es verdad que la existencia del polder que se está planeando puede paliar algunos de estos problemas, pero ahí entra el tema de la calidad del agua.

    Lo que nos dejó la sequía de forma global es la necesidad de aumentar la resiliencia ante eventos climáticos extremos, como una sequía extensa como la que tuvimos en este caso. Nuestro sistema tenía cierta resiliencia para sequías no tan graves, entonces tenemos que considerar que esta es una sequía completamente excepcional que desnudó las falencias que teníamos. Si este tipo de sequías tan largas van a seguir ocurriendo a futuro, es difícil decirlo.

    —¿Qué dice el informe del IPCC sobre la sequía en la región y en el país?

    —Las tendencias sobre el comportamiento de las sequías en la cuenca del Río de la Plata a futuro, de acuerdo a los escenarios de cambio climático resumidos en el informe del IPCC de 2022, dicen que las sequías van a ser más frecuentes y más intensas, pero en principio serían más cortas que las que venían ocurriendo antes.

    Ahí hay dos cosas: una es que esta sequía larga no cumpliría con esa regla. Pero el IPCC también dice que la confianza que tenemos en estas proyecciones de sequía en nuestra región es baja, y la razón por la que es baja es porque hay muy pocos estudios sobre sequías en la cuenca del Río de la Plata, sobre cómo se generan, su intensidad o su caracterización. Para hacer sus informes, el IPCC no produce investigaciones propias, se basa en la literatura que está publicada y en los trabajos científicos realizados. Entonces si en la región y en particular en Uruguay hay muy pocos estudios, la confianza en las proyecciones va a ser menor, porque no se sabe tanto sobre las sequías en esta región como quizás sí se conoce en otras zonas del mundo.

    Volvemos a la necesidad de formar recursos humanos e investigación en esas áreas, que son tan delicadas y estratégicas para el país. Eso es fundamental y es el mensaje más importante de todo eso: no nos podemos preparar para cosas que no conocemos.

    Hay que conocer cómo es el clima del Uruguay y en particular estos fenómenos extremos, que tienen tanto impacto sobre la región. Y además no hay nada que diga que no pueda ocurrir de vuelta un caso tan extremo de 12 meses con lluvias por debajo de lo normal y que afecte a dos sectores como el agro y el agua potable en la región metropolitana.

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