“La autoidentificación es lo más importante”, dijo al manifestarse contrario a estudiar las proporciones de sangre indígena en el ADN, como hizo un proyecto de investigación de la universidad. “La academia aquí es muy provincial y de mente cerrada. La identidad no es una cuestión de sangre, a menos que seas un nazi”, declaró a una periodista del periódico canadiense The Globe and Mail que lo entrevistó para un reportaje sobre la lucha de los indígenas uruguayos. Las opiniones tajantes del académico provocaron malestar entre sus colegas.
Consultado por Búsqueda, este doctor en Antropología insiste en que “hubo un genocidio en etapas” y que “negar eso es generar una narrativa histórica muy a la uruguaya”, pero que no hay dudas de que lo que se hizo con los indígenas “es parte de un genocidio cultural, lo demás son sutilezas”.
¿Genocidio?
La operación militar que el coronel Juan Esteban Rivera —conocido como Bernabé— encabezó el 11 de abril de 1831 en el paraje Salsipuedes no fue la primera ni la última contra charrúas.
Después de la emboscada para librar al recién creado Estado de “bandidos indios”, Bernabé, sobrino del primer presidente Fructuoso Rivera, pasó a la historia por el exterminio de los charrúas.
El expresidente Julio Sanguinetti, en cambio, afirma que Salsipuedes no fue un exterminio y mucho menos un genocidio. En una columna en el portal Infobae, en medio del Mundial de fútbol y a propósito de la “garra charrúa”, insistió en que existe una leyenda negra contra Rivera, “el caudillo oriental de más larga trayectoria en el proceso de afirmación nacional”.
Desafiando a los historiadores, que hablan de al menos 100 muertos en un solo día, afirmó que con “el enfrentamiento que tuvo en Salsipuedes con los remanentes de la tribu charrúa, donde murieron 15 o 20 indígenas y varios oficiales con el mandato unánime del Parlamento, (…) (se) pretende sustentar el disparate de un genocidio”.
El tema sobrevoló también el Coloquio Internacional Interdisciplinario Tomás de Mattos sobre novela histórica que se realizó a comienzos de este mes precisamente en la Casa de Rivera, donde tiene una de sus sedes el Museo Histórico Nacional.
El historiador y doctor en Antropología de la Universidad de Buenos Aires Alexis Papazian, dedicado al estudio de los genocidios, presentó una ponencia sobre la conquista del desierto encabezada en su país por el general Julio Argentino Roca, que define como genocidio.
Consultado por Búsqueda advirtió que aunque no ha estudiado el caso uruguayo en profundidad, ve características parecidas que quizás expresan no solo al Partido Colorado sino a la sociedad de la época.
Una buena parte de los historiadores uruguayos optaron por reservar la denominación “genocidio” a algunos casos. Se empleó por primera vez en los juicios contra los jefes nazis en Nuremberg y fue adoptada por las Naciones Unidas en 1948 y aplicada a ciertos casos del siglo XX perpetrados contra judíos, armenios, ruandeses y bosnios.
Desde esa perspectiva, en el caso de los charrúas corresponde hablar de matanza, masacre o exterminio, pero no de genocidio por tratarse de un anacronismo y porque además, como plantearon los antropólogos Renzo Pi y Daniel Vidart, los charrúas no son un grupo étnico y menos un grupo nacional.
Papazian, sin embargo, piensa que “hay que revisar y revisitar la historia” y no ve problema en el anacronismo respecto al genocidio, ya que “la historia siempre analiza los problemas desde el presente”.
“Es importante que el Estado reconozca que hubo un genocidio y que existe una deuda simbólica histórica, que se produjo un desmembramiento de la nación charrúa”, dijo Michelenea a Búsqueda.
Charrulandia
Vidart acuñó incluso el término Charrulandia para ironizar acerca de la supuesta influencia de estos en el Uruguay.
“Los charrúas estaban en Santa Fe, en la mesopotamia argentina, en el sur de Brasil y en Colonia. Fueron muy escasos y las enfermedades, el nomadismo y el exterminio los redujo a un puñado. Hay gente que cree que fueron nuestros antepasados, pero esta locura vino ahora, antes no existía. (...) Este fue un país guaraní, que eran miles. Hoy en Uruguay no hay charrúas; la mítica Charrulandia es un invento”, dijo Vidart a Búsqueda en 2013 (Nº 1.719).
Más allá de genocidio o “solo” exterminio, la removedora novela de De Mattos ¡Bernabé, Bernabé! contribuyó a echar luz sobre un tema bastante sepultado, al mismo tiempo que una alegoría de la dictadura, recién finalizada cuando se publicó la novela.
La vinculación entre las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura (1973-1985) y el caso indígena también fue abordada por el arqueólogo José López Mazz.
Este investigador que dirigió los trabajos ordenados en 2005 por el presidente Tabaré Vázquez para encontrar restos de desaparecidos durante la dictadura, analiza en un paper “el exterminio de los pueblos nativos de Uruguay y la integración de los sobrevivientes a la sociedad de clases poscolonial” del siglo XIX.
“A pesar de presentarse al mundo como un país sudamericano sin indios y producto de la inmigración europea —escribió López Mazz—, la sociedad uruguaya posee profundas raíces en sus poblaciones prehispánicas. El Estado uruguayo se ha mostrado históricamente indiferente y ambiguo en relación con este tema. Como en toda América Latina, esta negación se vincula a prejuicios sociales que vienen de la época colonial, pero también está relacionada a la propiedad de la tierra”.
Para López Mazz hubo “una naturalización del genocidio” al utilizar el concepto “extinción indígena” que “sugiere una no adaptación por primitivismo a los nuevos tiempos; pero antes que nada evita enunciar el crimen en masa”.
Charrúas y guenoa-minuanos, según López Mazz y el historiador Diego Bracco, ya estaban en el territorio desde hacía más de 11.000 años cuando llegaron españoles y portugueses.
En su libro Con las armas en la mano: charrúas, guenoa-minuanos y guaraníes, Bracco explica y documenta la presencia de estas tres vertientes indígenas.
El vínculo con el territorio que luego fue Uruguay pasó por etapas diferentes en las que los “infieles” demostraron gran capacidad de adaptación. Sin embargo, entraron en crisis cuando la ganadería dio paso a la consolidación del sistema de propiedad privada de los campos e igual que muchos gauchos se hicieron bandoleros.
Bracco explica que el gobierno, presionado por argentinos y brasileños propietarios de tierras en la frontera, quiso mantener su plan de Salsipuedes en secreto, pero que ya en enero de 1831 el periódico El Universal hizo público que las Cámaras habían autorizado la salida de las tropas para controlar a “fascineros engrosados por los indios charrúas”.
El Centro de Investigaciones Interdisciplinarias sobre la presencia indígena misionera en el territorio: patrimonio, región y fronteras culturales en el Centro Universitario de Tacuarembó de la Udelar es uno de los lugares donde se estudia el tema.
Silencio de Estado
Cuando en abril la periodista canadiense Stephanie Nolen quiso saber la opinión oficial sobre el asunto indígena, no encontró respuestas sino apenas silencio.
Algo parecido le ocurrió esta semana a Búsqueda. Ninguna repartición estatal ha tomado el tema. Durante el gobierno de José Mujica, amigo de Vidart, Michelena fue designada asesora honoraria de la Cancillería y el entonces canciller Luis Almagro pidió perdón en nombre del Estado.
Uruguay es uno de los pocos países del continente que no ha ratificado el Convenio Nº 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que contempla los derechos sociales, culturales y económicos de los pueblos originarios.
Fuentes del gobierno indicaron que para que el Movimiento de Participación Popular, que jugó un papel importante en el reconocimiento de otros derechos, se mantuviera en la postura histórica en el caso indígena influyó la opinión del actual subsecretario de Trabajo, Nelson Loustaunau.
El subsecretario dijo a Búsqueda que “las condiciones sobre poblaciones indígenas previstas en el Convenio en Uruguay no existen”, y que por ese motivo el ministerio mantiene la misma posición desde 1989.
Tampoco tuvieron suerte los militantes de la causa charrúa con una propuesta más modesta y barata: cambiar el cuestionado Día de la Raza que se celebra cada 12 de octubre por un nombre más acorde, como han hecho en la mayoría de los países del continente.
El tema fue tratado en la comisión de la Cámara de Diputados, pero quedó archivado por falta de acuerdo. Antes, en 2009, ya había fracasado un proyecto similar, que solo logró media sanción.
La acción detonante fue la repatriación desde Francia de los restos del cacique Vaimaca Perú, que fue enterrado en el Panteón Nacional en 2002.
Sin embargo, según López Mazz, ya desde 1971 comenzó a haber una nueva mirada que incluyó trabajos arqueológicos.
“Reconocer al indio dentro de lo uruguayo y no fuera, como hasta ahora, podría ser la clave de una estrategia más justa con la realidad de la gente”, concluyó el arqueólogo. El paso siguiente sería convertir a Salsipuedes en sitio de memoria.
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