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Como libretista, Ben Affleck ganó un Oscar por En busca del destino, escrito junto a su amigo Matt Damon. Metió un golazo con Desapareció una noche, que también guionó, y que resultó su gran debut como director. Argo, la siguiente película que dirigió, ganó el Oscar 2013. En ambas también actuó, pero sus personajes se ajustaban a su capacidad actoral, que podría etiquetarse como alexitímica. Parecía bastante claro por dónde iba el camino. Sin embargo, para Vivir de noche, el director se tomó la molestia de interpretar a un personaje complejo, de varias capas, una misión arriesgada.
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Aquí es Joe Coughlin, un arrogante ladrón de bancos de Boston, pero no uno cualquiera: Joe tiene códigos y, además, es hijo de un policía. Luego de una serie de sucesos traicioneros, retoma la actividad en el bajo mundo, aunque dándole un giro a su carrera: se traslada a Ybor, en Tampa, desde donde, en plena Ley Seca, conquista espacios en la elaboración y tráfico de ron. Esto y más será relatado por Affleck, quien posiblemente haya agregado la voz en off para acelerar y explicar algunos tramos de esta ambiciosa narración que se le va de foco. Como actor mantiene las expresiones de Bruce Wayne petrificadas en el rostro, y como director y guionista introduce una cantidad suficiente de historias y temas como para hacer tres películas. Le salió una, fallida, aunque con algún destello de audacia. Como si fuera un ojo gigante que lo ve todo, pero todo por arriba, sin demasiado detenimiento, por la cámara pasan la I Guerra Mundial, los enfrentamientos entre la mafia italiana y la irlandesa, la Ley Seca, Chris Cooper y Brendan Gleeson, la corrupción policial, Sienna Miller, un demente criminal con labio leporino y una capacidad asombrosa para generar incomodidad, Zoe Saldana, los conflictos entre padres e hijos, Elle Fanning, el Ku Klux Klan, la dificultad de escapar del pasado... y Affleck, a quien nadie le avisó que no, que todavía no está para sostener buena parte de una película —una película como esta— sobre sus hombreras.