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Ebenezer Scrooge apesta. Mata de hambre al único empleado que trabaja con él, haciendo números a la luz de una vela, con la cual también se calienta en invierno. Odia la Navidad o cualquier fiesta que implique descanso, festejos y reconciliación. El viejo Scrooge solo está en esta tierra para hacer dinero. Cualquier otra cosa que lo aparte de ese fin lo lleva a refunfuñar y maldecir. Scrooge necesita que le den una buena lección. Y con ese fin se le aparecen los fantasmas, para confrontarlo con la vida y consigo mismo. Pero el viejo se resiste, así como a las cosas vivas, también a las muertas.
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Canción de Navidad (Penguin Clásicos, 2018) es, como casi todo lo que ha escrito Charles Dickens (1812-1870), impecable. Por la ambientación densa y cerrada (las calles y las casas victorianas, sentís el olor), por los personajes (que abarcan todo el espectro social), por el espíritu de aventura que subyace más allá del drama.
Así toma forma uno de los fantasmas: “En un instante parecía un ente con un solo brazo, después con una sola pierna, más tarde con veinte piernas, luego con dos piernas pero sin cabeza, a continuación una cabeza sin cuerpo”.
Y con una analogía inesperada presenta a un viejo edificio al final de un maloliente callejón: “La escasez de actividad invitaba a imaginar que el edificio en cuestión había llegado allí corriendo cuando aún era una casa jovencita, mientras jugaba al escondite con otras casas, y había olvidado después el camino de vuelta”.
Dickens escribió, entre otros clásicos, Oliver Twist, La casa lúgubre, Grandes esperanzas y Nicholas Nickleby. Un peso pesado de la literatura, el favorito de Ricky Gervais.