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    Visiones de los fines del mundo

    El hermano mayor, última novela de Daniel Mella

    El hermano menor, el que llegó después, el más feliz, el más atlético, el que más gana con las minas, el que exuda vida y energía a cada paso que da, muere el 9 de febrero de 2014. La fecha quedará abrochada para siempre con el cumpleaños (dos días después) del protagonista de la novela El hermano mayor (Hum), de Daniel Mella (Montevideo, 1976), que es el propio autor.

    El libro abre con un agradecimiento frontal y directo, sentido: “A mi familia: sin ustedes no habría historia”. Porque el relato comienza con una inmersión total de buceo en profundidad de un escenario familiar en el que ha explotado una bomba de dispersión emocional: la noticia de que a su hermano Alejandro (Seba en la realidad), lo mató un rayo que dio sobre una casilla ubicada en Playa Grande. La noche, la confianza, una tormenta grande y un hecho fortuito, inesperado.

    Como si se tratara de una puesta teatral, las primeras páginas presentan a cada integrante de la familia. Alejandro, que muere a los 31 años, es uno de los cuatro hermanos: tres varones y una mujer. Mella, que roza los 38, es el mayor de los varones. La madre, de 64, no quiere creer, no puede creer que el más feliz, el más vital, ya no está. Con el dolor y los lentes negros puestos, le pide al hermano mayor que use el celular para enviarle un mensaje de texto al hijo perdido, con la ilusión mágica de que habrá una respuesta. Mientras tanto, el padre y el tercer varón, Marcos, de 27, se dirigen a la playa para reconocer el cuerpo.

    Mella atrapa la emoción de sus personajes que quiere desbordarse, mediante la descripción precisa, toques de ironía o el desmenuzamiento del clima de lo que sucede. Aparece entonces el dolor y la lucidez, lacerante. “Los que se morían antes de tiempo eran siempre los más felices o los más talentosos, le disparo a tía Laura ni bien mamá se va”, reflexiona.

    “Tenés razón. Tendría que haber sido yo”, le dice el hermano mayor a su madre. El menos feliz, el menos optimista, el que nació antes: él tendría que haber muerto antes. Es lo que manda la ley natural, la norma biológica, una especie de determinismo que cuando se subvierte agita los bordes del sinsentido, como cuando muere un hijo.

    Luego en la historia trascenderá el episodio dramático que funciona como una puerta para mirarse adentro y mirar el interior de los vínculos. Qué es real y qué no. De qué quiere escapar el hermano mayor, y qué busca. Mella mete la mano y el brazo hasta el hombro en el agujero personal de los afectos y las emociones para revolverlos y rescatar lo que resulte valioso y, sobre todo genuino. Uno de los vehículos para la auto observación son las mujeres, presentes y pasadas, el amor y el sexo.

    Entonces el hermano mayor se convierte en el padre que sufre por el amor no correspondido, a quien el hijo descubre llorando por la mañana. Es el hombre obsesionado con su exmujer: la Negra. El hombre vulnerable dentro del que pelean mente y corazón. “No voy a querer que se me pase. Mi amor será un amor infantil, será pura posesión, pero es indomable. Será un dolor amargo, y también durísimo. El corazón devuelto a la vida después de tanto tiempo. El corazón latiendo, inundado con un amor ahora sin objeto. Voy a cuidar que ese amor no disminuya. Voy a ansiar el día en que ese amor se desparrame como arena sobre el resto de los objetos del mundo”, escribe Mella.

    La muerte de Ale se presenta como el fin de un mundo, el de la familia como había sido hasta ese momento. Además, aparece en la narración el fin del mundo más apocalíptico, como el tema obsesivo del padre del hermano mayor. Un padre mormón que tiene visiones infinitas de infinitos modos en que el mundo puede morir. El narrador de Mella cuenta todo en primera persona y en tiempo futuro, lo que aporta una sensación de que lo sabe todo, lo profetiza todo, con un manejo narrativo efectivo. A pesar del tema y a pesar del dolor, Mella no es melodramático ni busca el golpe bajo.

    Otro punto fuerte son unos diálogos que funcionan muy bien, transmitiendo una sensación de realidad palpable. Como ese momento en el que los dos hermanos y la hermana sobrevivientes charlan sobre el modo en que murió Ale. “No me imagino a Alejandro muriendo de ninguna otra manera. Les juro que no me lo puedo imaginar muriéndose abajo de un auto o internado en un hospital, ¿ustedes se lo imaginan?”. Marcos, el menor, le responde: “Ale habría preferido en una ola. Habría preferido morir en alguna rompiente. Puerto Escondido, Grajagan, Uluwatu”.

    Una cosa es segura: entrar en El hermano mayor requiere valentía y quien se anime a hacerlo no saldrá ileso. Mella, autor de las novelas Pogo, Derretimiento y Noviembre, y del más reciente libro de cuentos Lava (2013), aquí maneja de forma magistral los hilos de su sensibilidad con la pericia literaria suficiente como para entregar una obra grande, potente y redonda, que involucra al lector hasta la médula.

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