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Al comienzo hay una larga secuencia con la cámara fija en la ventana de un auto. El vidrio está perlado por gotas de agua. Sabemos que el coche transita por un paisaje rural porque por momentos lo vemos reflejado en esa ventana. Del otro lado del vidrio, el rostro barbado de un hombre joven que come desganadamente algo y mira el paisaje con indiferencia. A veces cierra los ojos y dormita. Cuando la camioneta llega a una casa de madera en medio del bosque, vemos que al volante hay también otro hombre. Ambos bajan del coche y discuten si es una buena o una mala idea entrar a esa casa. No sabemos qué es lo que está pasando. Segundos después, los dos entran a la casa y de pronto un grupo de gente estalla en saludos y gritos de bienvenida. El hombre que hemos visto a través de la ventana del auto está incómodo con la recepción. Pero tampoco sabemos muy bien de dónde viene y por qué lo reciben así. Este no saber bien qué ocurre hasta un poco más avanzado el metraje es una de las virtudes de Outside in (EE.UU., 2017), con dirección de Lynn Shelton. La película tiene el sello de la productora de cine independiente The Orchard y puede verse en Netflix.
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El hombre se llama Chris y es rodeado por esa docena de personas que lo esperan y lo abrazan. Como si todo esto fuera poco para el abrumado homenajeado, alguien le pide que diga un discurso y entonces él, tímidamente, agradece y con una salida de humor se disculpa y pide permiso para ir a orinar “por primera vez en 20 años en un baño privado”. Mientras Chris está en el baño nos enteramos por el diálogo entre los presentes que estuvo preso por un delito que no cometió y que gracias a su profesora de inglés de secundaria, que está allí en el grupo, obtuvo finalmente su libertad.
Cuando Chris vuelve a la reunión, su rostro se ilumina al encontrar a Carol, esa maestra veterana que creyó en su inocencia, luchó por él y logró sacarlo de la cárcel. La escena es deliciosa: las miradas furtivas de Chris a Carol, la sonrisa luminosa de ella cuando lo mira a él; y en el medio de ese cruce de miradas, la conversación de un vecino que a ninguno de los dos protagonistas interesa. En lo que es un toque de humor del guion, otra vez una precipitada ida al baño interrumpe la escena porque Chris siente una necesidad incontenible de vomitar, obviamente afectado por los nervios que le produjo el encuentro con Carol.
Así, en forma sencilla y directa, la directora Lynn Shelton sugiere desde el inicio lo que será el meollo de la película: el giro o cambio de la relación entre Carol y Chris, ahora con este en libertad. Él, un hombre de 38 años que estuvo preso desde los 18; ella, una mujer que fue su maestra de inglés en secundaria y que anda entre los 50 y 60 años. Los motivos de la prisión y el crimen erróneamente adjudicado no interesan. Lo que sí importa es ese vínculo entre ambos personajes, abonado durante esa larga prisión en que Carol era la única visita para Chris, a que continuó dándole clases en la cárcel y peleó para liberarlo. Es fácil suponer que durante esos años cada uno de ellos se transformó en receptáculo de los problemas del otro, que Carol desnudó allí sus problemas de pareja —que luego iremos descubriendo— con un marido tosco que la ignora y maltrata y que Chris pasó entre las rejas de adolescente a hombre, sintiendo por ella una atracción que no podía prosperar. Y viceversa. ¿Cómo se manejará todo eso ahora que él está libre?
La historia se irá completando por capas: las dificultades para que un exconvicto consiga trabajo, la precariedad de la libertad condicional donde hasta tomar una cerveza de más puede ser peligroso, el disfrute de Chris recorriendo el pueblo en su bicicleta de adolescente, la existencia de una madre distante, la mala relación con su hermano, sus avances sobre Carol, la resistencia de esta como mujer mayor, casada y exprofesora del enamorado. Y para complicar un poco más las cosas, la aparición de Hildy, la hija adolescente de Carol, que parece iniciar un flirteo con Chris, en paralelo con el de su madre. Es de esas películas en que parece que no pasa nada pero está colmada de pequeños eventos cotidianos y hasta de suspenso por la fragilidad de la libertad condicional de su protagonista.
Además del muy buen guion coescrito por la directora Lynn Shelton y Jay Duplass, la película se apoya en dos monumentales actuaciones, que son las de Jay Duplass como Chris y Edie Falco como Carol. Duplass ha producido, escrito y dirigido varias películas para cine y televisión. Como actor se destacó en la serie Transparent; y este papel de Outside in es su primer gran protagónico en cine. Su composición de Chris es conmovedora. Desde la alegría infantil de los paseos en bicicleta hasta su relación con las mujeres, es el niño que no tuvo oportunidad de crecer y que hoy, transformado físicamente en un hombre, conserva la mirada tímida, a veces temerosa, la carcajada inoportuna, la torpeza para conducirse en la vida de relación, la vulnerabilidad a flor de piel. A su lado, Edie Falco lo iguala y hasta lo supera. Ella fue la rubia esposa de Tony Soprano en la serie Los Sopranos y tiene el récord único de haber ganado por ese papel en 2003 tres premios juntos: el Globo de Oro, el Emmy y el del Sindicato de Actores. Además, fue premiada también por su protagónico en la serie Nurse Jackie. La expresividad de Falco es apabullante. La gama va desde esas primeras miradas tiernas en la fiesta de bienvenida, pasando por la sorpresa ante la firmeza en las intenciones de Chris, la desolación de su realidad matrimonial, el fuego del deseo finalmente encendido, la alegre ternura de una nueva esperanza en el final. Una clase magistral de actuación. Semejante dúo es acompañado en un rol más lateral pero con brillo propio por la joven Kaitlyn Dever en el papel de Hildy, la hija de Carol, una adolescente problemática a quien la súbita aparición de Chris en su vida le hará descubrir y recomponer alguna cosa. Notable Dever también.
La historia se desarrolla en Granite Falls, un pueblito semirrural de tres mil habitantes en el estado de Washington, noroeste de los Estados Unidos. Lluvia persistente, casas de madera, clase media baja, cero glamour. El entorno está poéticamente retratado por la fotografía de Nathan M. Miller y muy bien acompañado gracias a las pinceladas de música incidental de Andrew Bird.
Como es natural, una película aguda y despojada como esta no podía tener un final fácil y convencional. No termina con un beso retroiluminado ni con un sueño realizado. Está más cerca de las complejidades que hay en la vida real, donde las sonrisas, las miradas y los silencios contienen mucho más de lo que dicen. El espectador puede emocionarse y aplaudir.