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El MP3, el formato que cambió cómo se escucha, se guarda y se lleva la música, cumple 30 años

Es la forma más popular de música comprimida, la que todavía tiene algunos detractores y estudios que sugieren que lesiona al oído

El 14 de julio de 1995, cuando el correo electrónico era una realidad para apenas el 14% de las personas adultas de Estados Unidos, cuando Internet recién aterrizaba en Uruguay y todavía faltaba algo más de un mes para que el sistema operativo Windows 95 hiciera su presentación en sociedad, los ingenieros del Instituto Fraunhofer de Alemania decidieron cambiar la extensión .bit por .mp3 para nombrar los nuevos archivos digitales de audio con los que estaban trabajando. Estos tenían la capacidad de reducir enormemente el tamaño de los archivos ya existentes, sin que para el oído común se perdiera calidad de sonido. No lo sabían entonces, pero el mundo estaba a un paso de cambiar: una discoteca entera pasaría a ocupar el espacio de un disco duro primero y un pendrive después.

El MP3, cuyo nombre formal es MPEG-1 Audio Layer III o MPEG-2 Audio Layer III, tiene al ingeniero y matemático Karlheinz Brandenburg, un bávaro fanático del Bayern de Múnich, como su padre. Junto con su equipo había logrado algo que sonaba lógico pero que a nadie se le había ocurrido hasta entonces: eliminar lo “superfluo”. El llamado efecto de “enmascaramiento auditivo” es el que hace que algunos sonidos tapen a otros, haciéndolos imperceptibles para el oído no entrenado. Si estos se eliminan, entonces es necesario menos espacio de almacenamiento, con el mismo resultado para la amplia mayoría de los oyentes.

La primera canción que sonó en ese formato fue una versión a capella de Tom's Diner, de la estadounidense Suzanne Vega, grabada en 1982. Mediante ensayo y error -y los primeros ensayos no fueron del todo satisfactorios- se fue calibrando la nueva herramienta.

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Si bien la compresión musical databa desde la década de 1930, elevando sonidos suaves y bajando los fuertes para reducir los espacios de silencio o diferencias de intensidad, y para facilitar la escucha en lugares ruidosos, esto fue llevar la experiencia a otro nivel. Se extendía así la música comprimida, la que comenzaría a tener difusión mundial con la salida al mercado del WinPlay3, el primer reproductor de MP3 para computadoras personales, el 9 de setiembre de 1995, también elaborado por el Fraunhofer. En ese año, el disco duro tipo de una PC, con 1 GB de capacidad, podía albergar 200 canciones con formato .wav, sin perder compresión; si se usara .mp3, ese mismo disco duro tenía lugar para más de 2.000.

Muy poco después, en 1999, se popularizaba Napster, un servicio de distribución de música entre usuarios de internet que se intercambiaban archivos .mp3. Más allá de la histórica discusión generada sobre violaciones de derecho de autor, el impacto en el mundo quedaba claro: mucha música, al alcance de mucha gente, ocupando muy poco espacio. La posibilidad de tener la obra completa de los artistas favoritos ya no estaba al alcance solo de melómanos con plata. Los nostálgicos sí comenzaban a dar pie a otro lamento: los artes de tapa, la información de los librillos (booklets) y los detalles que tanto hacían las delicias de los fanáticos estaban siendo pasados por encima por solamente (¿solamente?) la música. Y una música comprimida.

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Karlheinz Brandenburg, el padre del MP3

Karlheinz Brandenburg, el padre del MP3

Música comprimida

El MP3, en todo caso, fue pionero. En 1997 —el mismo año en que empezaron a popularizarse los reproductores portátiles de música digital, que pronto arrasarían con los walkman y los más efímeros discman— surgiría el AAC, también formato de música comprimida con pérdida (con .mp4 como una de sus extensiones), que es el que hoy usa la plataforma de streaming Spotify en su versión web (la app apela al Ogg Vorbis). En 2001 apareció el FLAC, también muy usado por distintas plataformas musicales, y en 2004 el ALAC, exclusivo para sistema operativo Apple; estos dos últimos tienen la ventaja de que no pierden calidad de sonido, aunque —obviamente— son más pesados.

Además de pionero, el MP3 sigue siendo imbatible. Si bien no puede decirse que sea el de mejor calidad de audio en los formatos de música comprimida, sí es el de “mayor compatibilidad en sitios web, reproductores antiguos y programas de edición de audio”, además de que “todos los ecosistemas de audio se adaptaron a él”, explica a Galería el DJ Germán Osorio. Lo dicho: el mundo y el modo en que se consume la música cambiaron.

Vale decir que, como los discos, no todos los archivos MP3 suenan igual. Eso depende del bitrate, la tasa de bits, que van de 32 a 320 kilobits por segundo (kbps). Osorio añade que “si el archivo tiene una calidad menor o igual a 192 kbps ahí sí es notoria la pérdida de calidad para alguien que tiene el oído afinado”. Por el contrario, “si está en una compresión de 320 kbps es bastante difícil de diferenciar de formatos de mayor calidad como el WAV y eso lo hace sumamente útil ya que pesa bastante menos”.

Fernado Pelu Pereyra, histórico DJ y responsable de la música de Océano FM desde su nacimiento en 1992, no tiene ninguna nostalgia de lo pasado. “Yo no considero tener un oído absoluto. Conozco gente que sí lo tiene y que critica al MP3. Pero a mí, que viví todo, que edité en carrete abierto, que pasé música solo con vinilo, luego le sumé formatos minidisc, DAT y CD, del MP3 me voló la cabeza no solo la capacidad de comprimir música, sino el lugar para trabajar. ¡Y yo siempre fui un pragmático!”, cuenta a Galería.

A Pereyra le parece tan “formidable” la posibilidad de llevar apenas un pendrive “en el bolsillo más chico del vaquero” para trabajar que se olvida lo perjudicado que puede salir el sonido. Sí, ríe, le puede dar algo de “vergüenza” caer en una fiesta con “un cartuchito de cinco centímetros por uno” como toda herramienta laboral.

No hay unanimidades. Si bien Osorio prefiere al MP3 sobre cualquier otro formato de música comprimida, sobre todo gracias a su capacidad de almacenamiento —“Hay mucha gente que usa el formato FLAC que tiene mejor calidad y ‘pesa’ más que un MP3, pero creo que para el público en general esa diferencia de calidad es imperceptible”—, al ser un formato lossy (de pérdida), también sostiene que un buen equipo reproductor lo deja en evidencia. “Supongamos que tengo un archivo en MP3 a 192 kbps, que es el promedio de compresión más usado, y lo estoy escuchando desde el celular: la diferencia de calidad en ese caso es imperceptible. Pero si paso música en un evento y reproduzco ese mismo archivo en un sistema de audio de alta fidelidad, ahí sí se va a escuchar feo”, explica.

De cualquier forma, ha ganado la razón del artillero. Pereyra cuenta que el técnico histórico de Océano, Edgardo Mesa, no quería saber nada con el formato MP3. “Lo tuve que engañar poniéndole una canción a 192, diciéndole que era un CD. Cuando se lo dije y vio que era lo mismo, comenzamos a comprimir toda la música que teníamos a 192; luego, con discos duros más grandes, pasamos a 320, donde el sonido es más óptimo. Yo, sinceramente, no me doy cuenta de la diferencia”.

¿Y la salud auditiva?

Pero más allá de la practicidad de contar con millones de canciones al alcance de un smartphone, para disgusto de melómanos, coleccionistas, nostálgicos, sommeliers de sonido (en caso que estos existan) y analfabetos tecnológicos, el uso y el abuso de la música comprimida puede dañar la salud auditiva.

Eso es lo que indica un estudio realizado por el Instituto Pasteur de París, en cobayos y con canciones de la cantante británica Adele, publicado el 7 de mayo en The Economist.

Quitarle a una pieza los espacios de silencio —y no por nada The Economist citó a Claude Debussy definiendo a la música como “el espacio entre las notas”— puede impedir la recuperación de las células auditivas, al dejarlas sin los descansos necesarios. Vale recordar que este fenómeno no es percibido de manera consciente para los oídos no entrenados (que son la amplia mayoría).

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El estudio del Pasteur, dirigido por el audiólogo Paul Avan, hizo exponer a dos grupos de cobayos —no por nada conocidos como conejillos de Indias— la misma canción, I Miss You, de Adele. Unos “escucharon” la versión original y otros la comprimida a un mismo volumen. En ambos casos se percibió la afectación del músculo del estribo ubicado en el oído medio (el estapedio), cuya función es proteger a toda la estructura de sonidos fuertes. Pero mientras que los primeros recuperaron su funcionalidad a las 24 horas, en los otros esta siguió trabajando al 50% durante siete días.

Anteriormente, expertos como el ingeniero de sonido francés Christian Hugonnet, habían sostenido que la ausencia de silencios termina afectando la cultura musical de los oyentes, quienes pierden la capacidad de entender los matices. “Un sonido alto no es tan duro para el sistema auditivo, siempre y cuando tengas un período de descanso”, le dijo a El Observador en 2014.

“Esos son mitos”, retruca Osorio. “El audio en MP3 filtra algunas frecuencias de las que escuchamos los seres humanos pero eso no tiene ninguna repercusión en la salud. Lo único que puede generar es fatiga auditiva temporal si escuchamos mucho rato MP3 de baja calidad, 96 kbps o menos. Según tengo entendido, tampoco hay ninguna declaración de algún organismo o instituto serio que haya detectado daños en la audición por eso”, añade, subrayando que hace 25 años trabaja como DJ, escuchando mayoritariamente música en ese formato, sin “ningún perjuicio al oído”. Lo mismo sostiene Pelu Pereyra.

El estudio del Pasteur, si bien concluye que los pobres cobayos que escucharon música comprimida sufrieron mayor estrés auditivo, admite que no tiene claro qué tanto se puede traspolar esta realidad a los seres humanos. Treinta años después, el MP3 suena y lucha.

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