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La uruguaya desconocida

¿Quién es la uruguaya de nombre anglosajón que es una destacada artista de gran proyección, reconocida internacionalmente, cuyas obras se venden en prestigiosas galerías de Estados Unidos y Europa por no menos de 100.000 dólares?

Editora Jefa de Galería

Una de las tantas cosas lindas que tiene el periodismo es experimentar la sorpresa de descubrir buenas historias. En Uruguay eso no pasa seguido. Somos pocos, nos conocemos todos…, blablablá. Hace unas semanas, el cocurador de la Bienal de Montevideo Alejandro Denes me escribió para ofrecernos entrevistas con dos artistas que participan en la muestra: una brasileña, Moara Tupinambá, originaria de una aldea indígena que con sus obras da voz a su pueblo y busca insertar el arte indígena en el arte contemporáneo; y Jill Mulleady, uruguaya que vive entre Los Ángeles y París.

Aunque cubrimos muchos temas relacionados con el arte, en la revista no somos expertos y no conocíamos ninguno de los dos nombres. Ambos nos interesaron y se coordinaron las respectivas notas. Primero fue con la brasileña, que vino a Montevideo para la inauguración y pudimos fotografiarla en el Salón de los Pasos Perdidos junto a su obra; y luego fue el turno de la uruguaya desconocida. La conversación iba a tener que ser por videollamada, ya que no había podido viajar a Uruguay por problemas de agenda. Pues resultó que esta uruguaya de nombre anglosajón es una destacada artista de gran proyección, reconocida internacionalmente, cuyas obras se venden en prestigiosas galerías como Gladstone Gallery, de Nueva York y Bruselas, y Galerie Neu, de Berlín, por no menos de 100.000 dólares, además de que se exhiben en museos de Europa y Estados Unidos. Sin embargo, es la primera vez que una de sus obras se expone en Uruguay, y son muy pocos, solo algunos muy vinculados al mundo del arte, los que saben de su existencia. ¿Por qué?

Hay una razón bastante obvia en esta historia: cuando ella tenía cinco años sus padres se separaron y ella se fue a vivir con su madre a Argentina, donde estudió Arquitectura, y luego se fue a Londres a estudiar Bellas Artes. Pero su padre vivió en el este de Uruguay hasta que murió y ella venía muy seguido a visitarlo; su vínculo con el país nunca se cortó.

Aparece un rasgo bastante curioso del uruguayo que se podría considerar como una especie de “antiexitismo”, que se empecina con dureza férrea en desterrar a todo profeta de esta tierra. Aparece un rasgo bastante curioso del uruguayo que se podría considerar como una especie de “antiexitismo”, que se empecina con dureza férrea en desterrar a todo profeta de esta tierra.

Hay también una razón no tan evidente, pero nada extraña. En la charla con la periodista Magdalena Cabrera, Jill confiesa que entrar en el circuito del arte uruguayo es muy complicado. Se presentó tres veces al llamado para representar a Uruguay en la Bienal de Venecia, pero como no está incluida en la escena no la eligen. También reconoce que el año pasado la llamaron del Espacio de Arte Contemporáneo para exponer allí y no se pudo concretar por cuestiones relacionadas con ella.

Lo sabemos. Hay mucho talento uruguayo diseminado por el mundo. Algunos más conocidos, otros menos, y muchos que están totalmente por fuera de cualquier radar. Algo similar sucedió con Julia Paternain en setiembre, cuando todo el Uruguay se desayunó que había ganado por primera vez en la historia una medalla en el Mundial de Atletismo gracias a una completa desconocida.

Fue entonces cuando comenzaron a escucharse las voces de quienes opinan negativamente sobre la legitimidad de considerar a estos uruguayos como verdaderos representantes de nuestra cultura. Y con esto aparece un rasgo bastante curioso del uruguayo que se podría considerar como una especie de “antiexitismo”, que se empecina con dureza férrea en desterrar a todo profeta de esta tierra.

Puede ser que algunos de estos profetas hayan pisado menos esta tierra, pero siguen teniendo la nacionalidad escrita en su pasaporte y, lo más importante, se sienten y se presentan al mundo como uruguayos. Eso ya les otorga credenciales suficientes para ser dignos representantes, y al país lo coloca en un lugar en el que puede hacer un poquito más de alarde de sus glorias, ser algo más orgulloso, hasta alcanzar incluso una pizca de vanidad. No nos vendría nada mal.

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