“Cada vez es más chico el territorio de Arazaire porque el caudal ha erosionado las tierras de la comunidad”, agrega Tijé. “Ya como 300, 500 metros se llevó. Antes estaba lejos [el río], ahora está cerca”. Esa proximidad no los favorece, no solo por el riesgo de inundaciones sino también porque no pueden disponer más de esa agua cargada de lodo. Los datos confirman su temor. Un análisis realizado por Mongabay Latam, a través de la plataforma Google Earth, confirma que 13,5 hectáreas fueron arrasadas entre el 2012 y el 2025.
Esto los llevó a buscar otras fuentes de agua limpia, como la quebrada Buenqueme. Al poco tiempo, narran los comuneros, allí también empezó a llegar sucia y tuvieron que ir más lejos, a otras quebradas, en busca de agua limpia. Pero la contaminación minera también las alcanzó.
“Lo que sucede río arriba, se sufre abajo”, resume el problema Ruth Tijé.
¿Cómo entender la paradoja de una comunidad que vive rodeada de agua pero no puede usarla? ¿Cuánto ha cambiado el río Inambari y toda la cuenca de Madre de Dios en los últimos años? Las imágenes satelitales muestran esa contradicción: una zona con más superficie de agua que hace veinte años, pero que ha crecido a costa de la aparición de pozas asociadas a la minería y de parches de deforestación.
Periodistas de Mongabay Latam, El Espectador y del Correo del Caroní analizaron los cambios que han afectado al Madre de Dios en las últimas dos décadas y a otros tres ríos amazónicos, con apoyo de científicos de MapBiomas y del programa de formación en ecología cuantitativa del Instituto Serrapilheira de Brasil. Lo hicieron como parte de la investigación Aguas Partidas, que coordinó el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con ocho medios de la región.
En total, esta alianza periodística analizó 722 microcuencas de cuatro países —el 62% de ellas territorio de al menos 74 pueblos indígenas— usando el análisis por microcuencas de la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG), a partir de datos de la plataforma MapBiomas Agua, creada por un consorcio de organizaciones no gubernamentales de la Amazonía para mapear los cambios de uso de la tierra y la evolución de cuerpos de aguas por múltiples presiones. Los resultados son contundentes. En Bolivia, las microcuencas con minería ilegal ganaron 22% de superficie de agua en 25 años, mientras que las que no tienen ninguna minería perdieron 17%. En Venezuela, los 98 ríos del Caroní perdieron casi una quinta parte de su agua en 25 años, una pérdida que disimula la cuenca - la segunda del país con mayor reducción de superficie de agua, según MapBiomas Venezuela-, porque casi cuatro quintas partes de su superficie de agua están hoy detrás de represas. En Colombia, donde la deforestación por ganadería es la presión dominante, hay microcuencas donde la deforestación acumulada cubre más de la mitad del territorio, y las más deforestadas también pierden agua. Y en las cuatro cuencas, con la misma metodología, se repite un patrón más fino: una de cada seis microcuencas pierde agua natural y gana agua artificial al mismo tiempo, en el mismo lugar.
En el caso peruano, en la gran cuenca del Madre de Dios, se analizaron 84 de las 155 microcuencas que lo componen. En 45 de ellas se ha registrado un incremento de agua artificial, y la casi totalidad de esa agua nueva se concentra en las microcuencas con presencia de minería legal e ilegal: entre 2000 y 2023 la superficie de agua artificial de la cuenca se multiplicó casi por doce —de 1.224 a 14.418 hectáreas—, y el 99,7% de esa agua está en las 45 microcuencas donde hay minería registrada; en las 39 que no la tienen, apenas llega a 38 hectáreas. Solo tres microcuencas —entre ellas la de Arazaire, sobre el río Inambari— concentran el 81% de toda esa agua nueva. 41 de esas 84 microcuencas se solapan, además, con territorios indígenas de 14 pueblos distintos: no es que haya más agua, es que aparecieron pozas donde antes no había nada, y buena parte de ellas está en territorio indígena.
En esas microcuencas, la minería ilegal ocupa en promedio 10,3% del territorio, frente a apenas 0,4% donde no hay territorio indígena de por medio, según el análisis científico realizado para esta investigación. Y cuanto más territorio indígena tiene una microcuenca, más agua antrópica registra, según el modelo estadístico del proyecto. Las comunidades no están protegidas de la minería, sino que están rodeadas.
Por esas pozas justamente sobresale Arazaire, una comunidad indígena invadida por retroexcavadoras, dragas y contaminación, donde El Estado peruano ha otorgado 11 concesiones mineras tituladas y activas que se superponen al territorio de Arazaire. Y son 153 las que afectan a ocho comunidades indígenas de Madre de Dios, sobre 12.768 hectáreas de territorio comunal, según una investigación publicada en marzo de 2026 por Mongabay Latam. Amazon Mining Watch, una plataforma que rastrea la minería en la Amazonía con inteligencia artificial sobre imágenes satelitales, revela la dimensión del daño en el propio territorio de la comunidad. Hasta mediados de 2026, la minería habría afectado 688 hectáreas dentro de este territorio, una cifra que ha crecido desde 2018, según los datos de la plataforma. Además, se calcula que el 85% de esa actividad ocurre fuera de cualquier concesión, en zonas sin autorización para minar. Es decir, la mayor parte de la minería que carcome a Arazaire es presuntamente ilegal.
Hasta mediados de 2026, la minería habría afectado 688 hectáreas dentro de este territorio, una cifra que ha crecido desde 2018, según los datos de la plataforma Amazon Mining Watch.
Captura de imagen: Amazon Mining Watch
El problema de fondo es legal. Según César Ipenza, abogado ambientalista y vocero del Observatorio de Minería Ilegal, no existe una prohibición expresa que impida al Estado otorgar concesiones sobre cuerpos de agua. Las autoriza bajo el argumento de que el título no es un permiso de explotación, pues para eso hacen falta permisos ambientales adicionales. El problema legal radica en que las concesiones sobre cuerpos de agua se solicitan para reservar el subsuelo, pero en la práctica se usan como escudo para ingresar al Reinfo. El Registro Integral de Formalización Minera (Reinfo) es un padrón creado en 2016 para regularizar a los pequeños mineros, otorgándoles una exención de responsabilidad penal mientras dura el trámite, cuyo plazo de vencimiento se ha aplazado cinco veces en estos diez años. Esto facilita operar sin permisos y usar el título para confundir a las comunidades, mientras las dragas prohibidas continúan operando en los ríos.
“Los mineros sorprenden a las comunidades indígenas, pues usan el título de la concesión para afirmar que el Estado les dio ese derecho”, explica en la misma investigación de Mongabay Latam. A eso se suma que las dragas, la maquinaria con que se extrae el oro de los cauces, están prohibidas en los ríos desde 2012, y aun así operan dentro de concesiones tituladas del Inambari.
Arazaire ya vivió en carne propia ese vacío. En 2025, sus comuneros encontraron una excavadora operando dentro de su territorio titulado, la detuvieron y la denunciaron ante la Fiscalía Especializada en Materia Ambiental (FEMA) en Madre de Dios. A los pocos días, el Estado ordenó devolverla. "Los 200 mil soles (60 mil dólares) que vale esa máquina cuestan más que nuestras vidas", resume la dirigencia de la comunidad, quienes prefieren no ser nombrados por seguridad. Lo que ocurrió después con ese caso terminaría de mostrar de qué lado se inclina la balanza.
El agua que no pueden beber
En Arazaire, el agua se compra. La Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad), que agrupa a 38 comunidades de siete pueblos indígenas de la región, confirmó a Mongabay Latam que dos terceras partes de esos 38 poblados indígenas de la región pagan por el agua.
“No va a tardar mucho para que el agua cueste más que el petróleo", dice Eusebio Ríos, vicepresidente de Fenamad y líder del pueblo harakmbut.
En la comunidad deben comprar agua para abastecerse. El agua de lluvia que pueden recolectar no es suficiente, menos en tiempos de seca. Cada tanque cuesta alrededor de 21 dólares y es una compra semanal.
Vico Méndez/ Mongabay Latam
En la comunidad deben comprar agua para abastecerse. El agua de lluvia que pueden recolectar no es suficiente, menos en tiempos de seca. Cada tanque cuesta alrededor de 21 dólares y es una compra semanal. Foto: Vico Méndez/ Mongabay Latam
Según pobladores que dependen de ese servicio, cada tanque contiene 1100 litros y cuesta 70 soles (alrededor de 21 dólares), aunque también hay bidones de 20 litros por los que pagan 11 soles (alrededor de 3 dólares). "Religiosamente hay que llamar a la municipalidad para que llene el tanque una vez por semana", dice resignada Elda Gutiérrez.
La imagen del lodo que desplazó las aguas cristalinas del Inambari está presente en la memoria y las conversaciones de los comuneros que viven a orillas de este afluente. Eusebio Ríos aún recuerda una infancia idílica que tenía al río como el centro de su vida. "De niños buceábamos, veíamos peces; era algo maravilloso. Ahora estamos frente a este atropello y frente al riesgo de exterminio, por el agua que ya no podemos consumir ni en los ríos ni en las quebradas. Están contaminadas por la minería", dice.
El análisis realizado por un equipo de científicos del Instituto Serrapilheira —con la asesoría de los expertos de MapBiomas Agua— le da la razón. Entre 2000 y 2023 aparecieron en distintos tramos de la cuenca del Madre de Dios cerca de 13 mil hectáreas de superficie de agua artificial o antrópica, otra manera de referirse a las pozas contaminadas que deja la minería. En 2000, el agua artificial apenas llegaba al 1% de este espacio analizado. Dos décadas después, para 2023, esta fotografía ya llegaba a un 11%.
Es decir, hoy una de cada nueve hectáreas de agua detectada en la zona corresponde a pozas asociadas a la minería. Las imágenes satelitales Sentinel 2 muestran cómo las áreas más afectadas son justo los espacios donde algunas comunidades aseguran que no pueden usar el agua, lo que confirman los dirigentes de Fenamad.
Ese salto es más pronunciado en los territorios del propio pueblo harakmbut —el de Erick, Ruth y Marcia Tijé—, que en conjunto acumulan más de 12.000 hectáreas de agua antrópica nueva, más que todos los demás pueblos identificados en la cuenca juntos.
Estos hallazgos son consistentes con lo que la ciencia ya ha documentado para Madre de Dios. Un estudio publicado en Science Advances en 2020 por científicos de la Universidad de Duke y el Centro de Innovación Científica Amazónica (Cincia) midió la expansión de las pozas y lagos artificiales creados por la minería aurífera usando imágenes satelitales de 1985 a 2018. Encontraron que en las cuencas más minadas la superficie de esos cuerpos de agua creció un 670%, mientras que en las cuencas sin minería el aumento fue de apenas 20%. También hallaron que esas pozas convierten el mercurio en metilmercurio, su forma más tóxica, a un ritmo hasta siete veces mayor que los ríos. Aunque los ríos también realizan esta conversión de forma natural, el agua estancada y sin oxígeno de las pozas acelera drásticamente el proceso. Es decir, el agua nueva que aparece no solo es inservible, es más peligrosa que la que reemplazó.
Lo que el análisis de esta investigación aporta es más actual, hasta 2024, y a otra escala: no solo el del Madre de Dios, sino cuatro cuencas en cuatro países, con los mismos patrones: La del Caroní en Venezuela, la del Beni en Bolivia y la del Caquetá en Colombia.
Carlos Álvarez, guardia indígena de Arazaire, señala una de las pozas que está dentro del territorio comunal. A simple vista luce como un hueco que almacena agua estancada de color marrón oscuro.
“Antes allí se pescaba bocachico, sábalo, huasaco”, dice.
¿Y ahora qué hay en esa agua?
“Lodo, nomás. Ya no hay vida, no hay nada”.
Esta es una de las quebradas que alimentan el Inambari. En las cabeceras hay actividad minera que arrasa con bosques y llena las fuentes de agua con mercurio y lodo.
Vico Méndez/ Mongabay Latam
En 23 años, la superficie de agua artificial del Madre de Dios se multiplicó casi por doce. Pasó de ocupar 1.224 hectáreas a 14.418, según los datos compilados por MapBiomas. Pero no creció por toda la cuenca, sino donde hay maquinaria. Más del 99% está en los ríos donde el satélite ha detectado actividad de minería. Es decir, en 45 de las 84 microcuencas analizadas se concentra la casi totalidad del agua artificial nueva. Son más de 13.000 hectáreas, un 40% de la extensión total del Santuario Histórico de Machu Picchu. En las 39 restantes, donde no hay actividad minera registrada, el agua artificial llega a ocupar con mucho esfuerzo 38 hectáreas.
La mayor parte del agua artificial detectada —más del 80%— se concentra sobre todo en tres microcuencas situadas en tramos de los ríos Colorado, Malinowski e Inambari. En la comunidad de Arazaire, que está asentada a orillas de la tercera, hoy una de cada cinco hectáreas de agua es artificial.
Ese sector específico del Inambari, que atraviesa Arazaire, tiene una extensión de más de 164 mil hectáreas y es una de las más golpeadas de Madre de Dios. Es la que tiene más terreno concesionado para la minería (81% del territorio), la segunda en pérdida de bosque, la tercera con más pozas de agua artificial y la sexta en cantidad de minería detectada. De hecho, la superficie de agua artificial en ese tramo creció unas 2615 hectáreas en 23 años.
“Esa zona donde antes era puro árbol, ahora hay pura poza. Están las aguas removidas que antes no había. Las quebraditas que antes había, ahora están con relaves”, dice Ruth Tijé, refiriéndose a lo que sucede en esa zona ubicada en la margen izquierda del territorio indígena.
Aunque el satélite puede ver el cambio en la superficie del agua, hay detalles que pueden pasarse por alto. Joaquín Romualdo, geógrafo experto en teledetección del Instituto del Bien Común y responsable del análisis hídrico de MapBiomas en Perú, lo explica así: “Captamos el dato como una fotografía aérea, pero si baja el nivel del río, eso no lo podemos captar y mucho menos la contaminación”. Es decir, si el río baja de nivel o se llena de sedimentos y mercurio, esa degradación no queda registrada.
Por eso una comunidad puede aparecer en los mapas rodeada de más agua que nunca, cuando en terreno ya está obligada a vivir de espaldas al río. “El agua es lo que más sufre, el elemento que más sufre al final, además del bosque”, añade Romualdo.
Arazaire, por ejemplo, vive acorralada por la minería y la deforestación que esta arrastra. Es uno de los puntos que más destacó el análisis y una historia cuyo impacto completo solo se puede contar desde el territorio.
Mapas contra el olvido
Un grupo de comuneros despliega un mapa sobre la mesa. Están reunidos afuera de la maloca del centro comunal de Arazaire, el centro ceremonial con techo de hojas de palma y piso de tierra donde los habitantes se reúnen para tomar las decisiones más importantes. Juntos revisan el territorio de la comunidad en una imagen satelital que el equipo de Mongabay Latam les ha compartido. Es su tierra vista desde arriba, como pocas veces la han observado. Hay marcadores de colores dispersos en la mesa y la invitación es a que puedan señalar sus principales fuentes de agua, las rutas que seguían para ir al río y las quebradas a las que solían ir y a las que no pueden volver más.
Para llevar el trabajo del equipo científico al campo, entregamos imágenes satelitales para que puedan despertar su memoria geográfica. Con marcadores de colores, empezaron a recordar dónde hubo lagos y quebradas de donde se abastecían de agua, que ahora fueron arrasados por la minería.
Vico Méndez / Mongabay Latam
El dedo índice de Beatriz Tijé empieza a recorrer la línea de la Carretera Interoceánica sobre el mapa. Es ella quien le pone fecha al quiebre. "Desde el 2012 entraron las máquinas [de la minería] con fuerza por aquí", dice. Fue dos años después de que se abriera esa vía que redujo el tiempo de viaje de su comunidad a Puerto Maldonado de un día entero a dos horas y media. La que trajo con la misma facilidad a los mineros y la deforestación.
La pérdida de bosque por minería en Madre de Dios creció más de 400% tras la llegada de esa carretera, según Cincia, una reconocida ONG ambiental que entre otras actividades viene haciendo seguimiento a la contaminación por mercurio en los ríos amazónicos. Ese vínculo se confirma en los números de toda la cuenca: la deforestación es la presión que más se asocia con la aparición de agua artificial en el conjunto de las cuatro cuencas —porque la tala suele venir de la mano de la minería, que es la que abre las pozas—. La pérdida de agua natural, en cambio, no responde a una sola presión.
Marcia Tijé secunda a Beatriz y empieza a nombrar lo que el agua se llevó. "Íbamos a Amanatapo arriba, que era un lago. Ahí yo y mi papá íbamos a pescar siempre, con flecha, hasta el último", dice, señalando un punto al que ya no pueden volver. Pasaron de cazar y pescar en el río a tener piscigranjas y comprar alimentos en Mazuko, el centro poblado más grande a 20 minutos de la comunidad. "Antes era más intercambio. Sembrábamos un producto, el plátano, la yuca; a veces intercambiábamos con carne, con yuca, con piña, naranja que tenía el vecino”, dice Ruth Tijé. De forma muy evidente y estruendosa, el paisaje cambió con la llegada de la maquinaria pesada. Las imágenes satelitales solo confirman lo que las hermanas Tijé ya saben de memoria.
Marcia Tijé es quien guarda los relatos de los harakmbut de su comunidad. Eso lo aprendió de su padre, el patriarca que fundó Arazaire. Muchos de esos mitos se usan para responder las grandes dudas que algunos tienen sobre las razones por las que los deslizamientos, según cuentan en la comunidad, son responsables de la muerte de algunos mineros.
“Ese fue el ‘siquitbe’”, responde Marcia Tijé sin titubeos. Para los harakmbut, el ‘siquitbe’ es una especie de dragón de cinco cabezas que vive bajo el bosque. “Está a la altura del tramo entre el kilómetro 65 y el 125 de la Interoceánica”, cuenta. Es un guardián del bosque que está dormido, pero que puede ser despertado. “Cuando ellos levantan el agua en pozas, cuando cavan mucho, jalan a la fiera. Hace años hubo una gran inundación en una de las zonas mineras y se llevó todo, el área minera, los bares, la prostitución. Sólo quedó piedra, arena y palos”, relata Marcia. Por eso cree que el ‘siquitbe’ no tardará mucho en volver a aparecer. “Si siguen huequeando por oro, va a volver a inundar todo y llevarse todo de nuevo”.
El pequeño Santiago, como la gran mayoría de pobladores de Arazaire, deben tomar agua de bidón. Los tiempos en los que el Inambari era su fuente principal de agua ya no existen.
Vico Méndez/ Mongabay Latam
La memoria comunal va a la par de lo que es innegable: la minería que entra con más fiereza que el ‘siquitbe’. Eso se ve claramente con solo ver a Arazaire y su historia. Cuando el Estado peruano les tituló el territorio en 1976, varias décadas después de haberse asentado ellos, se crearon dos espacios geográficos claros y divididos por el Inambari y sus vertientes. Al lado derecho están las casas, las chacras (o espacios de cultivo) y las piscigranjas. Y del izquierdo están las nacientes de las quebradas que alimentan al Inambari, donde cazaban, donde hacían rituales. “Nadie trabajaba ahí. Todo era verde. Iban a cazar, a buscar fibra y semillas”, añade Ruth Tijé. Ahora ese espacio está ocupado por minería legal, es decir, entregado a concesionarios o empresarios privados, y por la ilegal, según se ha detectado en plataformas como Amazon Mining Watch, donde se ve actividad minera fuera de los espacios delimitados como concesiones.
La lucha de Arazaire contra las concesiones no empezó con esta generación. Su fundador, el líder harakmbut José Tijé Huarao, pidió al Estado la nulidad de las concesiones que invadían la comunidad desde 1991. La respuesta llegó ocho años después, en 1999. Fue improcedente, porque en esos procesos sólo pueden participar el titular de la concesión y el Estado, sin la intervención de terceros. Ni la propia comunidad sobre cuyo territorio se otorgaban los permisos tenía derecho a opinar. José Tijé murió el 14 de julio de 2020, a los 81 años, por covid. Dos días después, el 16 de julio, el Ministerio de Energía y Minas formalizó a algunos de los mineros que operaban dentro de la comunidad que él había fundado.
Alrededor de la mesa está también Erick Aguirre Tijé. Escucha atento a sus compañeras, mientras el mapa empieza a activar su memoria. Cuenta que para llegar al gran caudal del Inambari solo tenía que cruzar caños angostos que colindaban con el lado derecho de Arazaire. “Hasta caminando cruzábamos”, dice. Pero entre el 2010 y el 2012, esa angosta vertiente del Inambari, donde solían pescar y bañarse tranquilos, se convirtió en un brazo caudaloso del río. “Lo desviaron aguas arriba para que no dañara la zona minera”, cuenta Marcia Tijé. Esa “zona minera”, ubicada en el lado izquierdo de Arazaire, era un área sagrada para la comunidad.
Las imágenes en Google Earth, que van de 1980 a 2010, le ponen una fecha a los cambios que narran los comuneros de Arazaire. En 2010, por ejemplo, se ve que el caño que pasaba por el lado derecho de la comunidad era angosto. Dos años más tarde, en 2012, se observa río arriba de Arazaire como el caudal había empezado a cambiar y un sector de la comunidad comenzó a erosionarse. Las imágenes satelitales de 2025 confirman que ahora esa erosión se extiende hasta alcanzar unas 113 hectáreas, un 10% del territorio de la comunidad.
Marta Torres, directora nacional de Cincia, señala que este tipo de cambios en el curso se suelen observar cuando hay minería ilegal aguas arriba. “Ese lodo [que sale de la actividad minera], mientras avanza, comienza a estabilizarse. Eso implica que el fondo del río se colmate, los cauces se llenen y pierdan profundidad. Al perder profundidad, el riesgo de inundaciones es mayor. Cada vez tenemos inundaciones más agresivas. Y en temporada seca, esa gran cantidad de lodo que encuentras en el fondo del río, ahora ya lo ves como playas, y comienzan a cambiar el curso de la vertiente”, explica.
Las inundaciones dejaron su peor huella en Arazaire hace siete años. “El periodo de peor inundación fue entre el 2019 y 2020, una catástrofe”, recuerda Marcia. El agua sobrepasó los tres metros, añade, llegó hasta las piscigranjas donde criaban pacos (Piaractus brachypomus) y gamitanas (Colossoma macropomum) y arrasó lo que encontró a su paso. “Se fueron piscigranjas, cacao, plátano”, agrega. Y si no son las inundaciones, son las sequías, que secan el río y las quebradas “más que antes”.
Esa oscilación, entre el agua que sobra y la que falta, no es solo local. Los datos de MapBiomas Água muestran que, en toda la Amazonía peruana, las temporadas húmedas y secas son cada vez más extremas - parte de lo que los científicos llaman la intensificación del ciclo hidrológico. En el año 2000, por ejemplo, las imágenes satelitales mostraban que el área que ocupaba el río Inambari era de unas 20 mil hectáreas. En el 2025, esa superficie se expandió hasta alcanzar las 30 mil hectáreas. “Es una causa directa del cambio climático. Los meses húmedos están siendo más húmedos, y los secos, más secos”, explica Joaquín Romualdo, de MapBiomas Agua Perú. Desde 2019, además, la superficie de agua de la Amazonía viene disminuyendo año a año, hasta tocar un punto crítico en 2024. En 2025 hubo una leve recuperación, pero sin volver a los niveles de antes.
A la par, lo que sucede en la margen izquierda de la comunidad es otra tragedia. Según la plataforma Global Nature Watch, entre el 2001 y el 2025, se perdieron 530 hectáreas de bosque, casi la mitad de la vegetación que existía en ese sector.
Waldo Lavado-Casimiro, subdirector de hidrología aplicada del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi), reconoce el peso del clima, pero aclara que en un territorio tan golpeado por la minería este no es la causa única del problema, sino un agravante que acelera lo que la actividad humana ya ocasionó. “Probablemente, como escala macro no se nota mucho a detalle, pero ellos ya lo sienten”, explica.
Lavado confirma, además, la paradoja desde la hidrología. Los sedimentos de la minería, dice, “hacen mucho para que no parezca que falta agua”, porque llenan de lodo el cauce y lo desbordan. “Aparentemente parece que no falta agua o que hay mucha agua, pero el tema es ver qué tipo de agua es”, añade. Un estudio del que es coautor con un equipo de científicos peruanos y franceses mostró que, al perderse el bosque, el agua deja de infiltrarse y escurre por la superficie. En el Inambari, el más afectado de Madre de Dios, la escorrentía podría aumentar hasta 187% al año, según la estimación del modelo hidrológico. Eso, explica Lavado, multiplica el arrastre de lodo y el riesgo de crecidas.
Este es el panorama que se observa en gran parte del territorio de Arazaire. Desde hace más de tres décadas han pedido al Estado que anule las concesiones mineras que impusieron sobre su comunidad. Ahora ya son once de ellas.
Vico Méndez/ Mongabay Latam
El monitoreo científico del agua en Madre de Dios llegó tarde. Aunque el Senamhi ha expandido recientemente su red sumando nuevas estaciones automáticas —como las de Billinghurst y Tambopata—, la base de datos histórica es alarmantemente joven. El punto de control clave en el río Inambari, por ejemplo, apenas acumula unos años de registros. "El récord aún es corto", admite Waldo Lavado, especialista de la institución. Y lo es porque la ciencia exige al menos 30 años de datos continuos para identificar una tendencia climática real.
En una de las regiones más transformadas por la minería y la deforestación en el país, la memoria estadística del agua recién se está empezando a escribir.
El agua versus el oro
Para llegar al lado izquierdo de la comunidad de Arazaire, Erick Aguirre Tijé viaja 40 minutos en motocicleta con dirección al puerto de Mazuko. En ese punto, paga 10 soles (2,7 dólares) para cruzar en bote el caudaloso y turbio Inambari. Eso le toma 10 minutos más. De una vez en la orilla, camionetas 4x4 recogen a los pasajeros, sobre todo mineros, para llevarlos a la zona.
“Antiguamente veníamos con mi abuelo a pescar la sardina, los bujurqui, camarones, carachamas que encontrábamos debajo de las piedras”, cuenta mientras el vehículo atraviesa quebradas cada vez más enlodadas. Va nombrando las rutas y quebradas que dibujó en el mapa un día antes. Para llegar a la cocha (o laguna) Amanatapo, el lugar más sagrado para los harakmbut, debe pasar una tranquera, que los mineros ignoran con facilidad, y caminar hasta la orilla del río. Erick cuenta que Amanatapo era una laguna habitada por los dioses que dirigían la vida. "Amana es dios; Amanatapo es como una barriga donde está el dios", explica Marcia Tijé. El año pasado, sin embargo, los harakmbut fueron a visitarla y se dieron con la sorpresa de que el Estado había otorgado concesiones mineras a diversos empresarios sobre esas tierras.
El destino fatal de Amanatapo resume un fenómeno que abarca toda la región. Entre 2000 y 2025, casi 97 mil hectáreas de bosque húmedo tropical del departamento de Madre de Dios se convirtieron en territorio minero, según MapBiomas Perú. Eso es una superficie equivalente a más de siete veces el distrito de San Juan de Lurigancho, el más poblado de todo el Perú.
El caso de aquella excavadora que contamos al inicio del reportaje, la que fue detenida por la comunidad, no terminó con su devolución. La comunidad sostiene que la formalización de la minera alcanza al subsuelo, pero no a la superficie, que es territorio titulado de Arazaire desde hace décadas. Un peritaje del Ministerio de Energía y Minas y de la Dirección Regional de Agricultura confirmó que el punto donde operaba la máquina está dentro del título actualizado de la comunidad.
La dirigencia de Arazaire señala que el año pasado pudieron detener una excavadora que se encontraba dentro de su territorio. A los cinco días de eso, las autoridades devolvieron la máquina al concesionario. Hoy lo siguen viendo operando sobre su territorio.
Vico Méndez/ Mongabay Latam
Aun así, en lugar de responder a la denuncia, la propia minera presentó una demanda de hábeas corpus contra la presidenta de la comunidad, alegando que la dirigencia le impedía el libre tránsito hacia su labor. Un juzgado la desestimó: resolvió que un eventual derecho de la minera no la faculta a vulnerar el derecho de una comunidad indígena. Hoy Arazaire lleva el caso por la vía de la Fiscalía de Derechos Humanos.
El reclamo no es nuevo. “Son 31 años haciendo cartas a la dirección de minería para que anule las concesiones dentro de la comunidad nativa titulada, que empezaron con los pedidos de mi padre, y no han hecho caso”, dice una de las dirigentes de la comunidad, que pide no ser nombrada por seguridad. En una reunión con autoridades, cuenta, sintió que ni el llanto los conmovía. “Hasta las lágrimas serían por gusto. Ni mis lágrimas, creo, les van a llegar al corazón. Ustedes no entienden nuestra realidad”.
Quien tramitó las primeras diligencias de este caso fue el fiscal Carlos Chirre Ramírez, el mismo que en marzo de 2026 explicaba a Mongabay Latam las dificultades para perseguir la minería en los ríos. En julio de ese año, Chirre fue detenido por la policía, acusado de integrar una presunta red criminal ligada a la minería ilegal en Madre de Dios. La FEMA no respondió a las solicitudes de información de esta alianza periodística.
“Cuando nosotros defendemos la vida, el Estado entra en defensa de lo económico. Lo ponen en la balanza y eso no debe pasar”, dice Eusebio Ríos, vicepresidente de Fenamad.
El agua que beben Erick y el pequeño Santiago ya no viene del río que su abuelo, el apu José Tijé, eligió para asentar a su pueblo harakmbut a orillas del río Inambari. Tampoco de las quebradas que sostuvieron a Arazaire por generaciones.
Ahora viene de un bidón de plástico.
Referencias científicas
Datos y metodología de esta investigación
- Aguas Partidas (2026). Proyecto periodístico coordinado por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), con Mongabay Latam, El Espectador, Correo del Caroní y el Instituto Serrapilheira (Brasil). Basado en datos de MapBiomas Água (colección Panamazonía y colecciones nacionales), RAISG (análisis por microcuencas, territorios indígenas, minería, deforestación) e HydroBASINS/HydroATLAS nivel 8 (WWF).
Estudios científicos citados
- Gerson, J.R., Topp, S.N., Vega, C.M., Gardner, J.R., Yang, X., Fernandez, L.E., Bernhardt, E.S., & Pavelsky, T.M. (2020). Artificial lake expansion amplifies mercury pollution from gold mining. Science Advances, 6(48), eabd4953. https://doi.org/10.1126/sciadv.abd4953
- Paiva, K., Rau, P., Montesinos, C., Lavado-Casimiro, W., Bourrel, L., & Frappart, F. (2023). Hydrological Response Assessment of Land Cover Change in a Peruvian Amazonian Basin Impacted by Deforestation Using the SWAT Model. Remote Sensing, 15(24), 5774. https://doi.org/10.3390/rs15245774