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Tiene que haber, en algún rincón del Hospital de Clínicas, una sala de lactancia. Bajo este supuesto inicié la recorrida con la ordeñadora al hombro y una bebé de cuatro meses en casa. Tras realizar una larga entrevista en el hospital universitario, había llegado la hora de utilizarla.
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Pegados en vidrios de varios pisos del hospital hay afiches titulados “Acuerdo colectivo maternidad, paternidad, licencias especiales y cuestiones de género”, un convenio que fue firmado en febrero. El texto detalla que “deberá existir una sala de lactancia, como mínimo, por Institución de Asistencia Médica acondicionada para tal fin, con heladera y su debida privacidad”. Encontrar la sala de lactancia en el hospital universitario parecía ser una cuestión de tiempo. Tras algunas consultas poco exitosas al personal de salud, intuí que subir al piso 16 de maternidad sería lo más indicado. Alguien ahí debía saber.
El primer encuentro con una enfermera del piso fue un fracaso.
—Hola, estoy buscando la sala de lactancia. ¿Es por aquí?
—¿La qué?
—La sala de lactancia…
—Acá no…
El intercambio fallido me obligó a adentrarme en la zona de las salas de internación. En un solitario corredor de ingreso a una de ellas, la cartelera brillaba de colores y afiches caseros. Dibujos de niños alimentándose de pecho materno, de una madre que mira a los ojos al niño mientras le da de mamar e infografías con recomendaciones en las que se puede leer, por ejemplo: “Beneficios de la lactancia materna. Para el bebé: protección contra enfermedades, potencia el desarrollo intelectual, evita el estreñimiento, fortalece el vínculo madre-hijo. Para la mamá: disminuye el sangrado postparto, ayuda a bajar de peso, reduce el riesgo de cáncer de ovarios, útero y mamas, y es ecológico y económico”.
Ante tanta promoción de la lactancia, la sala debía estar cerca.
Una enfermera pasa caminando.
—Disculpa, hola, estoy buscando la sala de lactancia.
—¿Sala de lactancia? ¿Acá? ¿Qué buscas?
—Necesito ordeñarme, ¿hay algún lugar previsto?
—Acá que yo sepa no, capaz podés usar alguna sala que no tenga gente… (con intención de ayudar, mira a su alrededor, piensa, pero no se le ocurre una rápida respuesta y ofrece buscar a la nurse para que colabore con el pedido).
Mientras tanto, la búsqueda infructuosa me lleva a visitar el baño. Cubículos diminutos, sin enchufes, waters sin tapa… comencé a hacerme la idea de utilizar aquel lugar con la cartera al hombro y la ordeñadora en la falda. Al ingresar a uno de los cubículos, lo restrictivo y poco ameno del espacio me llevó a salir y emprender nuevamente la búsqueda.
Desde una sala cercana con la puerta cerrada se escuchan voces, muchas. Al tocar la puerta alguien responde con un “pase” amable.
¿La escena? Unas siete u ocho trabajadoras de la salud del piso 16 almorzando.
—Hola, perdón la interrupción, estoy buscando la sala de lactancia.
Una de ellas, la de más edad, responde de inmediato con pesar.
—El Hospital de Clínicas no tiene una sala de lactancia. Es así. Es un debe que tenemos…
A cambio ofrece utilizar el vestuario que usan para cambiarse y advierte la falta de enchufe y las condiciones poco adecuadas. Al ingresar, se hace evidente el porqué. Una sala repleta de vetustos lockers, cuatro sillas de madera de alguna vieja aula y una pequeña mesa redonda de madera con escaso mantenimiento y tablas separadas entre sí. Además, sobre los lockers la costra de polvo llama la atención. También hay allí arriba algunas agujas en desuso y papeles de envoltorio de protectores diarios cubiertos de polvo.
Mientras utilizo el lugar pide permiso para ingresar una de las trabajadoras. Se disculpa por la interrupción y se cambia frente a mí, ya que su hora había terminado. Comenta con preocupación la serie de intentos infructuosos del equipo de salud del piso 16 por gestionar una sala de lactancia para el Hospital de Clínicas y la falta de apoyo institucional y económico. El esfuerzo por lograr que las “chiquilinas jóvenes” le den pecho a sus hijos desvela también al equipo. La tarea no es sencilla, la dependencia de un niño con su madre es grande y muchas quieren optar por el camino “fácil” y no amamantar. Cuenta cómo otras madres, las jóvenes médicas que trabajan en el Clínicas, se han ordeñado en este mismo vestuario y cómo lo hacen en aulas de clase del hospital universitario trancando las puertas.
El CTI pediátrico del Hospital de Clínicas tiene ordeñadoras para que utilicen las madres que tienen allí internados a sus bebés, pero no existe una sala de lactancia para las madres recientes que acuden al hospital por cualquier otro motivo, ya sea a trabajar o acudir a consultas. El convenio firmado en febrero entre el Ministerio de Trabajo, el Ministerio de Salud Pública, los empleadores del sector privado y el Sindicato Médico del Uruguay apunta a solucionar desigualdades existentes en las instituciones de salud privada del país en referencia, entre otros temas, a la maternidad, y exige salas de lactancia. Según publicó Búsqueda (ver Nº 1912) ahora estas instituciones deben ponerse al día. ¿Lo hará el Hospital de Clínicas?